La desobediencia de James

Benítez está confundido. Dentro de lo táctico, en ocasiones, intenta seguir con la idea de lo hecho por Ancelotti, pero su estrategia es distinta. Y no solo eso: no encaja en el plantel. De ahí las contradicciones. Los mismos que hace un año dominaban a son de la pelota y dieron recital en escenarios como Anfield, hoy lucen incómodos y por fases del partido hasta superados.

Real Madrid formó 4-3-3 con Kroos de mediocentro, Modrić de interior derecho, Kovacic de interior izquierdo, James de extremo derecho, Bale de extremo izquierdo y Cristiano de delantero centro

James Rodríguez es quizá uno de los que más sufre bajo el nuevo régimen de Rafael. Al cafetero le cuesta estar limitado a la línea de cal, no por su incapacidad de jugar en esa zona, sino por la frecuencia con que entra en contacto con la pelota. No poder explotar su enorme visión para pasar y lanzar empieza a generarle frustración.

El botín de James y el balón están hechos del mismo material. Discutiendo la física, sin ser opuestos, éstos sí se atraen. James y la pelota se necesitan. Es por ello que ante Eibar dejó a un lado las instrucciones estrictas de Benítez; quitarle pintura a la línea, se movió por el centro, dio dinámica al ataque y generó las jugadas más claras a gol de su equipo. El Madrid de Benítez en ataque organizado está siendo muy espeso. Con James, las ideas fluyen.

James Rodríguez fue sustituido a los 65 minutos

En la banda, no tanto como el ‘10’ desearía, el contacto con la pelota escasea, en ese punto, las matemáticas no benefician al Madrid. Dividen la pelota, no hay líneas de pase y restan calidad al ataque. Si James sigue siendo desobediente en el campo –jugando con la libertad de moverse a cualquier lado teniendo como eje el centro– y/o Benítez reestructura el sistema, James se encuentra con James y el Real Madrid vuelve a ser Real Madrid.

Monólogo inconcluso

Primer acto: ¿Por qué el Real Madrid no recuperó la pelota tanto como debió haberlo hecho si presionaba con intensidad y cerca de la portería del Barcelona? Primera razón: por matemática. La secuencia llegaba a ser de 6 jugadores del Barça contra 4 del Real Madrid que, además, se rompían las piernas presionando de forma desorganizada. No alcanzaban sus futbolistas en ataque para el despliegue azulgrana en el inicio de la jugada. Claro, es que presionar arriba al Barcelona es especial, porque hay que tener en cuenta al portero. Claudio Bravo es muy seguro y preciso con el balón en los pies y cuenta como un efectivo más del andamiaje. El equipo de Benítez cometía el error de presionarlo sin obturar la dirección del pase del chileno y esto, aparte de liberar o a alguno de los dos centrales o a Busquets, le permitía cómodamente seguir jugando. La presión alta debe tener al menos uno de estos dos resultados: recuperación de la pelota en el inicio de la jugada del rival, y en caso de que esto no se produzca, hacer que el contrario juegue la pelota hacia donde yo quiero que la juegue. La segunda razón es que el Madrid se quedó a mitad de camino: lo primero lo hizo pocas veces y lo segundo nunca. Un detalle que cambia radicalmente la presión en campo rival: quien se arriesga a abandonar a su marca para presionar más arriba, lo deberá hacer de manera tal que obligue a quien tiene la pelota a usar una dirección de pase determinada, donde habrá alguien esperando una posible interceptación. Pues bien, Gareth Bale, encargado de presionar la zona central de la salida del Barça, abandonaba a Mascherano para buscar a Bravo, por consiguiente, regalaba el espacio a su espalda. El equipo culé se sintió ahogado realmente muy pocas veces.

Benítez cambió, su alineación atendió la intención del madridismo que quería devorarse a su rival desde el primer minuto. Por tanto, mostró su fase más ofensiva con un 4-2-3-1 en el que los dos mediocampistas eran Luka Modrič y Toni Kroos, por delante y en la izquierda Cristiano Ronaldo, Gareth Bale en el centro, James en la banda derecha y Karim Benzema de delantero centro. Así estaba dispuesto el libreto. James, de ese modo, era uno de los encargados de la presión altísima. Su zona tenía que ser la izquierda de la salida del balón visitante, la de Jordi Alba y Mascherano. Si, uno contra dos. La matemática. En ataque posicional, lo que el entrenador madrileño dispuso para el cucuteño, suponía que Danilo fijara la banda. Esto en consecuencia le daría al diez libertad por el centro del ataque para aprovechar la calidad del pase de los dos centrocampistas y así recibir entre líneas a la espalda de Iniesta, el mediocampista con menor rigor defensivo. Una vez allí, el colombiano teóricamente iba a contar con Bale en el centro para descargar y con Benzema para crear ocasiones de gol.

Los momentos de posesión blanca en campo de los de Iniesta y compañía tuvieron a James como protagonista, en realidad como único actor principal involucrado mientras el elenco de estrellas miraba el monólogo esforzado y rebelde. El volante cafetero, inquieto, apoyaba, descargaba y rompía hacia adelante para generar espacios entre líneas que después nadie ocupaba, de modo que los volantes blancos se quedaban sin opciones de pase con hasta 4 compañeros lejos del balón y en la misma altura. El Barcelona no estaba dando tiempo para ejecutar posesiones largas que dieran lugar a un ajuste del libreto porque una vez olfateaba la duda, una vez olía la sangre en la medular merengue, mordía hasta el hueso para interceptar la posesión con sorprendente facilidad. A causa de esto, el Madrid empezó a saltar la línea media de creación y a lanzar balones largos con el objetivo de ganar metros. Cuando los delanteros Bale o Benzema lograron continuar con la posesión, James fue influyente dando continuidad y seguridad, mostrándose y recibiendo la pelota con algún segundo extra para jugar, lo que muestra su inteligente ocupación de espacios. El Madrid tuvo 35 minutos bastante competitivos para lo descompensado que estaba desde la alineación y la mala ejecución de su presión en campo rival.

El argumento de la obra llegó al conflicto: El Barça recargó el ataque por zonas. Por la izquierda Alba, Iniesta y Neymar, con Busquets en el medio, imprimían shots de electricidad para generar profundidad. Para descansar sobre las tablas utilizaba la zona derecha con Rakitic, Alves, Piqué y, de nuevo, Busquets. El Madrid necesitaba volver a su guion: el ritmo alto. Los azulgranas, entonces, desactivaban la basculación de la Casa Blanca imponiendo su juego. El balón y las líneas del equipo merengue iban de un lado a otro como el fuelle de un bandoneón. Con conducciones y toques de primera, el Barcelona estiró y encogió la posesión ante un Bernabéu impotente que veía que su equipo era incapaz de robar la pelota por periodos largos de tiempo. Tras el gol de Neymar Jr, el Real Madrid se desequilibró y destrozó por completo su libreto empezando a vivir los momentos más oscuros de la noche.

El inicio de la segunda parte arrancó con Modric y Kroos más pacientes y jugando a dos alturas. De esta manera crearon la ocasión bisagra de Marcelo y, junto con Bale, la que terminó con el disparo potente del diez bien detenido por Bravo. Un local más aplomado logró que la presión rindiera frutos en los primeros compases del segundo acto tras el discurso de Benítez en el vestuario y el agua fría en la cara. El partido de James se acabó con su sustitución diez minutos después. El partido del Real Madrid se fue con él.

Benítez en el espejo

Qué desastre fue el Real Madrid. En su casa, ante el Barcelona, quedó completamente expuesto. Enteramente superado. Para el cuadro merengue el momento es crítico, y no tanto por el resultado de un partido como por el hecho de que éste representa la culminación de un patrón fatídico. En el Real Madrid la desconfianza absoluta. Son dudas y poco más. Si bien la llegada de Rafa Benítez representó una incertidumbre extraordinaria desde el primer momento, la incógnita tan solo se ha exacerbado con la poca eficacia de sus alteraciones más atrevidas, y con los bajones de nivel individual. Quizá por lo mismo, el entrenador merengue renunció a lo que sabía podía ser su arma defensiva más importante ante el Barcelona, Casemiro, a favor de utilizar una alineación ‘made in Ancelotti’. Pero, por supuesto bajo un nivel sinérgico inferior al del equipo de Carletto, aquello no funcionó. Ni el mismo Benítez confía en Benítez, da la sensación; y de ahí viene gran parte del problema.

Benítez falló de partida con el planteamiento

Desde la antesala del encuentro, el espacio frente a los centrales del Madrid se preveía como, quizá, la zona más importante para el desarrollo del juego; y el partido así lo confirmó. Para Benítez, la neutralización de Suárez -siempre dañino y, a menudo, inalcanzable en sus desmarques y apoyos para Sergio Ramos, Pepe o Varane- debió haber sido una prioridad. Por aquello mismo, es casi inexplicable que el timonel haya planteado un sistema en el que Luka Modric quedaba prácticamente como único mediocentro. Ni el mismo Benítez se creyó lo de su 4-2-3-1. Apostó en vez por jalar a James (extremo en ataque) como interior para que, tras replegar, el equipo defendiera en una especie de 4-3-3. Sin embargo, el contexto acabó siendo una pesadilla para un Modric diminuto y desconcertado por los huecos a espaldas de Kroos. El desgaste del croata era espeluznante y se notaba a la hora de volver a comenzar. Pero más importante aún, éste era inútil. La basculación rápida del Barcelona inevitablemente acababa arrastrando a un par de interiores desorientados, de tal manera que Modric, mal posicionado y sin dotes físicos para recomponer, quedó desnudo un sinfín de veces ante la locura que puede llegar a ser Iniesta en un buen día. El resultado fue un festín de espacios y de carriles vacíos para que Sergi Roberto y Suárez le cementaran el camino a Andrés quien, vez tras vez, facturó. Danilo y Varane tampoco andaban finos, y eso no ayudó. Madrid, desde un comienzo, se desmoronó.

El Madrid de Carlo Ancelotti, en su último año, se identificó por la calidad de su ataque posicional. Sin ser descomunal en ese aspecto, aquel cuadro blanco logró convertirse en un artificio ofensivo casi infalible y capaz de hacer daño bajo cualquier ritmo, contexto o tipo de transición. Lo que aquello suponía para los rivales le permitió a Carletto salirse con las suyas muchas veces con experimentos arriesgadísimos en su mediocampo, minimizando las pérdidas de sus hombres, optimizando sus posicionamientos en el campo, y maximizando su nivel de moral. El equipo de Benítez, en cambio, no cuenta con lo mismo. Esta muy lejos, de hecho. Y es necesario que el entrenador se de cuenta inmediatamente si pretende tener alguna oportunidad de levantar cabeza y volver a comenzar.

Argumentos sin coherencia

Ante la Juventus, el Real Madrid jugó un partido extraño que deja sensaciones del mismo tipo. La actuación no fue del todo preocupante, pero sí bastante deficiente: el nivel individual de más de uno fue nefasto. Varane se vio inusualmente lento e impreciso; Carvajal, en más de una jugada desmesurado y, en el repliegue, algo desordenado. Se vieron también sumamente incómodos Gareth Bale y Sergio Ramos: el primero poco resolutivo, y fuera de contexto recibiendo de espaldas y sin espacio; y el segundo absolutamente carente de compostura ante el agite del mediocampo de la vecchia signora.

Lo más extraño, sin embargo, es quizá lo de Ancelotti. Primero, desde minutos iniciales, el cuadro merengue se vio enfrascado en una búsqueda vertiginosa por la línea de fondo que más que sorpresiva se vio infructífera. No queda claro si Carletto creyó que el centro rápido y el uso de la banda tras el robo podrían ser herramientas ante una posible línea defensiva con tres centrales, o si simplemente buscó innovar; pero lo cierto es que el equipo acabó embotellado en una corriente de centros que, más que ideas, generaba espacios a espaldas de los laterales. Y de Toni Kroos. Alrededor del alemán, de hecho, ocurría el problema más grave: si bien la inclusión de Sergio Ramos en el medio debería haber aportado (en teoría) mejor lectura y cobertura en la recuperación, es incomprensible que éste se encontrara tan a menudo lejos de una posición de respaldo defensivo para Toni. Tévez y Vidal son máquinas de movimiento y gestación -nada que no sepamos- y ante su partido sublime, Kroos quedó desnudo.

Hace falta Modric. Por supuesto. Los huecos a espalda del mediocentro no-mediocentro del Real Madrid no hubieran sido tan beneficiosos para la Juve con el criterio del croata sobre el campo. Tampoco lo habrían sido, quizá, con el galopar de Sergio Ramos a sus espaldas en vez de a sus costados. Pero, ¿qué se puede decir de la Juventus sin Pirlo? El partido del regista bianconero fue pésimo –Andrea fue, contra todo pronóstico, el jugador que más perdió balones en su equipo-, pero la Juve no dejó de verse espectacular. A Massimiliano Allegri se le puede acusar de ser muchas cosas, pero nunca de ser poco resolutivo. Los desmarques de Morata, el dinamismo libertino de Tévez y, sobre todo (¡sobre todo!), la plenitud física y exquisita de Arturo Vidal, son las bases del estratega para tomar riendas del carruaje ante el inminente (y tal vez cercano) descenso de l’architetto. Y en plena Semifinal de Champions League éstas demostraron, aunque sea parcialmente, ser un acierto.

James sigue siendo el generador de momentos

James Rodríguez se ha ganado tanto los murmullos como los alaridos del madridismo por su capacidad innata de sacar fantasía de los contextos más secos. Su técnica primorosa es la de siempre, pero sus movimientos son cada vez más peligrosos e incontenibles. De sus botines llegó la asistencia para el primero, y de su cabeza un remate al travesaño que tendrá aún vibrando el aluminio en el Juventus Stadium. Sobran ya las palabras para el ’10’ colombiano, que, sin duda alguna, será pieza clave para una posible remontada en el Santiago Bernabéu.

El toque de James

El partido del Vicente Calderón jamás finalizó, quizá solo presionaron ‘pause’, se fueron a merendar y siguieron jugando. En el Santiago Bernabéu el hilo de la historia fue el mismo: Real Madrid controló la pelota y el encuentro. Ante las bajas de Marcelo, Modrić , Benzema y Bale, el panorama pintaba complicado; Carletto debía armar un nuevo once, nombres distintos que brindasen la misma dinámica, sin que afectasen el sistema, aunque éste iba a estar sujeto a dos de ellos: Toni Kroos y James Rodríguez. Alemán y colombiano tenían la obligación de armar el juego y activar los ataques junto a Isco.

James tuvo los mejores minutos jugando como mediapunta

Ancelotti ante las bajas planteó su caprichoso 4-3-3 que mudó a 4-3-1-2 mostrando el invento de Ramos como interior derecho. El técnico italiano no sólo consiguió someter a su rival, sino que sus jugadores dominaron el partido con creces. La posesión nunca corrió riesgo, los laterales situados a la altura de ¾ de cancha rival permitieron el pase en diagonal que generó de vez en cuando ventaja de dos contra uno en los costados colchoneros. James entregó pases cortos y cambios de frente que fueron una opción válida, pero no muy efectiva para intentar sorprender a un equipo del Cholo que al ser superado no entregó muchos espacios a causa de lo replegado que estuvieron. El ‘10’ cafetero tuvo libertad de movimientos; cayó al medio y también a la banda donde estaba Carvajal dándole ocasionalmente profundidad a los ataques de su equipo.

James lució más horizontal, pero acertó en el momento de ser vertical

La calidad en el último pase de James fue lo que más creó ventajas para su equipo. A pesar que el colombiano no es buen regateador, creó ventajas sacando jugadores y gestó las mejores opciones para sus compañeros. Y como está dicho: “Una defensa cerrada se destruye construyendo con una pared”, James se acordó del libro del fútbol, dio con la página y aplicó lo aprendido. Los movimientos de Cristiano y el peligro que representa tenerle cerca más el brillante partido de Chicharito que tiró desmarques hasta que marcó y se lesionó fueron claves para obtener el tiquete a semifinales. James fue quien los invitó, él dio el pase para estar una vez más entre los cuatro mejores de Europa. De la Copa de Europa. Nada más. Nada menos.

James a sus anchas en el Calderón

Allá por septiembre, James Rodríguez todavía era un neófito en la disciplina blanca. Corría la tercera jornada liguera cuando el Real enfrentó por tercera vez en la temporada al Atlético de Madrid y el colombiano se vio maniatado entre los férreos muros que planta Simeone donde quiera que va. Ayer, en cambio, el cucuteño ofreció 45 minutos de fútbol de altísimo nivel contra el campeón de España en su patio. Los rojiblancos, durante medio choque, no pudieron detectar a James. El 10 hizo daño, y sólo un brutal Oblak evitó que su dominio se reflejara en el marcador. Después, con el cambio de plan de los locales, la presencia del ex-Mónaco disminuyó sobremanera hasta quedar casi en la nada.

James Rodríguez tuvo espacio para maniobrar, y no era fácil

Ancelotti dibujó el 4-3-3 de siempre. Ramos, Marcelo, James, y Cristiano por momentos, ocuparon el flanco izquierdo blanco. En el lado contrario jugaron Varane, Carvajal, Modric y Bale. En el eje vertical estuvieron Kroos -notable partido- y Benzema. El Cholo dispuso a los suyos en un 4-4-2. Los encargados de defender lo que hiciera la pareja James-Marcelo eran Gabi y Juanfran. El otro foco de acción radicaba en la movilidad de Ronaldo, quien se mediría con Miranda. El portugués cumplió con nota en la primera parte. Cada paso suyo resultó productivo en todos los sentidos; dividía atenciones de manera brutal, y eso daba tiempo y espacio a Marcelo y James, catapultados hacia arriba por la calidad del primer pase madridista: Kroos y Ramos -más allá de algún fallo puntual- lo bordaron. El Atlético, además, no mostró intenciones de querer empotrarse contra su propio arco. Había espacio a la espalda de Godín-Miranda, y la superioridad merengue antes de ellos era manifiesta.

El contexto resultó propicio para que James se luciera, y así lo hizo, pues con el esférico estuvo brillante. Desde su orilla del campo logró dar orden a la tenencia de la pelota con pases cortos, largos, cambios de orientación, centros cuando su equipo tenía ventaja para ganar el rebote, y pérdidas casi en línea de fondo. Para sumar más a su cuenta, de sus botas salieron dos oportunidades de gol. La primera de ellas, de haberse concretado, hubiese sido, por su belleza, historia viva de los derbis recientes -nada menos-, y de la Champions misma en clave colombianos en Europa.

Para el segundo round el Atlético se serenó, replegó más cerca de Oblak, y negó de forma vehemente los espacios que estaba concediendo. James se diluyó a medida que pasaron los minutos. Ya en la fase de dominio local no logró aportar algo que decantara la balanza hacia el Bernabéu. Habrá que ver si en una semana, Rodríguez da el toque de gracia para que su escuadra avance a semifinales por quinto año consecutivo. Queda un último derbi antes de que finalice el curso, y promete ser apasionante.