El América de Marouane Tapiero

En el fútbol debes mostrar competitividad en ambas áreas, desde el portero hasta el remate. Si demuestras estar a la altura de la circunstancia, seguramente, te mantengas con vida todo el partido. No necesitas ser virtuoso en el remate, sólo oportuno. Pero este América, no obstante, no compite en nada. Ni en las áreas ni en el medio. El pizarrón cree que está maldito, sí, pero la razón no va de la cantidad de sistemas que ha probado Fernando Velasco (3-4-1-2, 4-2-3-1 o 4-4-2), sino que el tema es más estructural y colectivo. Ayer lo demostró, otro día más, recibiendo al Quindío.

Un «nuevo» con América con dos mediocentros posicionales y sin Morantes ni tampoco Palacios

América saltó al pantano de Buga (des)ordenado en un 4-4-2. La idea asimétrica de Velasco frotó señales, aunque centelleos. América resignó a tener la posesión por depender de sus transiciones ofensivas. Transiciones ofensivas que se desplomaron de fuerza a medida que fueron avanzando los minutos. Urueña erró en varios pases largos de tres dedos, Del Valle no explotó los espacios y Mercado poco sostuvo los ataques; únicamente Farías incomodó con su íntima presencia. América dejó pocos efectivos por delante de la línea del balón y, sin Morantes, el pase no era limpio. El esférico no le llegaba a Farías, y el argentino ha demostrado en Cali querer tocarla y jugar de espaldas, no sólo esperar en zona de remate, porque es consciente que puede llegar a no rematar ni medio balón. Aquí perdió la brújula el América.

La salida de Castañeda, por lesión, ocasionó un crecimiento rojo. Largacha pasó a jugar de primer marcador central y Tapiero, el ingresado, de mediocentro. La energía y efervescencia de Stiven bombea la máquina americanista. Tapiero no necesita de un rol 100% ofensivo o con muchos pases, pues él suma corriendo –usualmente correctamente– o en el juego aéreo. Y América, en el juego directo, se impuso con Stiven, uno de los maquinistas. Se impuso a innumerables retos en el salto, le permitió a su equipo ingresar a terreno del Quindío y produjo ocasiones de la nada. Con su pelo voluminoso, afrudo y sacando unos metros de ventaja, el ‘21’ activó al combinado escarlata. El problema es que en esa combinación de Marouane, tiene el distinguido apoyo alto de Fellaini y la floja terminación de Chamakh. Fue el América de Marouane Tapiero.

Lujuria de errores

El fútbol te establece de una a muchas fases de juego durante un mismo partido. Competir o fallar, son las respuestas a tan complejo escenario. ¿Complejo? Sí, porque el fútbol no es solo correr detrás de una bola, realizar un pase correcto o incrustar el balón entre las redes, sino mucho más que eso. La emotividad y la mentalidad van de la mano para estar de pie desde el pitido inicial hasta el final: fue entonces cuando, en una lujuria de errores, el Bucaramanga falló y el América respondió a un contexto en el que requería salir de la peor situación –0-2 abajo en ‘casa’–. Casi culminan la faena (remontada) los de Fernando Velasco.

El primer tiempo permitió ver al Bucaramanga con mayor circuito de pases en el encuentro. En un juego de posición, donde pocos equipos en el Torneo Águila se animan, se evidenció la calidad desde la salida hasta el penúltimo toque en el auriverde: dinamismo en las asociaciones, mucho juego interior con sorpresas por fuera y, sobre todo, combinaciones multiplicadas: Pérez y Cataño de lanzadores más Arango y Rojas sumando movimientos agresivos a las espaldas de la zaga americanista. Todo esto, de hecho, con posesiones asentadas y largas en terreno adversario.

Los planes cambiaron de papeles en la mechita

América quiso adueñarse del partido con amplitud y anchura, pero la sincronización no se consiguió. América era largo y ancho, sí, pero defendiendo; y atacando, con el leopardo establecido en defensa posicional, se juntaban en espacios reducidos, a la postre quitándose espacios entre sí. Pero fueron pocas veces que los diablos rojos cruzaron con cierto peligro la divisoria, puesto que no tienen calidad para sacar el balón y Morantes, la conexión en los últimos metros, tenía que retroceder casi a la altura del segundo mediocentro para asear el fútbol a ras de piso. El plan defensivo con el ofensivo cambió de papeles en la mechita.

Pérez es más que el eje y el conductor leopardo

Willy Rodríguez, sobre la segunda mitad, sacó a Pérez por Núñez. América estaba regalando más espacios y jugaba con Tapiero de pivote y Morantes, ahora sí, de segundo mediocentro, entonces el cambio tenía su lógica. Sin embargo, esto generó un déficit: el Bucaramanga dejó de perder el balón en zonas inteligentes y lejanas al área de Mosquera, y Cataño dejó de mezclar con sutileza y armonía cerca a las inmediaciones de Viera. Bucaramanga, tras pérdida, no tenía tiempo para un rearmado sólido, a lo que el América le sacó producción con envíos largos hacia sus tres delanteros (Farías, Mercado y Del Valle) en pos de prolongar o ganar todas las segundas jugadas.

El juego, en ese contraste de fallos entre rojos y auriverdes, no dejó más que la falta de competitividad –menor con González, Tardelis y Murillo disponibles e incursionando el 5-2-1-2– en materia defensiva del América en lo que llevamos de 2015 y la excesiva confianza de un Bucaramanga que sin John Pérez, su mejor futbolista, creyó que el partido estaba 100% sujeto.

El América está afanado

El América está afanado. Tres años en la segunda división lo tienen así, el cuerpo técnico y sus jugadores están sintiendo la asfixiante presión de una hinchada que nunca se imaginó pasar tanto tiempo en la “B”. Por eso, en especial desde este semestre, el equipo se muestra desesperado. Va hacia el frente con la convicción ciega de dejar en K.O a su rival, como un púgil desesperado que lanza golpes sin parar, asestando algunos claro, pero liberando espacios para ser golpeado también.

Su rival de turno fue el Dépor. Contrincante, sobre el papel, sencillo para asegurar la clasificación. Suena el silbato, la campana del ring, el juez da la señal para que el combate inicie. El conjunto americano se lanza desesperado con la intención de acabar el juego rápidamente. Mientras el Dépor espera pacientemente en la periferia de su área. El primer asalto fue todo para el conjunto escarlata, su ataque incesante, lleno de cólera pero absolutamente libre de cualquier tipo de raciocinio, dio sus frutos contra un rival que tuvo miedo de ir a intercambiar golpes.

Cascón se muestra como un delantero versátil

Lo mejor del América se vio en esa primera mitad. Diego Cascón, futbolista español, ordenó los ataques del equipo Retrasándose un poco para combinar con Stiven Tapiero, liberando espacios para la movilidad de Peralta y Lasso. El ataque escarlata a pesar de carecer de sentido por muchos momentos logró encarcelar al rival en su propio terreno. Para la segunda mitad la cosa cambiaría, aquel Dépor temeroso, incapaz de responder los ataques del rival cambiaría su actitud y con el excelente papel desempeñado por Geyner Balanta desnudaron, a la contra, las falencias defensivas del América.

Para el segundo asalto los escarlatas mantuvieron su idea de ataque mientras que el Dépor adelantó unos cuantos metros sus líneas y ejerció una presión agresiva sobre el mediocampo rival, donde Tapiero trataba de organizar el ataque del equipo. Con el tráfico pesado en la media cancha el conjunto escarlata comenzó a saltar esa línea usando el juego directo. Pero el Dépor, con Balanta como gran abanderado, recuperaba el balón y atacaba rápidamente los espacios rivales. Geyner, muy inteligente con la pelota, ordenaba las contras y los tiempos del equipo. Además le regaló al encuentro una delicadeza para el gol del conjunto que en la planilla sería el local. Recepción entre líneas, regate corto y pase en profundidad para que Hémber Valencia quedara solo frente al portero.

El América sigue de afán y por primera vez en 3 años llega a la última fecha del todos contra todos con la posibilidad de quedar eliminado. El Quindío, su rival en la fecha 18, es el líder del torneo y una derrota dejaría al equipo escarlata muy cerca de la eliminación. Tocará esperar para ver si el América logra bajar sus revoluciones y cambiar un poco su estilo de juego, o, si logra controlar su ímpetu y ordenar un poco más sus ataques. Por el momento, incluso si se consigue la clasificación, el ascenso se ve distante y el púgil que se lanza a moler a golpes a su rival está muy cerca de recibir un golpe de K.O.

¿Dónde está el 9?

En una noche como cualquiera en el Pascual Guerrero América saltó a la cancha para enfrentar al Cortuluá. Como es costumbre saltaron 22 jugadores y 4 árbitros al terreno de juego. Se entonaron los himnos, los jugadores se saludaron, todo parecía indicar que sería un partido convencional. Se ubicó el balón en el centro del terreno de juego y el juez principal indicó, con el pitido estridente emitido por su silbato, el inicio del partido. El juego arrancó y de un momento a otro el partido dejó de ser normal.

América saltó a la cancha sin referente de área

Nectalí Vizcaíno miró confundido a Jonathan Muñoz, su compañero de zaga, quien le respondió con una mirada de clara desorientación. El partido acababa de iniciar y los centrales del equipo panelero no encontraban su marca. Desentendidos, trataban de buscar en las periferias de su zona al hombre referencia del ataque americano. Pasaron unos cuantos minutos hasta que finalmente desistieron, levantaron la vista hacia los costados y finalmente se dieron cuenta de lo que sucedía: América había salido sin “9”.

Tratando de darle un vuelco al irregular andar del equipo, el técnico John Jairo López puso a trabajar la pizarra e intentó una formación un tanto sorpresiva en el elenco escarlata. Salió a la cancha con Cristián Lasso y Diego Cascón como referencias ofensivas, pero no para trabajar con alguno de los dos en el centro de ataque y que el otro lo acompañara. Los escoró a los dos hacia un costado y le otorgó el centro del terreno a sus cartas más fuertes, Stiven Tapiero y John Pérez.

Los rojos de Cali sufrieron por su salida de balón

A pesar del fuerte cambio en el plan de juego Escarlata, la visita no se dejó intimidar y concentró sus fuerzas en entorpecer la salida americana, que normalmente no es muy segura. De esa forma desconectaron el nexo con los peligrosos Pérez y Tapiero, complicando de sobre manera a los diablos rojos que por momentos se dedicaron a pelotear en busca de un fútbol más directo. Pero el sistema planteado por el timonel escarlata comenzó a dar sus frutos la movilidad de Cascón y Lasso por banda sacó de posición a la defensa rival y permitió que John Pérez recibiera con libertad, el “10” de los diablos rojos tuvo una noche inspirada y de sus botines nació el gol de la victoria.

Una recuperación rápida en el centro del campo le otorgó a Pérez el tiempo y espacio necesarios para destruir la defensa rival, control orientado con derecha, pase en profundidad con la zurda. Recepción de Cascón escorado en la derecha, control y centro al corazón del área donde entró lanzado en ataque Tapiero. Este remató fuerte, el golero Pablo Mina ataja de manera impresionante pero el fútbol, que algunas veces es tan cruel, llevó el rebote a los botines de John Pérez quien fusiló al arquero visitante y puso el 1-0 en el marcador.

Para el segundo tiempo América retrasó las líneas y esperó al Cortuluá que poco pudo hacer contra la defensa escarlata. Tres puntos que dejan al equipo caleño muy cerca de la cima y una formación que dejó muy buenas sensaciones.

El América y sus maquinistas

Empezó septiembre y como viene siendo costumbre, para nosotros los hinchas escarlatas por estas épocas, también inició el sufrimiento. El arranque de la parte final del año revive el nerviosismo que causan las ansias del tan esperado ascenso.

Cada vez que veo al equipo las dudas comienzan a llenar mi cabeza y contra el Dépor no fue distinto. La promesa del ascenso parece disiparse, porque a pesar de que fue una victoria 3-0 el equipo arranca todos los partidos con un ímpetu descontrolado, que roza la desesperación.

Es normal que los jugadores que componen uno de los equipos más grandes del país sientan presión cuando salen al terreno de juego. Pero esto no significa que tengan que salir lanzados como si comenzaran perdiendo cada partido 2-0. La intensidad es buena hasta cierto punto pero cuando un ataque se convierte en una serie de rebotes sin sentido se entiende que la pausa es necesaria.

Pausa que la otorgan muy pocos jugadores en el plantel, siendo realmente estrictos, sólo dos. Stiven Tapiero y John Pérez, porque cuando el ataque americano parece carecer de sentido aparecen “21” y “10” para encausar el ritmo en un equipo de trenes. Cada vez que sus compañeros de equipo atacan el área rival con la única idea ir hacia el frente, atropellando a quien se ponga en su camino, e intentando realizar combinaciones en velocidad, fallidas claro está, surgen estos dos jugadores como una bocanada de aire fresco.

Se convierten en maquinistas y controlan los impulsos viscerales de esos trenes, que tienen todo el potencial para romper la defensa rival pero se ven traicionados por su incesante deseo de hacerlo, lo que termina por ensuciar sus buenas intenciones.

El problema radica en que el equipo no podrá depender siempre de sus maquinistas, quienes son humanos y pueden lesionarse o tener un mal día, por eso surge como una prioridad organizar las ideas del equipo que los acompaña. Para que no se pierdan en al andar del partido cuando sus guías no les muestren el camino.