Mauricio Cuero en la Copa Libertadores

En una noche imponente en el Defensores del Chaco, Olimpia sacó la primera ventaja de la eliminatoria por la mínima diferencia sobre Atlético Junior. En un envite que aún ilustró señas de pretemporada, sobre todo por su ritmo e interpretación del juego, marcó la diferencia el factor Mauricio Cuero, un futbolista preparado desde lo físico para imponerse a cualquier escenario sudamericano con aclarados por delante.

De Gustavo Costas a Gerardo Pelusso

Corría el año 2012 y Wilson Gutiérrez revolucionó a Independiente Santa Fe. Su discurso caló en lo más profundo de un equipo que había pasado la mitad de su historia ajeno a la gloria. Se hablaba del balón, de posesión, de salir a ganar. Fue así como Santa Fe volvió a jugar como equipo grande y recuperó el trono del fútbol colombiano.

Santa Fe supo predecir

Nacional de Uruguay jugó con asma en la capital colombiana. Espetaba acciones con lentitud. En la primera jugada del partido recuperó el balón en el saque de mitad de campo del equipo cardenal y atacó con furia. Un falso vestigio de lo que después presentó. Santa Fe jugó a lo suyo: trató de jugar lentamente en la salida y acelerando en el campo rival, protegiendo, siempre, la diferencia de dos goles que había obtenido en su visita a Montevideo.

Santa Fe encontró desde el inicio una línea clara en ofensiva: la sociedad Otálvaro-Roa por derecha. Los ataques cardenales estaban todos concentrados por esa zona y, ante la ausencia de Pérez, había muy poco juego interior. De vez en cuando, a esa sociedad por derecha se integraban jugadores como Quiñones o Morelo. El equipo capitalino paró sus líneas en el campo rival, ahogando cualquier intento de salida limpia que intentara Nacional y levantó varios centros cruzados que nunca tuvieron un finalizador.

Santa Fe no supo activar su banda izquierda

Villarraga desde la zona izquierda aparecía poco o nada, el juego no pasaba por los pies de Seijas y ante la poca participación de Salazar, aquella zona estaba en el olvido. En ningún momento Salazar fue el repartidor de cartas que el partido pedía.

Por otra parte, el equipo charrúa tardó más de 50 minutos para hacer siete pases seguidos. Antes, sólo había concebido cuatro en línea y terminaban siempre lanzando el balón a Sebastián Abreu. Eso fue lo que hizo el equipo charrúa todo el partido; Abreu de poste luchó todos los balones frontales que le enviaban Aja o Gorga, los dos centrales. Nacional intentaba, cada vez que tenía el balón, dividirlo en terreno de Santa Fe para después luchar la segunda jugada y luego tratar de hacer daño en el arco protegido por Leandro Castellanos.

Gestación de jugadas no hubo por parte de Nacional. El partido parecía una película de terror sin ningún susto para Santa Fe. Hasta que en el minuto 58 los uruguayos inhalaron y trataron de quitarse el asma que los hacía jugar tan previsibles, que los obligaba a jugar largo. Se sacudieron y le pegaron el primer susto verdadero a la hinchada y al equipo cardenal con el gol de Romero.

A pesar del gol, Nacional produjo poco con su juego directo

-Aquí empieza el terror-, imaginaron los espectadores. Pero nada: todo fue igual. Santa Fe intentó atacar más y generó opciones claras en los pies de Morelo. Pero esta vez, Morelo no estuvo fino. Con la altura haciendo estragos en los jugadores uruguayos y un juego tan previsible, el tiempo pasó y sólo hubo un cabezazo de Abreu que Castellanos controló sin problemas.

Es cierto que a Santa Fe le faltó adueñarse más del partido y hacer correr el balón mucho más. Pero también es cierto que Nacional tuvo suerte, y que nunca atacó con la furia de aquél que quiere salir abante en un torneo internacional.

Volver a ser Fabián Vargas

Hubo 24 situaciones de gol en el clásico de la capital: estadística tan espectacular como lo fue el encuentro. De Gerardo Pelusso era de esperar un partido calculado hasta el menor detalle. Era Rubén Israel, por su parte, el llamado a aceptar la invitación a competir. Y a pesar de ser debutante, Israel supo competir con creces.

Millonarios tomó todas las precauciones del caso para enfrentar a Santa Fe. Por derecha, Stiven Vega contuvo en todo momento las escapadas de Juan Daniel Roa. Por izquierda, Fabián Vargas fue el encargado de disociar a Sergio Otálvaro de Yulián Anchico. Así las cosas, Santa Fe se vio maniatado, incapaz de liberar su frenesí.

El regreso de Elkin Blanco le vino muy bien a Fabián Vargas

También hubo tiempo para proponer. La sorpresa en el mediocampo fue la inclusión de Elkin Blanco, llamado a librar a Fabián Vargas de sostener el retroceso del equipo. Para Vargas fue un renacer. Como en tiempos de Juan Manuel Lillo, Vargas vuelve a estar a cargo de dar sentido a la posesión del balón.

Hubo declaración de intenciones en Bogotá. Rubén Israel quiere el balón. Mientras Fabián Vargas vuelva a ser Fabián Vargas, Israel tendrá una preocupación menos.

La vida sin Omar Pérez

Cuarenta días sin Omar Pérez. Un poco más, un poco menos. Cuarenta días que parecerán una eternidad. Desde que Pérez llegó a Santa Fe, hace más de 6 años, el equipo se organiza por y para él. No hace falta explicar el desconcierto que supone su ausencia. Está claro que, en Santa Fe, ninguno se le asemeja. Armando Vargas ha mostrado cosas para ser un órgano importante, mas no el cerebro mismo del equipo. No aún.

Pasa que Omar Pérez es el jugador más creativo de Santa Fe. Tres jugadores hacen un Omar Pérez. ¿Exagerado? No. De hecho, fue lo que pasó ante Liga de Loja en Bogotá. Pelusso tiró de una vieja fórmula, un concepto fundamental en la campaña de Néstor Otero en 2010: juntar a Sergio Otálvaro y Yulián Anchico por derecha para hacer de ellos el motor del equipo. A esto se sumó perfectamente Juan Daniel Roa: mientras Otálvaro y Anchico buscan desbordar por la banda, Roa ofreció posibilidades por dentro. El resultado fue un trío hiper-dinámico: mutan posiciones, tiran paredes, se desmarcan, se buscan y se vuelven a encontrar. Crean, y por momentos parece haber vida sin Omar Pérez.