Conociendo a Venezuela con Luis Revilla y Fernando Petrocelli

Las circunstancias se han dado para que el plantel sea joven. Yo no miro edad, miro calidad, talento y presente» – Rafael Dudamel

El nuevo milenio cambió muchas cosas en el fútbol sudamericano. Todo comenzó a igualarse y hoy Ecuador es colíder de las eliminatorias sudamericanas a Rusia 2018. El seleccionado vecino clasificó para su primer mundial en el proceso clasificatorio a Corea y Japón 2002

Agresividad del pasado

El garrafal error de Fernando Amorebieta en el partido ante Perú fue bastante reminiscente del proceso de César Farías. Bajo el anterior director técnico, Venezuela fue un equipo considerablemente agresivo: si bien no se excedía en el campo de juego, sí rozaba los límites con su discurso. Era un momento distinto, por supuesto. Farías había llegado a consolidar un alza de popularidad en el fútbol venezolano sin precedentes que se había venido cocinando durante el tiempo al mando de Richard Páez; y su principal pretexto, tanto para con sus jugadores como para con su público, era una solicitud pendenciera por un respeto que, ameritado o no, le había sido negado hasta entonces al fútbol vinotinto. La proposición futbolística era, consecuentemente, más un complemento que un argumento: bajo Farías, Venezuela siempre fue un equipo reactivo, que jugaba cuando el contexto así lo daba. Ocasiones raras. Y era un equipo que, ineludiblemente, pegaba. En medio del conflicto interno y la animosidad entre clases sociales que afligía (y continúa afligiendo) al país, Venezuela encontraba unión temporal enfocando frustración sobre un blanco común: el rival. La Copa América del 2011, resultó ser el mejor torneo internacional en la historia del país, y Farías fue dirigiendo su discurso cada vez más hacia un sentimiento nacional de victimización colectiva, de tal manera que el hincha local llegó hasta a celebrar golpes al equipo opuesto. «Le voy a comer los tobillos a Messi”, amenazaba Tomás Rincón, citado en la tapa de los periódicos.

Chita lo ha cambiado todo

Bajo la mano de Noel Sanvicente, Venezuela es otra: un equipo con una propuesta de fútbol con pelota elaborada, y con conceptos relativamente lujosos, que posiblemente se haya consolidado el día de su debut en Chile 2015 ante Colombia. Los primeros trazos del partido ante Perú sirvieron como mayor evidencia de la calidad de la idea: desde el pivoteo de Juan Arango a la puntualidad multifacética de Alejandro Guerra. Más allá de gustos y tendencias filosóficas, después de todo, para progresar en una eliminatoria, la proactividad pudiera ser esencial para el proceso vinotinto en esta nueva idea. Pero la falta insensata de Amorebieta que acaba ameritando su expulsión ante Perú, llega desde un pasado como recordatorio del lado opuesto del disco: una idea jamás se olvida por completo.

Colapso

Sería injusto categorizar lo sucedido ante Venezuela como una sorpresa. El declive de Colombia comenzó a ser evidente desde la Copa del Mundo, inmediatamente después de la lesión de Radamel Falcao, y en los meses recientes -debido a una gama de factores- se había intensificado. Era claro que en los últimos amistosos Colombia probaba, ante rivales de menor envergadura, distintos métodos para generar contextos cuya creación intrínseca se había hecho imposible con el desenchufe casi simultáneo de Edwin Valencia, Macnelly Torres y Radamel. Pero nunca hubo señales de consolidación. Ni la más mínima. A aquellas deficiencias sistémicas, se sumaron las presiones de la inflación mediática -tanto a nivel individual como colectivo- y de bajas de nivel y moral atroces, de tal manera que la tormenta, finalmente, tocó tierra. Lo sucedido era inevitable y, como todo, apenas cuestión de tiempo.

 Infraestructura defectuosa

Las primeras pistas de que algo extraño podía ocurrir llegaron desde que se dio a conocer alineación inicial. Ésta no disgustaba del todo, pero la aparición de Carlos Bacca como delantero titular junto a Falcao García, yuxtapuesta a la ausencia de un mediocampista interior con el criterio y dinamismo de Abel Aguilar, comenzaba a generar dudas. No quedaba claro cómo se avanzaría entre líneas sin balón. Ni siquiera si esto era posible. Casi de inmediato fue evidente que José Néstor Pékerman apostaba por un fútbol muchísimo más directo: no un derivado moderado como el juego resolutivo que había planteado durante la Copa del Mundo, sino un sistema directamente fundado en el lanzamiento y el choque, que dejaba cero espacio para la salida con pelota y conllevaba confiadamente a lucha de los delanteros en la profundidad del territorio rival. Pero ante el embudo forjado en la retaguardia venezolana esto no fue efectivo. Apoyada en la corpulencia de Túñez, Vizcarrondo y Amorebieta, la última línea vinotinto consiguió repetidamente superioridad aérea, y la primera línea de mediocampistas fue exitosa tanto al cerrarse hacia la defensa, como al neutralizar los rebotes.

Epicentro

Hay que destacar, no obstante, que la infertilidad en el último tercio no fue la única cause del fracaso, ni el único motivo de preocupación. En el contexto de la Colombia de los últimos tres años, la posesión y el dominio son prácticamente equivalentes, y con la pérdida lo primero, lo segundo fue inexequible. Venezuela fácilmente se hizo dueña del mediocampo, apoyada por el robo seco de Tomás Rincón y el dinamismo incansable de Luis Manuel Seijas. A eso, hay que decirlo, se sumó la conducción de Juan Arango -cuyos toques, aunque escasos, eran esenciales tanto en trámite como en la búsqueda de la finalización- y el desconcierto de los mediocampistas colombianos, quienes veían la pelota más volando sobre sus cabezas que llegando a sus pies. No hay duda de que Carlos Sánchez y Edwin Valencia se encuentran lejos de su mejor forma. Ellos intentaron, por naturaleza, acercarse a los centrales para intentar ejecutar salidas con pelota así fueran escasas, pero, su impacto se diluía en su falta de rapidez, la severidad de la presión rival, y la ausencia de un primer receptor. Esto, de hecho, pudo haber sido el epicentro de la tragedia. Los tres hombres en última línea -dos centrales y un mediocentro- jamás encontraron un escalón que sirviera como variante para el rechazo largo (e impreciso) y mucho menos un primer pase partiendo de esa posición. Valencia y Sánchez fueron nulos entre líneas y recibiendo de espaldas. No existían. Y eso también era de esperarse.

Ruptura

Ya más allá de los patrones sistemáticos fallidos, hay que decir que el nivel individual, nuestro principal argumento de adaptación, tampoco estuvo. El recurso de los laterales -Pablo Armero y Camilo Zúñiga- tanto en la salida como en la llegada fue bastante blando, y los defensores centrales se vieron deficientes en posicionamiento, velocidad y capacidad para la basculación. Los ataques de Venezuela fueron escasos, pero Murillo y Zapata, con frecuencia, se vieron exigidos. Por otra parte, sería injusto juzgar el partido de Carlos Bacca y Falcao García, ya que las deficiencias colectivas limitaron bastante su participación; sin embargo, es importante resaltar la inconsecuencia absoluta del fútbol de James Rodríguez. El ‘10’, hasta los últimos 20 minutos, sencillamente no apareció. Su accionar tras recibir de espaldas fue mucho menos eficiente de lo usual, y se mostró por lo general débil y ansioso en la conducción. El generador de momentos estuvo en freno y más allá de su impacto directo, su ausencia volteó la balanza de sensaciones completamente a favor del cuadro de Noel Sanvicente.

Recuperación

¿Es posible rescatar la Copa? Resulta difícil decir. Colombia, hacia el futuro cercano, es una incógnita completa. Sin embargo, parece evidente aquello que Pékerman quizá se rehusó a creer antes del partido: es necesario volver al comienzo. A la identidad del proceso. Y cueste lo que cueste. Colombia, hoy por hoy, tiene recursos cuya mejor forma no compagina con la idea que resucitó el argentino con su llegada, pero estos deben ser considerados dispensables ante el camino del éxito. Y todas las probaturas parecen sugerir que regresar a esa premisa inicial es el preludio ineludible para la victoria. Para tal propósito, restablecer la salida con balón como punto de partida -quizá con la inclusión de Pedro Franco o Carlos Sánchez como centrales titulares- pudiera ser una opción importante. Y posibilitar el ataque posicional con la inserción de Teo Gutiérrez en el once inicial parece ser necesario.

“De hecho, no es anecdótico que en el fútbol, como juego que se mueve entre lo místico y lo alegórico, se acuda tanto al concepto de identidad para explicar el éxito de determinados clubes y selecciones. Los equipos de fútbol son personificaciones de una historia y están compuestos por un ADN exacto. (…) Esa ha sido la función del fútbol en Colombia. La de contar chistes en los momentos más lúgubres. Es algo que se ve en nuestro estilo de jugar por jugar, a veces como si no hubieran porterías y pensando que estamos en el barrio jugando un picadito con amigos. Divirtiéndonos.»*

*Ustáriz, Eduardo. La Estrategia del Caracol en El Dorado Magazine (Edición #00). Bogotá. Julio 15, 2015. Pg. 24

Si todavía no funciona, que sobreviva

La incipiente Venezuela de Noel Chita Sanvicente tiene una relación paradójica con la Copa América que empezó en Santiago. El torneo continental es la primera competencia oficial que enfrenta desde que el mesiánico DT está al mando, y el equipo no está listo: el sistema sigue en construcción. En las circunstancias actuales, Neymar y James representan un obstáculo inoportuno. Una eliminación temprana es posible, probable, incluso lógica, pero también sería costosa ante el efusivo entorno vinotinto; causaría turbulencias en el inicio de un proceso cuyo objetivo inequívoco es clasificar a Rusia 2018.

La Copa América es, para Venezuela, una buena oportunidad para afianzarse como equipo

Sin embargo, como el hito que es, la Copa América ha traído al cuerpo técnico venezolano un regalo que escasea en el calendario FIFA: tiempo. Concretamente, un mes de entrenamientos con sabor a club con la mayoría de los jugadores seleccionados. El equipo lo necesitaba, no solo para presentar un fútbol competitivo en Chile sino para llegar mejor a las eliminatorias al Mundial que se inician en octubre. Por eso, en balance, Sanvicente agradece el reto de trascender en esta Copa. La preparación no ha sido ideal (Venezuela no juega desde marzo) pero llega el momento y en la delegación prevalece esa curiosa autoestima infundada por Richard Páez en 2001. El sentimiento está institucionalizado y la nueva vinotinto lo enarbola de manera incluso radical.

Tal orgullo constituye un aval de cierta competitividad que ejerce contrapeso ante limitaciones técnicas y tácticas más concretas. Venezuela, por ejemplo, tiene deficiencias neurálgicas con el balón. El problema es prácticamente cultural, un tema de infraestructura y metodología. Venezuela no domina con solvencia muchas de las cosas que se pueden y eventualmente requieren hacer con la pelota sobre un campo de fútbol, funciones que trascienden de lo meramente ofensivo. En el fútbol venezolano el balón no rueda porque el césped pocas veces está bien, y porque pocos equipos pretenden que ruede, que circule. Pocas veces es necesario en ese contexto táctico. En consecuencia, el país produce talentos heterogéneos. Los defensas defienden, pero no llevan el balón. El centro del campo pertenece a los volantes de contención, capaces casi exclusivamente de contener –no tanto de organizar, o crear-. La creatividad florece arriba y en las bandas, hacia donde escapan casi todos los ataques. Con sus matices, todo esto se refleja en la selección y para Sanvicente es prioritario encontrar soluciones.

La prioridad de Sanvicente es dar un salto técnico de calidad

“Hay que cambiar el chip, el estilo”, dice. “Un equipo que no maneje bien la pelota o por momentos no tenga una buena salida va a tener muchísimos problemas”, arguye, sin pretensiones estéticas o filosóficas, sino competitivas. El balón es una herramienta. Sanvicente quiere que sus futbolistas, especialmente sus defensas y mediocampistas, la usen mejor que de costumbre. Por eso, entre otras gestiones, ha decidido romper el paradigmático doble pivote Lucena-Rincón, semifinalista en la Copa América 2011. El entrenador quiere más técnica al lado del indiscutible Rincón, pero no se sabe exactamente la de quién. No tiene dos opciones iguales, y ninguna que implique un mayor impacto contextual, aunque los ojos están sobre el veterano Juan Arango y el sleeper Rafael Acosta, dos jugadores con mediocampismo en la sangre.

Lo más probable es que Venezuela se oriente hacia las bandas, donde tendrá que lidiar con la basculación y presión de sus rivales. En Alejandro Guerra, Josef Martínez, Ronald Vargas e incluso el veloz sub-20 Jhon Murillo, la vinotinto tiene recursos para acumular balón en un costado del terreno, e incluso para ganar línea de fondo o superar peones por dentro. Cambiar de orientación la jugada cuando corresponda ya depende de más cosas.

A su consolidado juego directo, Venezuela querrá añadir juego asociativo

A Venezuela no le ha durado demasiado el balón en sus últimos amistosos. Lo ha perdido de forma inoportuna, con poca gente para defender mucho espacio. Sanvicente celebra que los jugadores “lo intentaron” y asegura que “van a mejorar”, pero también trabaja alternativas. El equipo tiene que saber “cuándo jugar en corto y cuándo jugar en largo para contrarrestar una presión”, dice el entrenador. El cuerpo técnico trabaja el fútbol a ras de suelo, pero no se olvida del juego directo a Salomón Rondón, a quien Chita llama “nuestro referente”. Los futbolistas venezolanos están familiarizados con el mecanismo, pero demuestran bríos renovados para apoyar a su delantero centro y para atacar la segunda jugada. La ruta Vizcarrondo-Rondón todavía es la mejor iluminada para ganar metros de cancha.

Una vez arriba, la vinotinto despliega interesantes combinaciones predibujadas, que seguramente fueron afinadas durante el mes final de preparación. Los venezolanos también presionan agresivamente el balón tras las pérdidas, lo cual suscita oportunidades promisorias. No extraña el ejercicio de pelotas al espacio que exhibió Colombia contra Costa Rica. Venezuela es relativamente ambiciosa para presionar, aunque inevitablemente concederá minutos en campo propio, donde no es una fortaleza pero sabe competir. Ante Colombia y Brasil –e incluso Perú– tendrá el reto de complementar esos esfuerzos defensivos con una cuota saludable y, sobre todo, equilibrada de balón. Si no lo logra, dependerá de ejercicios de supervivencia más largos de lo aconsejable y/o de un trabajo épico de Rondón peleando balonazos.