Un 4 de julio memorable

El Estadio Nacional de Santiago se vistió de rojo para cerrar la cuadragésima edición de la Copa América. Chilenos y argentinos se enfrentaron en la final de un torneo plagado de garra, polémica y sorpresas. Por un lado estaba el equipo que se conocía a sí mismo y, por el otro, estaba el equipo de Messi y Pastore.

El partido comenzó con un ritmo arrollador que favoreció a los locales. Cuando los mediocampistas recuperaron el balón mandaron pases largos para Isla, que apareció con facilidad entre Marcos Rojo y Nicolás Otamendi. Allí el lateral derecho le intentó pasarle el balón a Sánchez o a Vargas que estuvieron en la búsqueda constante de espacio en el área argentina y en sus cercanías. Por su parte, la recuperación de balón albiceleste le permitió a los delanteros, en esos primeros minutos, quedar cara a cara con los centrales chilenos. Debe anotarse aquí que en algunas ocasiones fue más rápido el retroceso de los volantes para ocupar espacio y para apoyar en marca, que la ejecución de las jugadas por parte de Messi y compañía.

A Argentina le faltó precisión para aprovechar los espacios dejados por Chile

Durante ese primer tiempo de ritmo infernal, las jugadas dentro de las áreas aparecieron poco. Vidal y Aránguiz estuvieron atados cumpliendo labores defensivas mientras que Valdivia tuvo dificultades para deshacerse de la marca rival. En el otro lado de la cancha, Javier Pastore apareció de manera esporádica. Los acercamientos más claros de Argentina salieron de una recuperación y entrega suya.

En el segundo tiempo Chile lució mejor y eso se debió, en gran medida, a la mejora que tuvo Marcelo Díaz. El volante, que jugó como uno de los tres centrales de su equipo, erró en varias entregas de balón durante la primera mitad. Tras el descanso, el jugador del Hamburgo comenzó a ser más preciso y a conducir hasta el campo contrario. Con esto, su equipo se asentó en los aposentos albicelesetes.

Con el paso del tiempo se comenzó a ver el desgaste de los jugadores de ambos equipos, la prórroga parecía inminente. En los últimos quince minutos ninguno de los dos seleccionados tomó riesgo alguno. Sin embargo, Messi encontró a Lavezzi después de conducir el balón en una contra en la que encontró al rival mal parado. El “Pocho” vio a Higuaín llegar al área y le mandó un pase. El delantero del Nápoli llegó muy forzado y erró la oportunidad más clara que tuvo Argentina para abrir el marcador. Después de eso, Wílmar Roldán pitó y el tiempo regular terminó.

Las dos oportunidades más claras del partido las generó Argentina

En el tiempo extra el partido se luchó. Los chilenos se apropiaron del balón y comenzaron a atacar por el lado de Mauricio Isla, de nuevo. Desde allí los anfitriones comenzaron a mandar torpedos al área de Sergio Romero buscando a Vidal, a Henríquez, a Alexis y al que se sumara. Asimismo, Aránguiz y Fernández encontraron más facilidades para filtrar balones. El único problema de Chile tenía nombre: Javier Mascherano. Escudado por Demichelis y Otamendi, el Jefecito controló la ráfaga ofensiva del rival. La definición por penales fue una realidad después de los últimos 30 minutos de la temporada.

Alexis Sánchez tenía la responsabilidad de lanzar el cuarto cobro en la tanda de penales.. Si anotaba, la selección mayor de Chile obtendría el primer título de su historia; si erraba, el aguerrido equipo de Gerardo Martino tendría una chance más para luchar, para intentar obtener un título tras 22 años sin poner trofeos en las vitrinas. Al final el delantero del Arsenal se atrevió a «picarle» el balón a Romero y con ello le dio cierre a la Copa América y a un 4 de julio memorable para todo el pueblo chileno que gritó al unísono “chi-chi-chi-le-le-le”.

Mejor con pies ligeros

El agotamiento visual que provocaba ver a esta Argentina de la Copa América era tremendo. El Tata Martino había arrojado al campo una jaula con todos sus jugadores encerrados, y solo Pastore, el Flaco, podía colarse entre los barrotes. Los demás estaban limitados a ver qué sucedía en medio del hacinamiento. Sin poder gozar de espacio, los futbolistas albicelestes se movían intentando agitar algo mientras el reloj contaba los minutos. Por esa razón, el equipo no había disfrutado ni un minuto de los 360 que había jugado… hasta anoche, durante el segundo tiempo contra Paraguay.

A todos les cambió el semblante cuando vieron que por fin un rival estaba dejando algo de espacio para poder aprovechar. No habría más gestos de frustración. El panorama estuvo más claro, todos se lavaron la cara, esbozaron una sonrisa, y salieron a correr. Tal y como un reo sin grilletes, por fin libre, Argentina galopó hacia la portería de Villar. Y cayó un saco de goles. El combinado nacional que maravilló al mundo entre principios de 2012 y finales de 2013 con su arsenal ofensivo desatado volvió a hacer tal cosa ayer durante un rato. Y cómo no, si Messi volvió a sonreír.

Resignación

Es frustrante sentarse a meditar sobre la Selección Colombia cuando cada partido encaja tan inexorablemente en un patrón. Es repetitivo. Un déjà vu. La Copa América del combinado cafetero ha sido, desde un comienzo, una película trágica, cuyo desenlace tenía un destino inevitable y familiar -de los que se repite un domingo cada tanto en la televisión- y en el cual no cabía mayor sorpresa que algo entre las líneas de “el protagonista estaba muerto desde un comienzo.” El equipo de José Pékerman cayó lentamente y sin encontrar respuestas ante una conglomeración justa de circunstancias que estalló. Una Tormenta Perfecta. Un Titanic en el que, sin querer abandonar el barco, la tripulación se ahogó esperando a ver si los escombros flotaban.

Sin suerte y sin preparación, Colombia resolvió para subsistir

Absolutamente todo lo que ocurrió rumbo al partido ante Argentina indicaba que Colombia llegaba destinada a ser casi, o virtualmente, inexistente. No había interiores, no había mediocentros y no había Carlos Bacca. Nada. Ni para construir, ni para correr y buscar la contra. Pékerman comenzaba en jaque, y eso antes de siquiera pensar en que necesitaba detener al mejor futbolista del mundo. Resignado, el argentino planteó un partido sin opciones ofensiva sistemáticas: para no morir. Un 4-3-1-2 con James detrás de los delanteros y buscando el robo sobre la zona de Mascherano. Alexander Mejía -la única opción disponible- actuaba solo como mediocentro, y para apoyar su lucha desahuciada en la medular, José Néstor colocó a Santiago Arias como lateral izquierdo con ordenes de seguir a Messi y sus corridas hacia el centro. Fue un movimiento astuto y bien ejecutado donde había poco que hacer. Víctor Ibarbo ocupaba el extremo izquierdo, y tomaba la posición de lateral que tan a menudo abandonaba el hombre del PSV, intentado controlar el vértigo de las transiciones de la albiceleste.

Sin embargo, la circulación de Argentina era buena, y cobraba rapidez apoyada en las individualidades de sus mediapuntas (Messi, Di María y Pastore), de tal manera que Colombia se vio vulnerable desde el primer silbido. Nada inesperado. La salida del subcampeón del mundo era pulcra y su armado posterior, fácil. La salida de Colombia, por otra parte, era un circo. Comenzando el partido, el combinado tricolor intentó ganar claridad utilizando la modalidad lavolpiana, con Mejía parado entre Murillo y Zapata, pero, Argentina jamás dudó de aquello fuera un plante insostenible. Y apoyada en su dominio en posesión, salió a morder. El equipo de Gerardo Martino era preciso en el trámite y en el ataque escalonado y sus futbolistas siempre encontraban superioridad numérica tras sus pérdidas, de manera que el retorno a la posesión era casi inmediato. Cinco a seis hombres presionaban a uno o dos colombianos en cuestión de metros. Martino sabía que en Colombia no había quien ejerciera una pausa para corregir en territorio medular, o quien recibiera un pase largo en otra zona: no tenía nada que perder. Teo, desconocido y desconcentrado, no lidiaba bien con el rol asignado de estirar y a la vez recibir de largo y sus pérdidas comenzaron a hacerse costosas. Por eso, antes de llegar a los 30 minutos Pékerman realizó su primera substitución. Entraba, por el barranquillero, Edwin Cardona. El hombre más lento del plantel, a jugar como mediocentro. Y así, aferrada a los guantes de un colosal David Ospina, Colombia se dedicó a sufrir los minutos.

Ideas sin consolidación

Argentina es un equipo que finaliza sumamente mal en comparación con el nivel del resto de los aspectos de su juego: por el momento, recuerda aquellos equipos previos a la llegada de Alejandro Sabella, en los que la libertad que exigía la capacidad de Lionel Messi conllevaba a una pérdida de foco. De no ser por este déficit, y por las actuaciones monumentales de Ospina y Jeison Murillo, la goleada para Colombia hubiera sido segura. Sin duda. Y finalizada la Copa es imperativo pensar en el futuro, partiendo del pasado inmediato. ¿Cómo es que en cuestión de dos años el fútbol de la selección ha quedado tan obliterado y tan ausente de sus más intrínsecos pretextos? Ante la suerte nefasta que ha tenido Colombia en los últimos 24 meses, Pékerman ha sabido manejar las catástrofes bien en la inmediación del momento -la Copa del Mundo como principal ejemplo-, pero su visión a largo plazo no ha quedado tan clara. Y es posible que esto le haya costado bastante. Ante Argentina respondió bien a las ausencias, pero, ¿había manera de prepararse mejor desde antes?

En su llegada a Colombia, cada acción de José Pékerman parecía partir una visión coherente: la inclusión gradual de Cuadrado al proceso, el aumento de responsabilidad sobre James, las probaturas de Falcao como delantero centro con un acompañante, y hasta la primera convocatoria de Stefan Medina. Pero junto a esta última propuesta han quedado estancados otros proyectos que en la Copa podrían haber sido útiles, como la instalación de Zúñiga al mediocentro, o el uso de Cardona como interior profundo. Ante Perú y Venezuela, Colombia perdió oportunidades para ir cementando, bajo la competitividad, algún cambio, que alterando el grupo constante, quizá ayudara a retomar los principios y conceptos que se han perdido por mantener la consistencia grupal. Y de cara a las eliminatorias, oportunidades así no se pueden desperdiciar. Hay que recomponer. En medio de los infinitos interrogantes, lo único claro es que en el presente inmediato el fútbol de Colombia necesita el estimulo de una reformación paradigmática significativa. Y la primera pregunta debería ser si aquel hombre atrevido que desarmó la máquina torpe del Bolillo para hacerla delicada, es capaz de desensamblar su propia creación.

Messi entre dudas

Llionel Messi está pletórico. Hay que partir de ese hecho -porque no es una suposición, es un hecho- para abordar todo lo que tenga que ver con los equipos en los que él milita. El 10 del Barcelona y de Argentina llega en un estado de forma excepcional a afrontar los cuartos de final de una Copa América que está obligado a ganar. Más aún después del precedente del Mundial, y de haber conseguido el segundo Triplete de su carrera siendo la estrella absoluta en su club. El nivel de presión es tremendo. Y, sin embargo, su equipo, el dirigido por Gerardo Martino, ha sido más de sombras que de luces en esta competición.

Messi en la derecha de Argentina no encuentra lo mismo que en la derecha del Barcelona

Señalar por esto último a Messi no tendría sentido alguno. Todo jugador de este deporte está atado al amplio contexto de sus equipos. Y Lionel, que esta temporada ya demostró ser un universo incontenible de fútbol a poco que le ayuden, no encuentra situaciones para brindar calidad y superioridad a la albiceleste de forma constante. El Tata Martino ha trabajado con el 10 en banda derecha, al igual que Luis Enrique en España, pero los entornos y los resultados son sustancialmente distintos en clave Messi, y ello se reflejado en el juego de su bando.

En el Camp Nou, desde enero, la hoja de ruta ha tenido siempre como constante, primero, que Messi tenga una opción de pase fija en la izquierda, y segundo, que encuentre libertad para irse a zonas interiores desde su posición de extremo sin que el equipo pierda amplitud por derecha. De la izquierda se encargaban Alba o Neymar, y de la derecha, Suárez, Rakitic o Alves. Pasa entonces que en Argentina, por lo general, Zabaleta no se está proyectando en ataque, y el interior del flanco de Messi -Biglia- nunca ha sido de coquetear con la línea de cal. Además, Di María, el teórico extremo izquierdo, no se queda estirando en su banda para esperar el pase enroscado de Messi, y Rojo, el lateral izquierdo, cuando recibe arriba, no tiene capacidad técnica para hacer productiva su ventaja posicional.

Argentina, teniendo en cuenta todo lo anterior, es un equipo de marcada vocación ofensiva a través del manejo de la pelota, pero sin las facultades para hacer efectiva su arma más letal: nada menos que el mejor futbolista del mundo. Y los demás jugadores del grupo albiceleste, ubicados en un sistema específico, tampoco se prodigan tocando la pelota con tanto acierto y sentido como para desorganizar al contrario de manera constante. De ahí que sus arranques de partido en esta Copa siempre hayan parecido apabullantes: porque con aire y resto físico ejecutar es más fácil. Luego, cuando falta oxígeno y las piernas dejan de responder, Argentina se queda en poco. Messi puede producir muchas cosas al mismo tiempo por sí solo incluso con todas las trabas expuestas antes durante la primera media hora. Después, cuando necesita un cable de sus compañeros, encuentra un panorama desalentador.

Colombia deberá sobrevivir la primera media hora

Colombia, aún al borde del colapso, y mermada por la baja de su doble pivote al completo, tendrá opciones si sobrevive a los 30 minutos iniciales de Messi, Pastore y Agüero, y si logra superar a Mascherano corriendo hacia Romero. Los encargados de llevar a buen término la hazaña serán Ospina, Murillo, Mejía, James y Teófilo. Complicado, sí, pero no imposible. Las dudas no las tiene sólo el conjunto de Pékerman. Messi y compañía tampoco gozan de muchas certezas.

Contrastes

Tocar y moverse para desarmar la defensa. Labor de los de arriba que formaban un rombo lleno de talento donde sobraba la técnica. Higuaín en punta, Di María por izquierda, Messi en derecha y Pastore entre Ángel y Leo. El cumpleaños 26 de Javier Pastore empezaba con los de arriba divirtiéndose en una primera mitad donde Argentina dominó a placer el partido. Un equipo adelantado, presionando alto y con constante movilidad entre líneas. Las combinaciones tenían siempre a Pastore como epicentro. Javier viene siendo el que se retrasa diez metros, recoja la pelota a los pies de Biglia o Mascherano y la lleve hasta las botas de Messi. La dinámica de todo el equipo argentino para pasarse la pelota fue notoria, había posibles receptores en cualquier zona del campo. Martino sonreía desde la grada. Sus jugadores cómodos en campo contrario trazaban líneas de pase con seguridad y precisión a un ritmo que los jamaiquinos no alcanzaban ni siquiera para cortar el juego con faltas.

Segunda parte, mismo compás. No había cambiado nada hasta que Pastore apagó la velita y se fue al banco. Se acababa la fiesta Argentina. Atascamiento a la hora de atacar, Argentina no pisaba con el mismo peligro el área rival, la verticalidad se torna un inconveniente si desaparece Pastore, no precisamente porque Javier sea quien cuele los pases sino que Messi pierde pisadas en el medio que le permitan conectar con el ariete o lanzar con rosca a la izquierda buscando a Di María y Rojo. Los últimos 15 minutos del partido Jamaica se abalanzó sobre campo contrario y generó nerviosismo en la defensa argentina. Argentina no remató el partido con las opciones que crearon en el primer tiempo, opciones claras de marcar que nuevamente fueron desaprovechadas, como ante Paraguay, cuando les empataron, y Uruguay, que terminaron derrotando agónicamente. Dos caras en un mismo partido. Fútbol en un tiempo y dudas en otro, es imposible conquistar América sin mantenerse competitivos todo el tiempo.

Todo por mitades

Hubo que esperar 270 minutos para ver el primer espectáculo en esta Copa América 2015. Argentina y Paraguay protagonizaron en La Serena un partidazo fragmentado por doquier. Lo único que tuvo constancia fue la movilidad de quienes ocupaban el eje horizontal de la albiceleste durante los 45’ iniciales. Lo demás estuvo roto y fue inconstante. Vamos, como el choque, por partes.

Messi comenzó imponiéndose

Los interiores de la albiceleste fueron Banega y Pastore, y los extremos Messi y Di María. El equipo de Ramón Díaz, por su parte, se organizó en un 4-5-1 con el que tapaba a estos últimos. En ese sentido, Garay, Mascherano y Otamendi debían buscar la forma de encontrar a los centrocampistas entre líneas. Un pase frontal que rompiera la defensa guaraní no parecía ser una opción, en buena medida porque ninguno de los tres de la zona posterior argentina posee esa capacidad en la que sí se prodigan tipos como Xabi Alonso o Toni Kroos, entonces una pérdida en salida equivalía a oportunidad de contragolpe para el rival. Ante dicho panorama, surgieron los envíos diagonales de Mascherano y los pases largos hacia el Kun para instalarse en campo contrario.

Una vez la pelota estaba en terreno rojiblanco, comenzaba el intercambio posicional de Banega, Pastore, Messi y Di María. El 10, en ese tramo, lo condicionó todo, como siempre que se encuentra medianamente cómodo. Pudo dar su ya característico cambio de orientación de derecha a izquierda, y completó varias paredes que terminaron en peligro de gol. Paraguay, embelesada por la dinámica que veía, no pudo salir de su parcela en todo el período inicial.

Luego de semejante declaración de intenciones de los del Tata Martino, nada hacía presagiar que el guión se alterase de la manera en la que lo hizo para la segunda parte. Sin embargo, Ramón Díaz apostó por Derlis González para resquebrajar el centro del campo argentino y dinamitar el encuentro. El ex-técnico de River conjeturó que dos mediapuntas -Banega y Pastore-, desempeñándose como interiores en un equipo que juega tan pocas veces al año, no seguirían el libreto defensivo de un partido de transiciones. Argentina cayó en la trampa y se partió en dos bloques. En dicho contexto emergió un Ortigoza que activó a Valdez y Santa Cruz.

No sólo Paraguay se lleva buenas conclusiones

Los cambios de Martino, cuestionados, apuntaban a cerrar el encuentro dentro de lo que proponía Paraguay. Aún así, el resultado fue el opuesto. El 2-2 llegó sobre la hora, y los que se llevan las sensaciones positivas son los actuales subcampeones del certamen. Aún así, Argentina puede sacar cosas buenas, como que logró imponer su fútbol de manera tiránica el día del debut, que es cuando más pesa llevar el discurso de un encuentro. En las próximas fechas habrá más pistas de hacia dónde van estos dos conjuntos que hoy regalaron muchas emociones.

Obligados a ganar

El pasado es un sello indeleble que explica el presente y define el futuro. Recorrer el camino que vivimos nos permitirá entender quiénes somos, dónde estamos y hacia dónde vamos porque, al fin y al cabo, uno es una compleja construcción edificada por las experiencias que atravesamos durante nuestra historia.

Si el equipo que ahora conduce tácticamente Gerardo Martino es el máximo candidato para ganar la próxima Copa América es porque, después de una concatenación de fracasos, la final que alcanzó en el Mundial de Brasil representó mucho más que una campaña tenida de épica. Durante 32 días, desde Bosnia hasta Alemania y con el Maracaná como escenario común, la Selección Argentina forjó una reparación histórica en la que se reencontró con su linaje y, principalmente, con su pueblo.

Silbidos en Santa Fe

Jens Lehmann fue el verdugo de la era de la lógica. El penal malogrado por Esteban Cambiasso castigó los errores de la tarde en que José Néstor Pékerman se traicionó: su equipo quedó eliminado con el reemplazado Juan Román Riquelme junto al frustrado Lionel Messi en el banco de suplentes. Hoy idolatrado en Colombia, el Olímpico de Berlín rubricó la partida de defunción del ciclo y desató tiempos turbulentos en la Selección Argentina, días de elecciones incomprensibles, de finales abruptos, de decisiones apresuradas y traiciones que durante dos ciclos mundialistas hirieron de muerte a un equipo que milagrosamente resucitó en una noche.

Son discutibles los méritos de Alfio Basile en un Boca que había desplegado una campaña incontestable en Argentina, aquel equipo que gozó de una efectividad inmaculada durante su etapa: liderados por el fútbol del Pocho Insúa, el desequilibrio de Rodrigo Palacio y los goles de Martín Palermo, los xeneizes conquistaron cinco títulos y se encaminaban al sexto, a su primer tricampeonato, cuando Julio Humberto Grondona se entrometió para entregarle la selección al último técnico que había teñido el cielo de albiceleste. Boca eligió a Ricardo La Volpe y le regaló el título a Estudiantes mientras el Coco, escogido por sus pergaminos, era goleado por Brasil en la final de la Copa América. Sus métodos, efectivos en el pasado, resultaban anacrónicos y en Chile, tras una derrota marcada por la apatía del equipo, marchó con un tufillo a conspiración entre los emergentes pibes que no soportaban a un Basile que, con sus códigos acuestas, se enroló en su propia omertá.

La prensa, cruel y oportunista, apuntó instantáneamente contra aquel hombre que obraba milagros en Cataluña y fracasaba en Argentina con una caterva de estúpidos argumentos que en la Asociación del Fútbol Argentino alguien pareció escuchar. Qué no canta el himno, qué no siente la camiseta, qué mejor juegue en Barcelona, qué no lo necesitamos, qué es un apático, qué no es como el Diego porque no le importa nuestro país. Los medios y una gran cantidad de hinchas veían en Lionel Messi a un desconocido, un perfecto extraño que perpetuaba hazañas en el Barcelona pero que, puesto a defender los colores del combinado nacional, era solo una caricatura de aquel petiso endiablado que todos los fines de semana se reinventaba como el mejor jugador del mundo. Pero la Pulga no era el único apuntado y, tras otro fracaso de dimensiones siderales, todo jugador que vestía la camiseta albiceleste era un mercenario que cuidaba sus piernas para firmar un próximo contrato por millones de dólares. No les interesaba la gloria, solo aumentar los ceros de sus acaudaladas arcas.

Como respuesta, un nombre propio, el único capaz de reconciliar a la Selección con el pueblo, el hombre indicado para transmitirles a estos pibes desinteresados el sentimiento y el compromiso inherente a una camiseta que representaba la ilusión y los sueños de una nación genéticamente futbolera, la leyenda, el ídolo, la bandera, el del gol a los ingleses, el que jugó con un tobillo destrozado frente a Brasil, el héroe de los desposeídos, el que ganó de los que nunca ganan. Grondona tiró de épica y Diego Armando Maradona, secundado por Carlos Salvador Bilardo, regresó a la Selección Argentina. La fórmula más exitosa de la historia, esa que en yunta había alcanzado dos finales mundialistas con suerte dispar, estaba de vuelta.

Fueron dos años de intensidad absoluta. Riquelme renunció argumentando que no tenía los mismos códigos que Maradona y Messi asumió el liderazgo futbolístico de un equipo destinando a la gloria. Fueron meses de fervor absoluto, de un sueño de un país que no lograba abandonar su romántico presagio: Lionel levantando la Copa del Mundo con Diego en el banco de suplentes. Pero la táctica pudo más que la épica y no hubo hazaña. Maradona se engolosinó y, ensimismado en un fútbol ofensivo que incorporó a Carlos Tévez a partir de octavos de final, prescindió del experimentado Juan Sebastián Verón. Sin la Bruja, Alemania bailó a la Argentina en la catástrofe de Ciudad del Cabo. Era una historia sin grises, un pleno a una apuesta radical: con Diego era éxito o fracaso. Fue fracaso y Maradona se despidió en una conferencia de prensa en la que señaló a Grondona y Bilardo como su propio Julius y Ethel Rosenberg.

Como si fuera Harry Potter, el cosmos se movía en función del niño que convertía en tangibles las situaciones más utópicas. La premisa era crear un contexto que asegurara su felicidad. Ni el amiguismo de Basile ni la gloria de Maradona habían logrado que Messi traspolara su rendimiento blaugrana a la Selección. Haciendo gala de su lógica vacía de contenido, tomaron una decisión en función de su rudimentaria formación: si Messi rendía en el Barcelona, el camino era imitar el dispositivo táctico del Barcelona. Sergio Batista fue el elegido y rápidamente planteó un esperpéntico sistema poblado de mediocampistas que no eran ni Xavi, ni Iniesta ni Busquets. La versión trucha del elenco de Pep Guardiola naufragó en la Copa América, en su propio país, ante su gente, en un Cementerio de los Elefantes que despidió a Messi bajo una silbatina. El mejor de todos nunca estuvo tan cerca de renunciar a la selección como aquella noche tras la eliminación por penales frente a Uruguay. En consecuencia, la AFA despidió a Batista. Ni amistad, ni épica ni falsificaciones. Seis años dilapidados, convertidos en una tragedia y con una generación dorada con un potencial insondable a punto de convertirse en una maldición. Como debió haber sido tras la desvinculación de Pékerman, era el momento de la táctica y el fútbol.

De Barranquilla al Maracaná

Alejandro Sabella irrumpió en la escena mundial comandando la campaña de un Estudiantes que, con Verón como ladero, conquistó América y puso en jaque al Barcelona de Guardiola en la final del Mundial de Clubes. Ese Pincha que se reencontró con el éxito con su estirpe a flor de piel fue el escaparate que posicionó a Pachorra como número puesto para asumir la conducción técnica de la Selección Argentina.

De antemano, su desembarco aseguraba varias virtudes que escaseaban desde la partida de Pékerman: seriedad, conocimiento y humildad. Pero la Selección no respondía pese al buen debut frente a Chile por Eliminatorias. La derrota en Venezuela y el empate frente a Bolivia en el Monumental en una tarde de ovaciones insólitas desataron una crisis apresurada que, aún en ciernes, quedaría sepultada para siempre en una noche de Barranquilla.

Faryd Mondragón, histórico arquero de la Selección Colombia, había sido cauteloso en la previa: “Ojalá Argentina no se despierte contra nosotros, es un equipo sin techo”. Incluso Sabella, quien se refirió al encuentro como “importante pero para nada decisivo”, desconocía la trascendencia que el Estadio Metropolitano Roberto Meléndez tendría en su futuro.

Era otra noche deslucida de una Argentina que caía por el gol de Dorlan Pabón. En el entretiempo, con la derrota parcial, se podía oler el aroma a un ciclo moribundo. Pero todo cambió en cuarenta y cinco minutos. Sergio Agüero ingresó por Pablo Guiñazú, Messi empató el partido y el Kün lo ganó en la agonía después de un segundo tiempo brillante del combinado nacional, una producción que terminó simbolizando mucho más que un triunfo coyunturalmente necesario. Desde esa noche, Argentina nunca más perdió por Eliminatorias hasta la última fecha, cuando ya clasificada cayó frente a Uruguay como visitante. Después de Barranquilla, entre partidos oficiales y amistosos, la Argentina ganó veintiún partidos, empató siete y perdió apenas tres. El último, en la final de Brasil 2014.

Las frías, inobjetables e inmortales estadísticas recordarán objetivamente la brillante campaña de Sabella. Pero la era Pachorra está cargada de subjetividad después de reconstruir en apenas dos años la identidad de un equipo destruido. Trocó silbidos por aplausos, generó pertenencia, emocionó, reconcilió a un hincha cansado de millonarios que no transpiraban la camiseta con un plantel que hizo del sacrificio un valor innegociable, forjó la mejor versión de Messi en la Selección, recuperó a Javier Mascherano, hizo de sus lugartenientes hombres claves y transmitió valores que generaron en millones de argentinos el orgullo por una Selección que volvió a representarlos, 23 jugadores que pese a caer frente a Alemania fueron recibidos como héroes en Ezeiza demostrando que aunque la herida nunca termine de sanar, el mundo no se polariza en ganadores y perdedores. En el país de los sabiondos, Sabella agachó la cabeza, reconoció las propias falencias, capitalizó sus virtudes y logró revivir sueños que habían quedado sepultados para siempre desde la partida de Diego Maradona como jugador. Sabella le devolvió la épica a la Selección.

La tercera derrota de su era fue en el Maracaná. Alemania, otra vez el verdugo, el único fantasma del pasado que Pachorra no pudo ahuyentar. La Argentina de los cuatro fantásticos se vio obligada a reinventarse sobre la marcha convirtiéndose en la Argentina de los jugadores de rol, actores secundarios que habían sido cuestionados pero que sacaron la cara por un equipo cuyas estrellas se iban apagando. Agüero desconectado tras una temporada cargada de lesiones, Higuaín en bajísimo nivel, Di María pletórico pero desgarrado durante el sendero. Romero, Rojo, Demichelis, Biglia, Enzo Pérez, Lavezzi, nombres propios que resultaron decisivos para cruzar por fin el Rubicón. Sabella se adaptó e incluso sedujo al jugador más determinante para que se adaptara a su nueva estrategia porque era el único camino posible para lograr su objetivo. Y Messi se convenció y brilló en una faceta desconocida para él, entregándose por su equipo, inmolándose por un ideal, brindándose en cuerpo y alma a una idea ajena, que no sentía propia pero que asimiló porque era la única capaz de asegurar aunque sea una cuota de éxito. Frente a Bélgica jugó un partido espectacular, tal vez su mejor actuación en la Selección, no solo por sus goles y sus gambetas sino por haber asumido como nunca antes su condición de líder y capitán. Milímetros impidieron que Messi y Sabella levantaran la Copa del Mundo frente a la Alemania de los sueños, esa picadora que trituró a Brasil en su propio país.

La evolución del sistema

La exigencia de una obsesión había causado estragos en un Sabella que había sufrido evidentes cambios físicos. Agotado y con la imperiosa necesidad de descansar, cerró su etapa en el mismo momento en el que Mario Götze batió a Sergio Romero, aunque la decisión podría haber sido tomada mucho tiempo antes. El resultado era lo de menos porque Pachorra ya había hecho lo suyo: Argentina era otra vez un equipo competitivo, teñido de grandeza, candidato en cualquier cancha y frente a cualquier rival, nuevamente secundado por un pueblo que en Brasil había recuperado su ilusión. Pero Sabella decidió irse y ya no era necesario un revolucionario sino un técnico que fuera capaz de caminar por la misma senda, incluso agregándole un plus para perfeccionar más aún el engranaje edificado por Pachorra.

La evolución se le encomendó a Gerardo Martino porque reunía las características necesarias para darle un salto de calidad al modelo Brasil 2014. El Tata es capaz de pulir el sistema ofensivo sin desguarnecer su fortaleza defensiva, de darle mayor caudal futbolístico a un equipo que ha pecado de una messidependencia excesiva. Su Newell’s campeón del torneo local, con recursos limitados, había sido una pequeña demostración que lo catapultó a una etapa agridulce en el Barcelona de Messi y Mascherano. La Pulga se lesionó y el argentino tuvo durante varios meses a un equipo que luchó contra la ausencia de su estrella. La historia terminó en decepción y Martino se fue, enriquecido por su experiencia en Europa y embelesado con un manto jerárquico que en la consideración general lo señalaba como el máximo candidato para reemplazar a Sabella.

Aún es demasiado pronto para realizar un balance de la era Martino, con apenas ocho amistosos en su hoja de ruta. Debutó tomándose frente una irrisoria revancha a la Alemania campeona del Mundo en Düsseldorf, perdió con Brasil en Beijing, con Portugal en Manchester y derrotó a Croacia en Londres con la misma base del equipo que alcanzó la final de la Copa del Mundo pero con matices del sello del Tata, pequeñas modificaciones paulatinas que con el tiempo se consolidarán para llegar al Mundial de Rusia con una formación consolidada que haya sido encumbrada en la filosofía del pupilo más cauteloso del bielsismo.

Por primera vez en una década, un técnico podrá cumplir un ciclo de cuatro años al frente de la Selección Argentina pero primero, como sucedió con Basile y Batista, deberá sobrevivir a un escollo obligatorio que en épocas formativas suele ser un dolor de cabeza porque, con la imperiosa necesidad de ser campeón, Argentina viajará a la Copa América de Chile con el cometido de levantar un título después de veintidós años. Ese motivo seguramente habrá despertado la cautela de un Martino que afrontará el máximo certamen continental con un plantel que repite varios nombres de la lista que afrontó la última Copa del Mundo y apenas un par de elegidos que representarán minúsculamente su estilo.

Los 23 de Martino

La primera decisión del Tata fue la amnistía a Carlos Tevez, proscrito de la era Sabella. Su rendimiento en la Juventus italiana era insoslayable pero Pachorra, por motivos que nunca fueron revelados, prescindió de él. Martino asumió y decidió que el Apache, de irrefrenable rendimiento en un equipo que terminó la temporada con dos títulos y la final de la Champions League, regresara al plantel para fortalecer la zona ofensiva que había quedado en deuda por su actuación en el Mundial.

El Apache luchará por ser el nueve en un dispositivo táctico que puede jugar con el habitual 4-3-3 o el innovador 4-2-3-1 con Tévez como único punta y Messi escorado sobre la derecha. La diferencia más radical con respecto al Mundial de Brasil se trasluce en el presente de los delanteros: Higuaín viene de una buena temporada en el Nápoli pese a algunos cuestionamientos y Sergio Agüero, recuperado definitivamente de todas las molestias que había sufrido en el vía crucis que significó la temporada pasada, fue voraz y decisivo en el Manchester City. Ezequiel Lavezzi, el quinto Beatle, aportará características distintas que pueden ser útiles en determinadas situaciones. ¿Messi? No hace falta profundizar en su indescriptible temporada que cerró con la obtención de la triple corona.

Uno de los nombres que resaltan por su sola presencia es el de Javier Pastore, presente en Sudáfrica 2010 y ausente en Brasil 2014. El talentoso jugador que esta temporada brilló en el PSG y se mostró como un factor absolutamente decisivo en duelos trascendentales como frente al Chelsea en Stamford Bridge puede ser el eslabón necesario para liberar definitivamente a Messi y desatar el caos total. El Flaco, titular en el mediocampo ideal del Tata, evitará que la Pulga retroceda en el campo de juego para encontrarse con la pelota. En posición de enganche, marcará los tiempos del equipo de Martino, la principal modificación con respecto al pasado. No todas las jugadas deberán pasar por los pies del mejor jugador del mundo. Lamela será otra variante para ejecutar el mismo plan.

Con Mascherano como bastión defensivo como cinco de recuperación asentado por delante de los dos centrales, su acompañante en la medular es una incógnita. En principio, Lucas Biglia parte con ventaja pero el rendimiento de Ever Banega y las dudas sobre el físico del mediocampsita de la Lazio podrían modificar los planes del Tata. Banega fue fundamental en el Sevilla, MVP de la final de la Europa League y podría ser el encargado de clarificar con el primer pase la ofensiva de una selección que intentará tener mayor control de la posesión y manejar el tempo de los partidos.

Como Sabella en Brasil, Martino encontró soluciones en sus viejos laderos. Así se explican las convocatorias de Nahuel Guzmán y Milton Casco. Si bien Romero es el titular, el Patón podría ganarle la pulseada porque podría cumplir la misma función que desplegó con eminencia en Newell’s: salir del fondo con pelota dominada para iniciar el ataque y disfrazarse de líbero para solucionar contratiempos en un equipo con vocación ofensiva. Casco, en clara desventaja con el afianzado Marcos Rojo, podría ser un revulsivo desde el lateral izquierdo por su capacidad para proyectarse y horadar defensas que se asomen inexpugnables.

Con el Maracaná atragantado, la Selección comienza afianzada un proceso en el que buscará evolucionar para llegar a Rusia otra vez como firme candidata a quedarse el Mundial. Ganar la Copa América no será una revancha ni curará las heridas del pasado pero se presenta como un objetivo obligatorio para un equipo que necesita interrumpir doce años de sequía mientras crece futbolísticamente con la propuesta del Tata. Un fracaso en esta instancia representaría arruinar los cimientos que sembró Sabella. Martino no puede fallar aunque si lo hace, siempre estará Messi para rescatarlo.