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Noticias vienen, noticias van, noticias, noticias… Colombia sobrevivió a Brasil sin jugar particularmente bien, pero mejorando la desoladora imagen que había dado ante Venezuela. El equipo de José Néstor Pékerman va partido a partido, con un manejo de los tiempos que genera dudas pero en el que el entrenador argentino, en quien los jugadores creen con un sentido fraternal, confía.

Prueba no superada

El fútbol es un deporte en el que puede ocurrir que los mismos once futbolistas cacen dentro de dos planes diametralmente distintos y jueguen igual de bien. Y eso, en general, es una bendición. Otorga flexibilidad a los entrenadores y sube niveles de competitividad a los conjuntos. Para Pékerman, este detalle en particular, no obstante, ha sido una especie de cruz.

Aprovechar los momentos

Colombia comenzó su trasegar por la Copa Centenario con una victoria 2-0 frente al equipo local, Estados Unidos,  en el partido inaugural de la competición. Los dirigidos por José Néstor Pékerman controlaron los momentos, tanto adversos como favorables que se le presentaron en el encuentro, para batir a un rival que se mostró agresivo desde el inicio pero que al final resultó siendo inofensivo.

Resignación

Es frustrante sentarse a meditar sobre la Selección Colombia cuando cada partido encaja tan inexorablemente en un patrón. Es repetitivo. Un déjà vu. La Copa América del combinado cafetero ha sido, desde un comienzo, una película trágica, cuyo desenlace tenía un destino inevitable y familiar -de los que se repite un domingo cada tanto en la televisión- y en el cual no cabía mayor sorpresa que algo entre las líneas de “el protagonista estaba muerto desde un comienzo.” El equipo de José Pékerman cayó lentamente y sin encontrar respuestas ante una conglomeración justa de circunstancias que estalló. Una Tormenta Perfecta. Un Titanic en el que, sin querer abandonar el barco, la tripulación se ahogó esperando a ver si los escombros flotaban.

Sin suerte y sin preparación, Colombia resolvió para subsistir

Absolutamente todo lo que ocurrió rumbo al partido ante Argentina indicaba que Colombia llegaba destinada a ser casi, o virtualmente, inexistente. No había interiores, no había mediocentros y no había Carlos Bacca. Nada. Ni para construir, ni para correr y buscar la contra. Pékerman comenzaba en jaque, y eso antes de siquiera pensar en que necesitaba detener al mejor futbolista del mundo. Resignado, el argentino planteó un partido sin opciones ofensiva sistemáticas: para no morir. Un 4-3-1-2 con James detrás de los delanteros y buscando el robo sobre la zona de Mascherano. Alexander Mejía -la única opción disponible- actuaba solo como mediocentro, y para apoyar su lucha desahuciada en la medular, José Néstor colocó a Santiago Arias como lateral izquierdo con ordenes de seguir a Messi y sus corridas hacia el centro. Fue un movimiento astuto y bien ejecutado donde había poco que hacer. Víctor Ibarbo ocupaba el extremo izquierdo, y tomaba la posición de lateral que tan a menudo abandonaba el hombre del PSV, intentado controlar el vértigo de las transiciones de la albiceleste.

Sin embargo, la circulación de Argentina era buena, y cobraba rapidez apoyada en las individualidades de sus mediapuntas (Messi, Di María y Pastore), de tal manera que Colombia se vio vulnerable desde el primer silbido. Nada inesperado. La salida del subcampeón del mundo era pulcra y su armado posterior, fácil. La salida de Colombia, por otra parte, era un circo. Comenzando el partido, el combinado tricolor intentó ganar claridad utilizando la modalidad lavolpiana, con Mejía parado entre Murillo y Zapata, pero, Argentina jamás dudó de aquello fuera un plante insostenible. Y apoyada en su dominio en posesión, salió a morder. El equipo de Gerardo Martino era preciso en el trámite y en el ataque escalonado y sus futbolistas siempre encontraban superioridad numérica tras sus pérdidas, de manera que el retorno a la posesión era casi inmediato. Cinco a seis hombres presionaban a uno o dos colombianos en cuestión de metros. Martino sabía que en Colombia no había quien ejerciera una pausa para corregir en territorio medular, o quien recibiera un pase largo en otra zona: no tenía nada que perder. Teo, desconocido y desconcentrado, no lidiaba bien con el rol asignado de estirar y a la vez recibir de largo y sus pérdidas comenzaron a hacerse costosas. Por eso, antes de llegar a los 30 minutos Pékerman realizó su primera substitución. Entraba, por el barranquillero, Edwin Cardona. El hombre más lento del plantel, a jugar como mediocentro. Y así, aferrada a los guantes de un colosal David Ospina, Colombia se dedicó a sufrir los minutos.

Ideas sin consolidación

Argentina es un equipo que finaliza sumamente mal en comparación con el nivel del resto de los aspectos de su juego: por el momento, recuerda aquellos equipos previos a la llegada de Alejandro Sabella, en los que la libertad que exigía la capacidad de Lionel Messi conllevaba a una pérdida de foco. De no ser por este déficit, y por las actuaciones monumentales de Ospina y Jeison Murillo, la goleada para Colombia hubiera sido segura. Sin duda. Y finalizada la Copa es imperativo pensar en el futuro, partiendo del pasado inmediato. ¿Cómo es que en cuestión de dos años el fútbol de la selección ha quedado tan obliterado y tan ausente de sus más intrínsecos pretextos? Ante la suerte nefasta que ha tenido Colombia en los últimos 24 meses, Pékerman ha sabido manejar las catástrofes bien en la inmediación del momento -la Copa del Mundo como principal ejemplo-, pero su visión a largo plazo no ha quedado tan clara. Y es posible que esto le haya costado bastante. Ante Argentina respondió bien a las ausencias, pero, ¿había manera de prepararse mejor desde antes?

En su llegada a Colombia, cada acción de José Pékerman parecía partir una visión coherente: la inclusión gradual de Cuadrado al proceso, el aumento de responsabilidad sobre James, las probaturas de Falcao como delantero centro con un acompañante, y hasta la primera convocatoria de Stefan Medina. Pero junto a esta última propuesta han quedado estancados otros proyectos que en la Copa podrían haber sido útiles, como la instalación de Zúñiga al mediocentro, o el uso de Cardona como interior profundo. Ante Perú y Venezuela, Colombia perdió oportunidades para ir cementando, bajo la competitividad, algún cambio, que alterando el grupo constante, quizá ayudara a retomar los principios y conceptos que se han perdido por mantener la consistencia grupal. Y de cara a las eliminatorias, oportunidades así no se pueden desperdiciar. Hay que recomponer. En medio de los infinitos interrogantes, lo único claro es que en el presente inmediato el fútbol de Colombia necesita el estimulo de una reformación paradigmática significativa. Y la primera pregunta debería ser si aquel hombre atrevido que desarmó la máquina torpe del Bolillo para hacerla delicada, es capaz de desensamblar su propia creación.

Cese al fuego

El ejército colombiano, reconocido por su espléndido ataque, está por eso entre los mejores del mundo, pero dentro de la milicia hay una tropa que mantiene turbado al comandante Pékerman. El bloque D -la defensa- quizá es el que más cuidado advierte en la milicia. En busca de hallar seguridad y respaldo al batallón luego de distintas bajas en combate, José Néstor Pékerman ya tenía en mente los posibles reemplazantes de ellos y buscaría la manera de ponerlos a prueba y juzgar sus condiciones. En la primera prueba que realizaba a uno de los nuevos defensores de la patria, el soldado Pedro Franco estaría acompañado de Álvarez Balanta y de los más adelantados, Armero y Arias.

Quedaron demostradas las falencias de Franco y Balanta

Características y cualidades muy buenas pudieron ofrecer los frescos jóvenes que iniciando este ensayo dominaban el enfrentamiento sin sufrir. Incluso al principio adelantaban sus líneas para ganar más espacios al rival pero el panorama fue tornándose distinto con el correr de los minutos. Así, la milicia de El Salvador fue acaparando confianza e hiriendo la defensa colombiana que ante las emboscadas, no hallaba la manera de defenderse y refugiarse, pues, estaba descompensada; sus soldados regresaban lentamente y además ocupaban de forma incorrecta el campo a defender.

Vivía en un atolladero el ejército colombiano y el comandante de este tenía una sorpresa preparada. Pedro Franco, de rendimiento regular, salía por Rambo -Murillo-, quien entró al terreno vestido de superhéroe y en medio de la selva entregó la seguridad a sus compañeros para que estos trituraran a su rival. Álvarez Balanta y Murillo hablando el mismo idioma comprendieron y establecieron la forma en la cual debía protegerse su base militar -el arco-. Esta sociedad Murillo-Álvarez Balanta y la posible Murillo-Medina o Medina-Álvarez Balanta podría traer incluso la paz que necesitamos.