Sin salida

En un partido que pronto se quedó sin historia, Luis Carlos Arias, por momentos, lo hizo todo: cortó pases en lo que parecía más un fusilamiento de los volantes de River Plate que lanzaban a mansalva y sin oposición balones de gracia. Luego los lanzaba al espacio con precisión a un Valentín Viola que se le exigía aguantar la pelota y dar tiempo a su equipo: allí ganó y perdió, pero fue una labor irreprochable

Orden en la Final

Resulta difícil comprender, para los amantes del espectáculo, que el primer partido de la final del torneo continental más importante de América terminara en un 0-0 bastante aburridor. Ambos conjuntos decidieron concentrarse en evitar cometer errores y no en buscar generárselos al rival, situación que derivó en un partido tranquilo en el que no surgió ningún rebelde que alzara la voz en función del espectáculo.

Tanto River Plate como Tigres de Monterrey saltaron al campo de juego con un 4-4-2 que se marcaba perfectamente en el terreno de juego, a tal punto, que por momentos la cancha se tornó en una cuadricula. Cada futbolista en el terreno de juego se esforzó al máximo por no perder su posición y las pocas veces que lo hicieron el rival pudo generar oportunidades de gol, lo que demuestra la calidad de los dos equipos en contienda.

El partido se jugó en el “Volcán”, el estadio de Tigres

Por momentos River intentó arrinconar a su rival pero se encontró con un equipo muy preciso para salir de la presión y bastante efectivo a la hora de buscar, a la espalda de sus laterales, a alguno de sus delanteros (Rafael Sobis o Gignac). Por su parte Tigres gozó de la posesión tanto de la pelota como del terreno del juego, en la mayor parte del partido, pero a la hora de atacar evitó ir con muchos hombres para poder ocupar una gran cantidad de espacios en el retroceso, con esto evitaba que los contragolpes de River fueran peligrosos, pero le dificultaba superar las dos líneas de 4 que juntaba el equipo visitante cerca de su área.

Gignac se mostró bastante activo pero se encontró con Jonathan Maidana que estuvo a la altura del duelo y muy pocas veces le permitió al francés recibir con espacios. En el medio del campo los duelos Árevalo-Kranevitter y Pizarro-Ponzio fueron apasionantes. Ponzio por River y Árevalo por Tigres se mostraban como los más sueltos en el doble 5, llegando en algunas oportunidades de sorpresa al área rival. Mientras que Kranevitter y Pizarro estaban más fijos en el centro del campo, robando balones y repartiéndolos rápidamente.

Kranevitter tuvo una presentación memorable

Las bandas fueron la formula de ataque más utilizada por los dos equipos, Damm y Álvarez por Tigres fueron desequilibrantes por momentos pero se enfocaron más en controlar la salida de los laterales de River que en buscar el arco rival. Viudez y Sánchez por el equipo visitante se mostraron muy enérgicos pero no pudieron generar prácticamente nada en ataque, mucho más activos se mostraron Alario y Mora cuando lograron ir sobre las bandas a darle circulación al equipo. Cuando los delanteros de River se tiran atrás y comienzan a avanzar tocando en velocidad desordenan con facilidad la defensa del contrario. En esta ocasión los locales les complicaron la recepción y marcaron muy bien a los posibles receptores del pivoteo de los delanteros.

El partido terminó en tablas y ambos equipos mostraron sus principales cartas para buscar salir campeones. La vuelta promete ser mucho más atractiva, el reloj le juega en contra a los dos equipos y bajo presión es cuando los rebeldes se desatan.

Huyendo de la presión

La presión alta se ha convertido, sin duda, en uno de los recursos más utilizados del fútbol moderno. Con el nacimiento de los equipos enamorados del juego de posición se volvió altamente importante buscar una manera de recuperar el balón rápidamente para evitar que, una vez armados los circuitos de pase, el rival tomara el control casi absoluto de la jugada. Bien ejecutada, la presión alta se torna en un arma tanto defensiva como ofensiva. No sólo se traba la salida del rival, sino que también se puede recuperar la bola mucho más cerca al área contraria lo que, en términos de espacio, ya es mucho más positivo que recuperarla en terreno propio. Aunque tiene sus debilidades. Al presionar hacia el frente se dejan espacios a la espalda que el rival puede aprovechar atacando verticalmente, pero para poder explotar estos espacios también se necesita de coordinación y trabajo, no es sólo lanzar directamente hacia adelante, River no entendió eso.

River no pudo salir de la presión con efectividad

Bastante lejos de la excelencia estuvo la presión ejecutada por Boca en el primero de los tres Superclásicos que se disputarán en poco más de una semana, pero aún más lejos de la misma estuvo River en su intento por salir de ella. El equipo millonario se mostró incapaz de ocupar los espacios que dejaba el onceno xeneize cuando presionaba la salida de Barovero. Por momentos intentaron ampliar la posición de Maidana y Pezzella para airear la salida, pero la poca ductilidad de éstos con la bola en los pies sumada a la ya mencionada pasividad para ocupar los espacios que dejaba el rival hacía que el intento de salir de una mejor manera se viera frustrado. Además, el mejor lanzador de River, Pisculichi, no jugó el partido: significó un impedimento al planteamiento ofensivo que proponía el equipo de la banda cruzada.

El tridente ofensivo de Boca significó un problema para la zaga de River Plate, no por generarle constantemente jugadas de peligro, sino porque en faceta defensiva, cuando Boca no tenía el balón, se convertían inmediatamente en un obstáculo para la salida de River, que en lugar de enfrentar la presión huía de ella intentando un ataque más directo que quedó disminuido a meros balones largos con destino incierto que, normalmente, terminaban en los pies del equipo rival. Ciertamente huir de la presión, por lo menos de esa forma, no era la mejor opción.

Teo, en banda, clarificó el juego de River

Un Teo abierto en banda izquierda resultó un oasis en el desierto. El delantero colombiano, convertido en lanzador, recibía abierto y desde ahí intentaba darle pausa y sentido al fútbol del equipo millonario. Los pelotazos constantes, buscando evadir la presión de Boca, lo único que conseguían era destruir la identidad de juego del equipo que a pesar de que no pasaba apuros en defensa no inquietaba en lo más mínimo al equipo rival. Solo una ocasión clara tuvo River en todo el partido, gestada por izquierda después de un buen movimiento de Driussi que logró ganarle la espalda a Cubas y jugar el balón rápido para Teo quien, desde la izquierda, envió un balón cruzado para Sánchez y el rey de los apoyos disparó con fuerza, pero el travesaño escupió una gran jugada, que pareció más producto del azar que del sistema de juego.

Finalmente, cuando el partido parecía condenado al empate, la defensa de River quebró y en 5 minutos Boca se llevó el partido. Excesivo premio para tan pobre demostración. Los xeneizes sin deslumbrar con su fútbol, se llevaron un Clásico muy importante en lo anímico; ahora se vienen otros dos partidos, Boca seguirá presionando y River… ¿huyendo?

Fútbol difuminado

Que hoy por hoy el fútbol de Teófilo Gutiérrez sea difícil de definir no es coincidencia ni novedad; el tema fue objeto de debate desde que el jugador, a sus 13 años, llegó por primera vez a la academia de William Knight presentado por su padre como un ’10’, y el exfutbolista se negó a entrenarlo bajo ese pretexto. Para Knight, Teo era punta. Por su “biotipo, su movimiento y sus condiciones técnicas”. Fue él quien lo llevó a las inferiores del Junior de Barranquilla, para que chocara con el colosal Dulio Miranda, sin imaginar, quizá, que aquel joven de piernas flacas sería elegido más tarde como el mejor jugador de América justo en el año de consagración de su juego fuera del área y su pase horizontal. Tampoco habrá imaginado que aquella condición de híbrido sería el espectacular pico de su evolución. El fútbol de Teo, en su vasta plenitud de matices técnicos y tácticos, elude la clasificación tradicional, convirtiéndose en un fenómeno descriptible tan sólo con base a su impresionante fuerza de gravedad. A su condición de epicentro. Por lo mismo, tampoco es coincidencia, quizá, que el único colombiano en ganar el premio antes que Teo haya sido Carlos Alberto Valderrama.

Quizá Knight siempre imaginó al Teo de los desmarques, de los apoyos a espalda de primera y de las definiciones a ras de piso. Tal vez contempló los 30 goles con Junior en el 2009 o los 17 con River Plate en el 2014. Es difícil pensar, sin embargo, que aquel maestro haya visualizado en esos tiempos las pausas en medioterreno, los balones filtrados desde las esquinas y los manejos de tiempos. O más aún, que haya visto en aquel niño la ansiedad que lo llevó algún día a las pistolas en los camerinos y a las deserciones inesperadas. Teo, en su condición de vínculo fragmentado, es en todo sentido un concepto íntegro e impenetrable: A la misma vez el joven resguardado por las pandillas del barrio La Chinita, y el hombre callado de los pases sensibles. Un futbolista en llanto. El niño que, según su padre, “prefería el balón que la teta”. Teo es fútbol, del puro; y por lo tanto, una ecuación cambiante, en constante búsqueda un ‘algo’ grande y esquivo, mientras su hinchada, universal y privada, halla en él un elusivo eslabón.

Detrás del golpeo de Piscu

River Plate obtuvo la Copa Sudamericana en tres suspiros. Los mismos en los que Pisculichi conectó como se debe su botín con la pelota. Uno fue gol. Los otros dos, asistencias. Atlético Nacional llegó hasta este punto de forma accidentada y perdió justo así. Sin embargo, siempre mostró empuje y determinación… hasta que recibió el golpe de gracia. Los dos equipos regalaron 180 minutos de emociones para propios y extraños, para sus hinchas y para los neutrales. Y antes de que Leonardo Pisculichi dijera presente en el partido, pasaron cosas para contar.

Osorio se expresó desde la alineación. Él y sus jugadores siempre hablaron de una prioridad: mantener el 0 fuera de casa. El técnico, en pro de esta premisa, realizó un cambio fundamental respecto al esquema de hace una semana en Medellín. Introdujo a un lateral (Valencia) por un extremo (Copete) y cambió el dibujo de 3-3-1-3 a 4-3-1-2. Nájera y Henríquez eran los centrales; Bocanegra y Valencia los laterales. Más adelante, en el centro del campo, Mejía ejercía de mediocentro flanqueado por Bernal y Díaz. Cardona partió de enganche con Berrío y Ruiz por delante. La tarea de los jugadores era distinta. Si en el Atanasio el verde salió a proponer, en El Monumental quiso defender cerca de su arco.

River quiso salir a complicar la salida de Nacional

Las intenciones del conjunto de Marcelo Gallardo quedaron claras desde el pitazo inicial: asfixiar a los jugadores más retrasados de Nacional, forzar pérdidas, dividir la pelota, transitar y buscar jugadas de pelota quieta. Desde su 4-4-2 en rombo ancho River logró parte de su cometido durante toda la primera parte. Como en esta ocasión Nacional no tenía superioridad numérica desde atrás a diferencia de hace una semana, Teo y Mora se emparejaban con los centrales, a Mejía lo mordía Pisculichi y Bocanegra no encontraba receptores cercanos. Así, Nacional no salía jugando desde atrás y el cuero no tenía dueño. Pisculichi comenzó a avisar y Armani a salvar a su equipo.

Entre tanto desorden se abrían espacios y la idea de Gallardo se materializaba. Algún jugador de River enviaba la pelota hacia una parcela vacía, algún otro atacaba ese lugar, y se generaba peligro. Ponzio empujaba hacia adelante a Sánchez -bien abierto en derecha- y a Rojas para presionar. Así continuaba el caos que buscaban.

Cuando Nacional tomaba la pelota era por poco tiempo, y si lograba que el balón llegara de cualquier forma a sus hombres más adelantados, las condiciones de la jugada eran precarias. Berrío fue inofensivo en comparación a hace ocho días porque recibía en estático y no corriendo a la espalda de Vangioni. Además hoy comenzó como delantero centro. Cardona no tuvo su noche. En ningún momento deseó pausar un poco para dar un pase que diera sentido a la tenencia y permitir a sus compañeros moverse mejor. Quien sí estuvo inspirado una vez más fue Luis Carlos Ruiz. Su rendimiento en el torneo es digno de cualquier elogio. Decisiones correctas y acierto técnico traducidos en peligro de forma constante. Nacional comenzó a encontrarle con más facilidad gracias a la decisión de Osorio de abrir a sus dos puntas.

Pisculichi decidió a través de su mejor facultad: el golpeo

El partido se fue a los descansos con 0-0 en el marcador, la sensación de que River pudo haber logrado más, y de que Nacional podía marcar en cualquier momento de inspiración individual. Esto último se esfumó cuando Mercado, a los 55’, remató la perla que Pisculichi envió al corazón del área desde el punto de córner. Cuatro minutos después se repitió la secuencia, pero fue Pezzella quien obró el segundo tanto.

Murillo entró justo después para reemplazar Francisco Nájera, otro central. También salió Farid Díaz -mal partido- para que jugara Wilder Guisao. Sin embargo, en este punto las implicaciones tácticas estaban en un segundo plano. Para Nacional el impacto de recibir dos goles de la misma forma no fue nada fácil de digerir, y así se consumieron los minutos hasta el final del partido. De vez en cuando Pisculichi inquietó otra vez. Y Osorio le dio 18 minutos a Sherman Cárdenas, en los cuales el bumangués demostró que con la pelota es, de largo, el que más fútbol atesora del equipo, y al que menos se potenció.

División de honores

El espectáculo que se vio en la grama del Estadio Atanasio Girardot estuvo a la altura de la fiesta montada por la hinchada de Atlético Nacional, en la final de ida de la Copa Sudamericana. Un tiempo dominado por los locales, el otro por los visitantes. Colombianos y argentinos empataron 1-1 y dejaron abierta la serie que define al campeón del torneo continental.

Berrío y Pisculichi anotaron los goles

En la primera mitad, el elenco verdolaga salió con la iniciativa y comenzó a generarle problemas a los defensores del cuadro bonarense. Con su 1-3-3-1-3, Nacional dominó al Rival. Mejía le dio limpieza a la salida, pues se encontró con la libertad suficiente para tomar la decisión de mandar pases cortos o pases largos. Cardona encontró su espacio entre Rojas-Sánchez y Ponzio, y desde allí abrió la cancha buscando a los extremos o a los interiores, que aparecían, de manera constante, en las bandas.

River Plate no encontró el balón durante todo el primer tiempo. Los argentinos no lograron recuperar el esférico con facilidad. Cardona generó muchas faltas e, incluso, estuvo cerca de anotar un gol de tiro libre en los primeros minutos. La labor de recuperación de Ponzio era ineficiente. Por otra parte, Mammana vio cómo por la derecha bonaerense, Copete y Díaz encontraban el espacio suficiente para herir. Así mismo pasaba por la banda izquierda, donde velocidad de Berrío comenzaba a hacer estragos. Por este lado llegó el gol. Cardona, con mucho espacio, le mandó un balón largo a Orlando que, aprovechando su velocidad, superó a Vangioni entró al área y mandó un remate fortísimo que venció la resistencia de Marcelo Barovero al minuto 34.

Bernal ayudó a Mejía en la manutención del equilibro de su equipo

En la segunda mitad, la actitud y el modo de juego de River Plate fueron diferentes. Los dirigidos por Marcelo Gallardo adelantaron líneas y, conociendo los defectos del rival, empezaron a apretarlo en salida. Fue tan efectivo esto que, en los primeros minutos de la segunda parte del encuentro, Carlos Sánchez tuvo una oportunidad clara tras una recuperación de sus compañeros antes de que los contrincantes pasaran la mitad de la cancha.

Bajo estas circunstancias, Nacional no encontró las facilidades de la primera mitad. Con la lesión de Alejandro Bernal, al minuto 37, Mejía quedó muy solo en esa zona del campo. Alejandro Guerra, remplazante de Bernal, no está acostumbrado a hacer coberturas como lo hace su compañero y eso se evidenció. Los visitantes se hicieron de la pelota y desnudaron las deficiencias defensivas de los verdolagas. Pisculichi estaba siendo incisivo por su pegada. Primero con un cobro tiro libre bien atajado por Franco Armani, luego con un remate de media distancia que no pudo detener su compatriota y que, por consiguiente, terminó siendo el 1-1.

Teófilo Gutiérrez, con sus movimientos, fue un dolor de cabeza para los defensas rivales

De ahí en adelante, el encuentro se abrió un poco. River dominó y estuvo a punto de anotar el 1-2. Sin embargo, Nacional se acercó en un par de ocasiones con peligro al arco de Barovero cuando Farid Díaz, que con la entrada de Sebastián Pérez se tiró a la izquierda, se proyectó y mandó centros que buscaron la cabeza de Luis Carlos Ruiz.

Al final, verdolagas y riverplatenses dividieron honores en una final muy entretenida. La llave sigue abierta y en el Monumental, el miércoles 10 de diciembre, la Copa Sudamericana tendrá un nuevo campeón.