La delgada línea azul

Clasificó el Cali mediante los tiros desde el punto penal, pero su producción ofensiva bien debió haberle valido para acceder a la Final en los 90 minutos reglamentarios. Fueron superiores durante casi todo el transcurso del juego y generaron suficiente como para haber ganando con comodidad. No lo hicieron porque Luis Delgado estuvo estupendo bajo palos y porque sus delanteros estuvieron poco precisos en situaciones en las que el gol debía ser insalvable.

Cali fue mejor que Millonarios y pudo golear

Millonarios no jugó mal. De hecho, sostuvo bien el principal foco de ataque del Cali durante todo el encuentro. El Cali no desbordó a Millonarios con su fútbol habitual a pesar de que, a priori, el equipo azul es una víctima perfecta para sus principales virtudes. Eso es de aplaudir. El Cali suele utilizar su banda derecha para desordenar y lanzar sus ataques, apoyándose en el triunvirato que forman Palacios, Candelo y Preciado. Lunari decidió invertir en Cadavid como lateral por esa zona y en ayudas constates de su trío de mediocampistas, que se volcaba descaradamente a su lado izquierdo, dejando el otro sector del campo muy desprotegido, hecho que ayudó a que Andrés Roa firmara una actuación formidable. El resultado fue que Candelo nunca pudo sumar en campo contrario, que Palacios casi nunca se proyectó y que Preciado entró poco en el juego medio. Millonarios sujetó bien y obligó al Cali a jugar un fútbol hiper directo, con Candelo lanzando casi desde la posición de lateral derecho. Y ahí ganaron el partido. La línea defensiva azul estuvo esperpéntico, perdieron prácticamente todos los duelos aéreos con unos voluntariosos Casierra y Preciado, cargando especialmente contra Gabriel Díaz. El Cali así trazaba sus ataques y como Roa estaba siempre libre, ganaba muchas segundas jugadas y podía crear peligro. Como consecuencia, el Cali provocó un montón de situaciones de gol y exigieron a Delgado de todas las formas posibles.

La tendencia se mantuvo hasta la entrada de Mayer Candelo. Con él en el campo, Millonarios logró hilvanar varias jugadas en campo rival, sostuvo el balón, hizo correr al Cali y se metió en el partido. El cuadro azucarero sufrió por su exceso de intensidad sin recompensa en los primeros sesenta minutos y entregó el control del juego a Millonarios, esperando meter algún contraataque. En ese escenario emergió también un muy activo Maxi Nuñez, quien tuvo en sus botas las últimas acciones peligrosas del partido. Al final se impuso el Cali en los penaltis y es justo finalista.

Choque de sinergias

Ayer El Campín presenció un duelo a la altura de las circunstancias como hace mucho no sucedía, en todo el sentido de la expresión. Millonarios y el Deportivo Cali atravesaron, cada uno por pasajes, estados de máxima tensión competitiva, reflejada en la intensidad del movimiento de sus futbolistas. Del lado embajador, Fernando Uribe y Mayer Candelo llevaron la bandera. Los azucareros, por su parte, vivieron y sobrevivieron a lomos de un Andrés Pérez imperial. Todo un envite de semifinales que no defraudó a nadie.

Para esta ida de la eliminatoria, Lunari alineó a los de siempre excepto por Machado y Agudelo, quienes fueron reemplazados por Mosquera y Tello respectivamente. El Pecoso Castro, mientras tanto, envió al campo su línea defensiva habitual, más un centro del campo conformado por Andrés Pérez de mediocentro, Kevin Balanta y Yerson Candelo de interiores, y Andrés Felipe Roa de mediapunta. Arriba estuvieron Murillo y Preciado. Ambos técnicos dibujaron su 4-4-2 en rombo del día a día. Las bajas más sonadas en ambos equipos eran Jonathan Agudelo y Rafael Santos Borré, ya que sus ausencias restaban cosas parecidas a sus respectivos conjuntos: profundidad cimentada en buenos movimientos por delante de la pelota.

Millonarios hizo muy ancho el campo al inicio

El partido comenzó marcado por la presión adelantada del Cali, de la cual Millonarios escapaba a través de la amplitud de sus laterales e interiores para poder generar espacio por dentro. El equipo visitante no llegaba a los costados, y los locales lograban sacar muchos centros, sobre todo por el flanco de Frank Fabra. En el área esperaba nada menos que el goleador absoluto de la Liga. El desarrollo pintaba más azul, pero ello no se reflejó rápido en el electrónico, sobre todo, por el poco acierto de Edier Tello en los toques definitivos hasta su pase flotado para Uribe, que terminó en penalti, expulsión de Nasuti y 1-0. Tres minutos después llegó el empate, producto de un descuido del centro del campo de Millonarios y un gran envío de Andrés Pérez, quien ya comenzaba a avisar.

Fernando Castro, luego de quedarse con un hombre menos, ajustó enviando a Helibelton Palacios al eje de la zaga y situando a Yerson Candelo como lateral derecho, posición que hasta hace poco era toda suya en el Cali de Leonel Álvarez. Andrés Felipe Roa se paró de interior, y así estuvo el Cali buena parte del juego, con un 4-3-2. La conexión entre el centro del campo y la delantera, por lo menos con pases cortos, fue casi inexistente.

Andrés Pérez: 10 recuperaciones, 3/3 entradas, 4 intercepciones, 87% pases

Habría que ver si en la segunda parte Ricardo Lunari, al ver de la superioridad numérica, decidía mover ficha para acentuar el dominio de su equipo con la pelota a sabiendas de que el Cali replegaría cerca de su portero. Sin embargo, el técnico argentino no tocó nada para el inicio del período complementario. Ese fue el pasaje de más comodidad para los visitantes. Millonarios controlaba la pelota pero no creaba peligro. Esto se puede explicar porque la capacidad de desborde individual de los centrocampistas azules es poca y Federico Insúa no es de activar muchas cosas de forma constante a través de sus pases. El Cali se adelantó en el marcador con un golazo de Pérez y transmitió más peligro que nunca en el partido. Lunari quiso cuidarse, pidió sosiego, pero lo que pasó fue que los suyos bajaron la intensidad y sólo el 1-2 los despertó de un corto pero fatal letargo. Uribe, hoy por hoy la gran figura ofensiva del torneo gracias a sus movimientos incesantes, contestó con un testarazo espectacular a los pocos minutos tras uno de los muchos desmarques de ruptura más centros que ejecutó sin parar Maxi Núñez tras su entrada. 2-2.

Empezó entonces la exhibición de Mayer Candelo. Se movió por todas partes con la pelota, y con él se movía Millonarios. Como si él fuese un imán y los demás jugadores de Millonarios piezas de metal. El Pecoso resolvió empotrarse en su parcela de campo con un 4-4-1 y firmar el 2-2. Y casi lo logra, pero el ‘10’ ex-Cali la colgó del ángulo a falta de dos minutos bajo la delgada y molesta lluvia que ya caía en Bogotá. El domingo, en el Palmaseca, se jugará la vuelta y se conocerá al finalista. Partidazo.

Tirar los papeles

Millonarios continúa su curva ascendente. Las sensaciones no menguan para los embajadores ni siquiera tras perder en Envigado luego de un partido en el que se le vieron las costuras a todo el equipo en defensa posicional. La inercia de los de Lunari parece inquebrantable justo cuando los resultados son más determinantes. El conjunto azul llega a la fase definitva del torneo en un estado de forma pletórico en cuanto a lo físico y lo anímico. Cada futbolista de la plantilla parece disfrutar sudando a borbotones, luego de corridas brutales y cierres in-extremis. Todo les sale dentro de sus posibilidades, y eso sólo optimiza la psique de los jugadores.

En ese sentido, el Envigado, que ha demostrado ser un equipo notable a lo largo del torneo, terminó perdiendo la eliminatoria contra Millonarios por una diferencia de tres goles. Y no es que no haya salido a no reventarse, a no jugar. Nada más alejado de la realidad. Lo que pasó fue que se encontró con un grupo que se está explotando al máximo, comandado por futbolistas que se sienten satisfechos consigo mismos al quedarse sin aliento. Por ello, a pesar de que la superioridad técnica de los mediapuntas naranjas -González, Méndez y Burbano- sobre los centrocampistas azules fuera tan marcada, Vikonis encajó menos goles que su homónimo envigadeño. El fútbol de Millonarios, en el papel, está lejos de ser perfecto. Pero Lunari ha optado por romper la mayoría de los papeles y dar paso al sentimiento, porque esto en buena parte también consta de ello.

Intelecto revulsivo

Minutos finales. Se agota el tiempo. Hay caídos. La pelota entra en una dinámica de ida y vuelta, dejando víctimas en su andar. La pelota deja de ser sumisa y pasa a someter. La pelota sofoca. Pocos se salvan. El aliento va escaseando, las piernas no dan respuesta, el juicio se ahoga en sudor. En momentos de la dictadura del balón, la mayoría de entrenadores opta por un par de piernas raudas y frescas. Éste es el caso de Ricardo Lunari. Pero su voto es por la velocidad inmaterial: la velocidad del intelecto. En momentos de la dictadura del balón, Mayer Candelo es su reconquista.

La noche de fútbol en El Campín presentaba a un Millonarios cargado de confianza. No es para menos: venía de clasificarse gracias a sus 7 pomposos puntos ante Nacional, Medellín y Santa Fe. La progresión de su juego, que data de mitad de temporada, continúa en ascenso. La misma progresión que sería puesta a prueba ante Envigado, no tanto por el rival, sino por las ausencias en la posición de mediocentro. Sin poder alinear a Villareal o Vargas, Lunari se decidió por Rafael Robayo.

La agresividad del Robayo pasador contrastó con su posicionamiento defensivo

Robayo no termina de convencer a la hora de sostener al equipo. Que va a por todos los balones, sí: va y llega. El problema es a la hora de tirar el zarpazo: a veces se apresura y pierde la posición. Millonarios pudo estar expuesto, de no ser porque enfrentaba a un Envigado poco convencido de atacar. La verdadera preocupación sobre la posición de Robayo estaba en perder al jugador más activo por delante del balón. Respecto a esto, Javier Reina supo ofrecer certezas con sus buenos movimientos entre líneas.

Para el segundo tiempo, Javier Reina se fue de más a menos. Está claro que la sociedad entre Insúa y él no termina de engranar. El uno no brilla sin opacar al otro. Esta vez, el condenado a la discreción fue Reina, lo que daría paso al ingreso de Kevin Rendón. Pero el verdadero as bajo la manga de Ricardo Lunari estaba reservado para el tramo final de juego. Con un Envigado obsoleto, entregado al desequilibrio de Yony González, Lunari ordenó su canje sagrado: Mayer Candelo ingresa a la cancha por Federico Insúa.

Candelo entró para hacer lo que mejor sabe: controlar. Si había dudas del dominio de Millonarios, el 10 las rebatió desde el primer toque. El balón iba rápido porque así lo quería Candelo. Y rápido llegó la goleada, tan rápida como las sinapsis de Mayer. Lunari tiene un revulsivo; un intelecto revulsivo.

Un cupón millonario

Millonarios se clasificó a los playoffs con estruendo. Contra Santa Fe y la mayoría del Campín pintado de rojo, el equipo embajador demostró que está en su pico de forma desde que llegó Lunari. Luego de una tanda de encuentros que no se antojaba nada sencilla -Nacional, Medellín y Santa Fe-, el conjunto azul obtuvo siete de nueve puntos posibles, marcó seis goles y recibió dos, y, sobre todo, las sensaciones fueron siempre positivas. En lo futbolístico no tanto como en lo anímico. Y el responsable directo de esto último, y de que la ilusión del hincha esté a tope es Rafael Robayo (Bogotá, 1984), la clave de este equipo.

Robayo no contaba como titular al inicio del curso

Rafael no comenzó este semestre en la formación titular de su técnico. Ni siquiera era un revulsivo constante. De hecho, hasta mediados de marzo había tenido muy poca continuidad. Pero precisamente el 15 de ese mes, Fabián Vargas se lesionó durante el primer Clásico capitalino de este curso. En ese momento Robayo saltó al césped para sustituirlo, y al final del partido su nombre estaba en boca de muchos por su brutal derroche de energía. A partir de ese argumento, su energía, el ‘8’ no volvería a salir de la cancha. Hoy es la pieza imprescindible del once.

Y lo es porque le ofrece a su míster la posibilidad de legitimar su propuesta. La magnitud del bogotano es tanta que le permite a Lunari hacer cosas que no son normales en clave Liga Águila. El técnico argentino inició el semestre con un centro del campo conformado por Vargas e Insúa en el eje vertical, y David Macallister Silva y Javier Reina en el horizontal. Una propuesta muy arriesgada que evidenciaba su principal defecto al momento de la transición defensiva. Millonarios sufría contra cualquiera para frenar contragolpes. En parte era porque quienes conformaban el medio no sentían como algo suyo el esfuerzo de correr hacia atrás ni tampoco de presionar desfondados hacia adelante, y también porque no atacaba de una manera que le dejara bien parado al momento de la pérdida. Sus delanteros no se movían de forma óptima y Reina e Insúa se pisaban en la zona favorita de ambos: la mediapunta. Era un puzzle complicado.

La solución entonces, casi sin querer, fue Rafael Robayo. Con su sola presencia compensaba el déficit de intensidad y físico en el centro del campo, tanto en ataque como en defensa, y le quitaba al Pocho un intruso de su parcela. Y no menos importante: sumaba corazón. El cariño entre Robayo y la hinchada es de lo más recíproco que puede haber. Por ese lado no hay punto negativo. El movimiento era un win-win incontestable. Y así lo demostró él mismo. Robayo aportó equilibrio a un equipo que parecía una balanza con un ladrillo de un lado y una pluma del otro.

Rafael es para su equipo un as del movimiento

Entonces, a día de hoy, un poco más en detalle, ¿qué futbolista es Rafael Robayo con 31 años? La respuesta es sencilla: un centrocampista que es capaz de dominar las canchas de Colombia por su físico imponente y su brutal activación mental. Hace del movimiento su virtud primaria. Tiene mucha presencia a lo largo de los 90 minutos.

El capitán de Millonarios, en ataque organizado, es una fuente inagotable sin la pelota. Lo primero que hace es dibujar líneas de pase sin parar. Muchas en dirección diagonal para permitir a su equipo subir la altura del ataque, y unas cuantas menos entre líneas para desorganizar el mediocampo rival. Algunas veces puede incluso tirar un desmarque de ruptura si es necesario. También se le puede ver detrás de la pelota cuando el lateral de su flanco la tiene más arriba que él. Encontrar a Robayo no es difícil porque él se la pone fácil a sus compañeros. Luego de que recibe espera a que un rival salga a presionarlo, y suelta la pelota. Da continuidad a la circulación de balón, en corto o en largo. Con el esférico en los pies, poco más en esta fase del juego.

Y cuando Millonarios la pierde, ¿cómo queda Rafael? Eso depende de dónde esté. Si decidió quedarse atrás, tiraniza el rebote como contra Nacional hace tres semanas. Su lectura de posicionamiento es aceptable, y si está un poco lejos, bien llega corriendo a toda potencia para cazar los balones divididos. Si su equipo la pierde y él estaba muy arriba, como por ejemplo en el área rival, no escatima en esfuerzos y se dispara hacia atrás para defender.

En otros contextos notarían sus defectos

En cuanto a defensa organizada, lo que se pueda decir de Robayo no hace parte de lo que se vea hoy poR hoy en los partidos de Millonarios, ya que esta es la fase que menos frecuenta la escuadra azul. Si Robayo hiciese parte de un doble pivote en un equipo de repliegue, se le verían las costuras. Perdería la referencia a su espalda por salir a la presión, y su poca capacidad técnica al momento de pasar el cuero le penalizaría bajo presión. Eso por citar algunos problemas que tendría en ese contexto. Pero el plan del que hace parte ahora mismo le potencia, le beneficia. Y él a sus compañeros.

En transición ofensiva, la presencia de este futbolista se limita al inicio y al final. Su primer pase para montar un contragolpe es sobresaliente. Luego su capacidad para terminar los mismos contraataques que empezó es impresionante, como contra Santa Fe. Acompaña y mata.

Sus últimas tres actuaciones son el resumen de cómo está su equipo. Pletórico en lo anímico, y bien en lo futbolístico. Robayo ha saldado sus últimos dos partidos con gol y asistencia en cada uno, más un sinfín de corridas emocionantes. A muy poco de que inicien los playoffs de esta Liga Águila, Lunari ha logrado reclamar su cupón millonario. Le sentará bien para lo que viene. Que será duro.

Robayo a la carrera

M illonarios e Independiente Medellín protagonizaron un partido de fútbol durante 45 minutos. Se fueron a los vestuarios, y quince minutos después, del túnel salieron 22 hombres a correr en medio del caos. Un caos en el que Rafael Robayo, por sus condiciones físicas y mentales, fue la figura de la noche, al clamor de un Campín a reventar, de 30 mil personas que corearon su nombre al unísono.

El arranque fue muy azul. Lunari envió al campo a los once que iniciaron hace una semana contra Nacional en el mismo escenario. Mientras tanto, el técnico interino del Medellín, Javier Álvarez, dispuso un 4-3-2-1 con las novedades de Vladimir Marín como interior izquierdo, y de un intercambio constante de posiciones entre Caicedo, Marrugo y Hechalar, quienes ocuparon zonas muy centradas del campo.

El DIM le facilitó a Millonarios la salida de balón

Esto tuvo una consecuencia directa: ninguno de los tres delanteros perseguía a los laterales de Millonarios, libres para recibir más arriba y llamar la atención de los interiores rojos. Si Déiver Machado recibía a la altura de Restrepo, este último salía a encararlo, y en ese instante el lateral embajador tocaba hacia Robayo, quien tenía la ventaja por dentro. Lo mismo ocurría en el otro flanco con Ochoa y Silva.

La orden de Lunari fue hacer muy ancho el campo. Millonarios cargaba un sector y cambiaba la orientación de la jugada. Al DIM le resultaba muy difícil llegar a los costados. La otra circunstancia que propició el dominio local fue la de que Fabián Vargas jugó libre en salida. Increíblemente ninguno de los tres delanteros intentó presionarlo para entorpecer el inicio de la jugada. Así dominó los primeros 25’, tiempo en el que pudo hacer dos o tres goles más.

Hechalar estuvo muy impreciso técnicamente

El Medellín, dubitativo hasta la media hora, cambió su actitud sobre el terreno y replegó un poco. La intención, entonces sí, era dejar iniciar el juego a Román y a Cadavid más Vargas y atar a los receptores adelantados. A esto se sumó que Ochoa y Machado bajaron un escalón, y ahí el choque se puso más para los visitantes. El poderoso pudo robar con más facilidad y transitar hacia Vikonis en ventaja numérica. Sólo la poca precisión de Hechalar evitó el empate antes del descanso. Vladimir Marín puso sentido a la tenencia de los suyos cada vez que tocó la pelota en ese tramo del envite.

Los visitantes acentuaron su plan al volver del entretiempo. Millonarios, que careció de velocidad para girar al Medellín a través de la circulación como lo hizo en la primera parte, chocó un sinfín de veces con el muro plantado por Álvarez, tantas como para desconectar mentalmente. Pero apareció Rafael Robayo. El bogotano ocupó tanto espacio como sus piernas y sus pulmones le permitieron -lo cual es mucho-, y ganó cada balón dividido y cada segunda jugada. El cuadro embajador mantuvo la calma a lomos de su número 8 más Máyer Candelo. El caleño siempre produce más por sí mismo que Federico Insúa. Entró y se acercó a Fabián para dirigir la posesión desde la base, lo que le dio más poso a los azules.

A los 72’, el Medellín pasó a 4-4-2. Salió Caicedo por La Goma Hernández, quien se colocó como volante por derecha. En punta quedaron Hechalar y Marrugo. Esto difuminó más las posibilidades de contragolpe del rojo, encerrado en su propio campo por Robayo, el mismo que a falta de seis minutos pisó área rival, saltó y le bajó el balón con la testa a Maxi Núñez, quien puso el 2-1 en el electrónico. El 3-1, en tiempo de descuento, fue la guinda perfecta para su inmenso partido. En una semana, Santa Fe se medirá contra los de Lunari. Millonarios llega en curva ascendente a la puerta de los playoffs, y eso con Robayo se nota.

El azul ya tiene bailarín

Hace ya casi nueve meses, en la primera noche de la era Lunari, a Millonarios le hizo falta un bailarín contra Santa Fe. Extrañó a un delantero capaz de moverse sin parar para otorgar ventajas a sus centrocampistas. Ese día el choque terminó con un marcador abultado para los rojos y se recordó más que nunca a Dayro Moreno, quien había volado hace poco a México. Ayer, en el Clásico, el equipo embajador dominó un partido como pocas veces durante este proyecto, nada menos que ante el Nacional de Juan Carlos Osorio. Y lo sorprendente es que dicho control estuvo cimentado en la movilidad incesante de Jonathan Agudelo, quien contagió por inercia a Fernando Uribe para activar zonas muertas e incomodar a la defensa del verde. Así el local pudo incluso haber goleado.

Nacional y Millonarios querían la pelota

El enfrentamiento tuvo varias fases. La primera, del 1’ al 30’, estuvo marcada por la intención de ambos conjuntos para tener la pelota. La posesión fue dividida y el partido estuvo en tierra de nadie, aunque Millonarios, por la misma energía de sus delanteros, y porque en general salió a jugar con más intensidad, transmitía más peligro al contragolpe. Valencia y Escobar, los extremos en el 4-2-3-1 de Nacional, estuvieron muy poco precisos técnicamente, y, por lo tanto, los de Osorio no generaban espacio por dentro para Yulián Mejía y Sebastián Pérez. La salida de balón de los visitantes tampoco era clara, y los delanteros de Millonarios la lograban ensuciar aún más gracias a una presión bien ejecutada. Silva y Robayo, los interiores de Millonarios, vieron facilitada su tarea sin la pelota, pues para recuperarla no debían correr muchos metros.

Cuando Nacional perdía el esférico, Millonarios buscaba la espalda de Henríquez y Peralta. En esas lides, Uribe y, sobre todo, Agudelo estuvieron de cine. Chocaron, ganaron juego directo, pivotearon bien de espaldas, tiraron desmarques de ruptura muy agresivos y desmarques de apoyo útiles hacia las bandas. Cerca de la media hora de juego, los de Lunari comenzaron a mover el cuero a placer.

Fabián Vargas sobre el trabajo de los delanteros

Millonarios jugaba bien desde atrás

Desde ese momento hasta el final del primer tiempo, Camilo Vargas demostró con creces por qué es futbolista de Selección Colombia por si a alguien le quedaban dudas. Millonarios lograba hilvanar la jugada desde atrás con Fabián Vargas metido entre los centrales para luego filtrar hacia Insúa, Robayo o Silva. Más adelante, Déiver Machado se ofrecía por la izquierda, y giraba la vista de Nacional hacia su flanco. Ahí él tocaba con ventaja y aparecía el peligro. El rebote también pertenecía al cuadro local: Rafael Robayo, de gran partido, tiranizó la segunda jugada a partir de su gran físico y un posicionamiento notable. El ataque embajador continuaba gracias a Rafael y a Fabián.

Fabián Vargas sobre la fluidez de juego de Millonarios

Rafael Robayo acerca de su rol en el encuentro

El partido llegó 0-0 al descanso, y Osorio se vio obligado a recomponer su esquema para parar la sangría y para compensar la lesión de Alexis Henríquez. Por este último entró a la cancha Gilberto García. Nacional pasó a cerrar con 5 atrás, más Pérez y Palomino en el doble pivote: un 5-2-1-2. La actitud que adoptó el equipo paisa fue definitivamente más reactiva. La respuesta de Millonarios en los primeros minutos de la segunda parte fue soltar aún más a Machado, pues Escobar, casi en punta con Velázquez, no iba a seguirlo hasta línea de fondo. Así los azules exigieron un paradón a Camilo Vargas y se toparon con el poste en esa misma jugada.

Juan David Valencia sobre el cambio táctico de Nacional

A Nacional le costó varios minutos asentarse sobre el terreno, pero cuando lo hizo, la balanza se igualó un poco. Juan David Valencia y Alcatraz García ayudaban a su defensa y a su mediocampo a cerrar por dentro, por lo que el juego interior de Millonarios encontró más dificultades para fluir. Además, las sustituciones de Duque por Velázquez y Ruiz por Escobar dieron a los de Osorio más opciones de salir en largo por la fuerza y la velocidad de ambos delanteros. Yulián Mejía se encontró más cómodo en esa situación, ya que tomaba la pelota de cara y podía enviar más pases filtrados.

El encuentro pereció cuando a ninguno de los dos les quedaba aire. Terminó 0-0, y a Millonarios le quedó la espina de no haber marcado en un partido que dominó de manera incontestable durante muchos minutos. Nacional, sin algunos de sus jugadores más importantes como Guerra, Copete, Bernal o Berrío, se va con una conclusión que no es nueva para ellos: tener que mejorar los mecanismos de circulación de pelota para imponer sus condiciones, pues de otra forma casi siempre está en desventaja. A falta de un par de fechas, ninguno de los dos tiene asegurada su presencia en los playoffs. Se vienen sólo finales para albiazules y verdolagas.

El ancho del verde

Millonarios y Nacional chocarán en El Campín por la fecha 18 de la Liga Águila 2015-I. A punto de terminar la fase regular, ambos equipos todavía no han asegurado su clasificación a los playoffs del torneo, y, por lo tanto, ninguno de los dos contempla algo que no sea la victoria. A priori, la ventaja, en el apartado del análisis, corresponde ligeramente a los de Osorio por diferentes factores, a pesar de la localía azul.

Nacional basa su superioridad en el ritmo y la amplitud

El primer punto a favor que tienen los paisas es el ritmo. El conjunto verdolaga le imprime a los partidos un ritmo que los demás participantes de la liga colombiana no pueden reproducir, y en ocasiones, ni seguir. A través de eso sacan ventaja en el transcurso de los encuentros. A esto hay que sumarle que Millonarios es un combinado de ritmo muy bajo. Mientras que Nacional está preparado para afrontar circunstancias en las que sucedan, por poner un ejemplo, cinco cosas cada quince segundos, el cuadro embajador puede lidiar con tres en la misma fracción de tiempo.

El segundo foco de superioridad del que goza Osorio por estructura y sistema, el cual puede ser la clave mañana, es que su equipo, al ser muy amplio con balón, obligará a los interiores de Millonarios a ir hacia la banda, más concretamente hacia quienes jueguen de extremos para el conjunto de Medellín, y desnudarán el centro, donde quedará emparejado Sergio Villarreal con, probablemente, Yulián Mejía. Sin embargo, si hay un centrocampista con la capacidad física para cubrir muchos metros sin la pelota ese es Rafael Robayo. Lo que él haga será clave para que los suyos no sufran en demasía.

Las ventajas que Nacional produzca con la pelota en ataque dependerán de manera directa del acierto posicional y técnico de sus hombres de banda, y de lo que puedan generar por sí mismos Luis Carlos Ruiz, uno de los mejores delanteros de Sudamérica hoy por hoy, y Yulián Mejía, a quien le queda el mismo calificativo, pero ajustado a su posición natural.

Lunari puede presionar arriba y sacar premio

Lo que Lunari puede hacer para obtener réditos es algo que ha venido trabajando con sus pupilos desde que está en el banquillo del Campín: presionar bien arriba la salida rival. Uribe y Agudelo pueden buscar a los centrales o a los pivotes verdes y cazar alguna pelota para transitar rápido hacia portería. Si Nacional, que adolece de una salida limpia desde que Stefan Medina se marchó, quiere saltarse un escalón en salida y enviar la pelota hacia Ruiz, Millonarios tendrá a Robayo y a Silva para quedarse la segunda jugada. Ahí habrá tela para cortar.

En cuanto a duelos individuales, se antoja interesante ver a los delanteros de Millonarios corriendo contra los centrales de Nacional, los cuales, a excepción de Murillo, no son veloces. Habrá que observar cómo intentará tapar Osorio las recepciones entre líneas de Insúa, que si bien no son muchas por partido, pueden ser muy dañinas, y, al mismo tiempo, cómo Lunari intenta no desangrarse contra los pases teledirigidos de Yulián Mejía.

El marco del enfrentamiento es emocionante: uno de los duelos más pasionales del país en los últimos 25 años, ad portas del inicio de la siguiente etapa liguera; 27 puntos para el local y 29 para el visitante; sin garantías de clasificación, y con un estadio a reventar. El envite promete.

Ofensivas discontínuas

No es normal que luego de un Clásico que enfrentó a un Santa Fe partícipe de Copa Libertadores contra su rival de patio, nada menos que un histórico como Millonarios, quede tan, tan poco para el análisis. El nivel fue, sencillamente, muy bajo, casi llegando a pobre. Tampoco es normal que el resultado fuese 0-0 entre tantas imprecisiones producidas por la alta intensidad -que no ritmo- que le imprimieron ambos conjuntos. Los de Costas y Lunari saltaron al césped del Campín a intentar ganar el partido sin poner un poco de sentido a su fútbol. La precaución de parte de ambos fue tanta que la lógica que pide este deporte para puntuar terminó anulada.

Las cadenas de pases que superaron los diez toques se pueden contar con los dedos de las manos. La precipitación negativa fue una constante de la que nadie intentó escapar, en la que lucieron Machado y Reina del lado embajador, y Páez y Torres del lado cardenal. Hubo ocasiones de gol, sí, pero estas eran ajenas al (poco) fútbol que exhibieron las escuadras de la capital. Armando Vargas se quedó en la nada.  No aportó con sus características algo que hiciera que los hinchas rojos no extrañaran el golpeo sagrado de su 10 para contragolpear. Federico Insúa continuó inmerso en su levedad hasta que se rompió, y Fabián Vargas se mostró más lento que siempre antes de irse en camilla. La entrada de Robayo y su derroche de energía, y el desequilibrio que provocó Reina fueron los pocos motivos que tuvieron los azules para alegrarse. Para los rojos estuvo Daniel Torres, cuyo desempeño en este semestre amerita todos los elogios. Si lo de ayer llega a reiterarse, la situación será, por lo menos, preocupante para cualquiera de los dos.

Javier Reina en el embudo

Javier Reina es un buen jugador, pero su equipo no le deja ser importante. Que es buen jugador queda claro en al menos una intervención suya por partido. Es bueno porque le basta con un pase o una acelerada para darle un vuelco de rapidez al partido. Es bueno porque sacude a su antojo al rival. Es bueno porque es la única muestra de agresividad en los momentos más ingrávidos de Millonarios.

Así las cosas, resulta contradictorio que el cambio de ritmo de Reina no sea protagónico entre la parsimonia del Millonarios actual. Pero esa es la verdad: a Javier Reina no le bastan sus características para cobrar importancia. El problema es que el diseño táctico de Ricardo Lunari todavía no le delega importancia a su oficio.

Las diagonales de Reina chocan con el perfil ultra determinado de Insúa

La condición necesaria para que Javier Reina exponga su mejor fútbol es una sola: mantener libre la zona central. Sus diagonales tienden al interior y allí se torna peligroso. No es el caso en lo que va de temporada, pues sus diagonales colisionan con la humanidad del mismo Federico Insúa. Insúa se rehúsa a abandonar el eje central; Reina se encapricha con culminar sus diagonales allí. Ninguno cede. Millonarios resulta atorado en el embudo del desentendimiento entre Insúa y Reina. Los laterales sin salida condenan el atollo a lo inevitable. El embudo apresura las decisiones por desespero y los escenarios poco ideales, como Uribe cayendo a la banda para estirar la cancha. El embudo, Lunari, el embudo.