James blanco

Los clubes grandes de Europa son conglomerados superprofesionales que tienden a cuidar el más mínimo detalle y que desde la década pasada han formado una red de scouting global para controlar al máximo el mercado de fichajes. Para 2007, sería lógico pensar que ya todos los mejores clubes del viejo continente poseían en sus carpetas un archivo con el nombre de James Rodríguez

Monólogo inconcluso

Primer acto: ¿Por qué el Real Madrid no recuperó la pelota tanto como debió haberlo hecho si presionaba con intensidad y cerca de la portería del Barcelona? Primera razón: por matemática. La secuencia llegaba a ser de 6 jugadores del Barça contra 4 del Real Madrid que, además, se rompían las piernas presionando de forma desorganizada. No alcanzaban sus futbolistas en ataque para el despliegue azulgrana en el inicio de la jugada. Claro, es que presionar arriba al Barcelona es especial, porque hay que tener en cuenta al portero. Claudio Bravo es muy seguro y preciso con el balón en los pies y cuenta como un efectivo más del andamiaje. El equipo de Benítez cometía el error de presionarlo sin obturar la dirección del pase del chileno y esto, aparte de liberar o a alguno de los dos centrales o a Busquets, le permitía cómodamente seguir jugando. La presión alta debe tener al menos uno de estos dos resultados: recuperación de la pelota en el inicio de la jugada del rival, y en caso de que esto no se produzca, hacer que el contrario juegue la pelota hacia donde yo quiero que la juegue. La segunda razón es que el Madrid se quedó a mitad de camino: lo primero lo hizo pocas veces y lo segundo nunca. Un detalle que cambia radicalmente la presión en campo rival: quien se arriesga a abandonar a su marca para presionar más arriba, lo deberá hacer de manera tal que obligue a quien tiene la pelota a usar una dirección de pase determinada, donde habrá alguien esperando una posible interceptación. Pues bien, Gareth Bale, encargado de presionar la zona central de la salida del Barça, abandonaba a Mascherano para buscar a Bravo, por consiguiente, regalaba el espacio a su espalda. El equipo culé se sintió ahogado realmente muy pocas veces.

Benítez cambió, su alineación atendió la intención del madridismo que quería devorarse a su rival desde el primer minuto. Por tanto, mostró su fase más ofensiva con un 4-2-3-1 en el que los dos mediocampistas eran Luka Modrič y Toni Kroos, por delante y en la izquierda Cristiano Ronaldo, Gareth Bale en el centro, James en la banda derecha y Karim Benzema de delantero centro. Así estaba dispuesto el libreto. James, de ese modo, era uno de los encargados de la presión altísima. Su zona tenía que ser la izquierda de la salida del balón visitante, la de Jordi Alba y Mascherano. Si, uno contra dos. La matemática. En ataque posicional, lo que el entrenador madrileño dispuso para el cucuteño, suponía que Danilo fijara la banda. Esto en consecuencia le daría al diez libertad por el centro del ataque para aprovechar la calidad del pase de los dos centrocampistas y así recibir entre líneas a la espalda de Iniesta, el mediocampista con menor rigor defensivo. Una vez allí, el colombiano teóricamente iba a contar con Bale en el centro para descargar y con Benzema para crear ocasiones de gol.

Los momentos de posesión blanca en campo de los de Iniesta y compañía tuvieron a James como protagonista, en realidad como único actor principal involucrado mientras el elenco de estrellas miraba el monólogo esforzado y rebelde. El volante cafetero, inquieto, apoyaba, descargaba y rompía hacia adelante para generar espacios entre líneas que después nadie ocupaba, de modo que los volantes blancos se quedaban sin opciones de pase con hasta 4 compañeros lejos del balón y en la misma altura. El Barcelona no estaba dando tiempo para ejecutar posesiones largas que dieran lugar a un ajuste del libreto porque una vez olfateaba la duda, una vez olía la sangre en la medular merengue, mordía hasta el hueso para interceptar la posesión con sorprendente facilidad. A causa de esto, el Madrid empezó a saltar la línea media de creación y a lanzar balones largos con el objetivo de ganar metros. Cuando los delanteros Bale o Benzema lograron continuar con la posesión, James fue influyente dando continuidad y seguridad, mostrándose y recibiendo la pelota con algún segundo extra para jugar, lo que muestra su inteligente ocupación de espacios. El Madrid tuvo 35 minutos bastante competitivos para lo descompensado que estaba desde la alineación y la mala ejecución de su presión en campo rival.

El argumento de la obra llegó al conflicto: El Barça recargó el ataque por zonas. Por la izquierda Alba, Iniesta y Neymar, con Busquets en el medio, imprimían shots de electricidad para generar profundidad. Para descansar sobre las tablas utilizaba la zona derecha con Rakitic, Alves, Piqué y, de nuevo, Busquets. El Madrid necesitaba volver a su guion: el ritmo alto. Los azulgranas, entonces, desactivaban la basculación de la Casa Blanca imponiendo su juego. El balón y las líneas del equipo merengue iban de un lado a otro como el fuelle de un bandoneón. Con conducciones y toques de primera, el Barcelona estiró y encogió la posesión ante un Bernabéu impotente que veía que su equipo era incapaz de robar la pelota por periodos largos de tiempo. Tras el gol de Neymar Jr, el Real Madrid se desequilibró y destrozó por completo su libreto empezando a vivir los momentos más oscuros de la noche.

El inicio de la segunda parte arrancó con Modric y Kroos más pacientes y jugando a dos alturas. De esta manera crearon la ocasión bisagra de Marcelo y, junto con Bale, la que terminó con el disparo potente del diez bien detenido por Bravo. Un local más aplomado logró que la presión rindiera frutos en los primeros compases del segundo acto tras el discurso de Benítez en el vestuario y el agua fría en la cara. El partido de James se acabó con su sustitución diez minutos después. El partido del Real Madrid se fue con él.

Benítez en el espejo

Qué desastre fue el Real Madrid. En su casa, ante el Barcelona, quedó completamente expuesto. Enteramente superado. Para el cuadro merengue el momento es crítico, y no tanto por el resultado de un partido como por el hecho de que éste representa la culminación de un patrón fatídico. En el Real Madrid la desconfianza absoluta. Son dudas y poco más. Si bien la llegada de Rafa Benítez representó una incertidumbre extraordinaria desde el primer momento, la incógnita tan solo se ha exacerbado con la poca eficacia de sus alteraciones más atrevidas, y con los bajones de nivel individual. Quizá por lo mismo, el entrenador merengue renunció a lo que sabía podía ser su arma defensiva más importante ante el Barcelona, Casemiro, a favor de utilizar una alineación ‘made in Ancelotti’. Pero, por supuesto bajo un nivel sinérgico inferior al del equipo de Carletto, aquello no funcionó. Ni el mismo Benítez confía en Benítez, da la sensación; y de ahí viene gran parte del problema.

Benítez falló de partida con el planteamiento

Desde la antesala del encuentro, el espacio frente a los centrales del Madrid se preveía como, quizá, la zona más importante para el desarrollo del juego; y el partido así lo confirmó. Para Benítez, la neutralización de Suárez -siempre dañino y, a menudo, inalcanzable en sus desmarques y apoyos para Sergio Ramos, Pepe o Varane- debió haber sido una prioridad. Por aquello mismo, es casi inexplicable que el timonel haya planteado un sistema en el que Luka Modric quedaba prácticamente como único mediocentro. Ni el mismo Benítez se creyó lo de su 4-2-3-1. Apostó en vez por jalar a James (extremo en ataque) como interior para que, tras replegar, el equipo defendiera en una especie de 4-3-3. Sin embargo, el contexto acabó siendo una pesadilla para un Modric diminuto y desconcertado por los huecos a espaldas de Kroos. El desgaste del croata era espeluznante y se notaba a la hora de volver a comenzar. Pero más importante aún, éste era inútil. La basculación rápida del Barcelona inevitablemente acababa arrastrando a un par de interiores desorientados, de tal manera que Modric, mal posicionado y sin dotes físicos para recomponer, quedó desnudo un sinfín de veces ante la locura que puede llegar a ser Iniesta en un buen día. El resultado fue un festín de espacios y de carriles vacíos para que Sergi Roberto y Suárez le cementaran el camino a Andrés quien, vez tras vez, facturó. Danilo y Varane tampoco andaban finos, y eso no ayudó. Madrid, desde un comienzo, se desmoronó.

El Madrid de Carlo Ancelotti, en su último año, se identificó por la calidad de su ataque posicional. Sin ser descomunal en ese aspecto, aquel cuadro blanco logró convertirse en un artificio ofensivo casi infalible y capaz de hacer daño bajo cualquier ritmo, contexto o tipo de transición. Lo que aquello suponía para los rivales le permitió a Carletto salirse con las suyas muchas veces con experimentos arriesgadísimos en su mediocampo, minimizando las pérdidas de sus hombres, optimizando sus posicionamientos en el campo, y maximizando su nivel de moral. El equipo de Benítez, en cambio, no cuenta con lo mismo. Esta muy lejos, de hecho. Y es necesario que el entrenador se de cuenta inmediatamente si pretende tener alguna oportunidad de levantar cabeza y volver a comenzar.