La alargada sombra de Carlos Valderrama

El recambio ya había empezado en la Copa América de 1995, pero la presencia de Valderrama, Higuita, Álvarez, Rincón o Asprilla hacían que la selección siguiera pivotando sobre la misma base del fabuloso equipo de Francisco Maturana. ‘Bolillo’ Gómez, aunque mano derecha de ‘Pacho’, veía el fútbol de una manera diferente.

A un paso del ascenso

El Pascual Guerrero se vistió de gala para una noche especial. América y Bucaramanga definían su futuro en el cuadrangular A del Torneo Águila. El trabajo que ambos equipos habían realizado durante todo el año dependía, en gran parte, del resultado que tuviera el partido. Hervin Otero pitó y el encuentro comenzó.

Durante los primeros minutos, el encuentro estuvo muy cortado. Ninguno de los dos equipos logró hilvanar más de tres pases seguidos durante ese momento. Los únicos jugadores que estaban marcando diferencias eran Néider Morantes en América y Maicol Balanta en Bucaramanga. El primero desequilibró con sus pelotazos y sus pases precisos, él fue el único que desatoró por momentos el embudo que había en la mitad del campo. El segundo, cuando recibía el balón, corría y comenzaba a desequilibrar por la banda derecha. Sebastián Viáfara, lateral izquierdo escarlata, tuvo muchos problemas para contenerlo.

Farías y Del Valle pesaron poco en la primera mitad

Con el paso de los minutos, América comenzó a tener más el balón. Morantes, además de recibir y tocar, estaba corriendo por toda la cancha ofreciendo apoyos y desatorando el nudo que había en la zona central. A esto debemos sumarle que por la banda derecha aparecieron en algunas ocasiones Hernández y Del Valle para recibir y enviar el balón al área. El problema de esto fue que la defensa leoparda no cedió. Por otra parte, el Bucaramanga no necesitó de mucho para hacer aparecer a Carlos Bejarano, el portero de América. Los errores de la defensa caleña han sido una constante durante todo el año. El equipo rojo hace agua cuando lo atacan y los rivales se ven favorecidos.

En el segundo tiempo las cosas se complicaron aún más para el América de Cali. Bucaramanga cerró más los espacios e incomodó más a un equipo que dependía de un Néider que se fue diluyendo con el paso del tiempo. Mientras tanto, la visita aprovechó las pocas proyecciones ofensivas que realizó y Víctor Zapata provocó un penalti al minuto 57. César Amaya cobró y las ilusiones de los escarlatas se fueron ahogando con la lluvia que caía en el Pascual Guerrero.

Con este resultado, Bucaramanga igualaba en puntos al Real Cartagena y le quitaba la posición por haber quedado en una mejor posición durante la fase regular del torneo

Durante el resto de la segunda parte, el América se terminó de hundir en el infierno. Los cambios no le resultaron a Alberto Suárez. Ni Yesus Cabrera ni Jeison Lucumí marcaron diferencia alguna en el partido. Al final, faltando 13 minutos, algunos hinchas se metieron al terreno de juego e hicieron que el encuentro se suspendiera de manera parcial. Cuando el partido se reanudó, el América empujó con todo lo que tenía pero no le alcanzó.

El Bucaramanga ya está cerca del ascenso. Si le gana a Universitario de Popayán el jueves y si el América vence al Real Cartagena, el elenco leopardo logrará volver a primera división. Mientras que América ya no depende de sí mismo para volver a la A. En la próxima fecha podrían quedar definidos los dos equipos que jugarán en la máxima categoría el próximo año.

Daniel Cataño pausó

La noche en el Alfonso López prometía. Atlético Bucaramanga el local y América de Cali el visitante. Marco imponente. Lo que el fútbol pide y el partido merecía. Se anhelaba el pitido inicial. Y ambos protagonistas acabaron con todo. Era de suponer: se juegan la vida en 540 minutos. Literal.

En la primera mitad, mientras América resistía el ritmo del Bucaramanga y Daniel Cataño la tocaba muy poco, lo más destacable fue la zurda de Víctor Zapata. Esa que siempre decide partidos. Tres disparos al arco defendido por Carlos Bejarano fue la principal arma para desbalancear. No surgía mucho más. Posiblemente los controles exquisitos de Néider Morantes en un césped de piso y la creatividad por fuera del lateral Jair Palacios.

Daniel Cataño decidió el transcurrir del juego

Para la parte complementaria pasaron más cosas. Bucaramanga como América dejaron jugar más debido a que Carlos Giraldo, Luis Sierra, Amílcar Henríquez y Cristian Restrepo, los cuatro mediocentros, tenían amarilla, así que el juego tomó cierta fluidez. Escenario estupendo para Néider Morantes poder asomarse sobre el círculo central y nutrir de bolas con tiempo-espacio a sus compañeros. Sin embargo, desapareció el vértigo que pudo abrir todo: Daniel Cataño la tocó más en el local. Desde que John Pérez dejara vacante su plaza y Cataño asumiera mayor peso, Bucaramanga ha creado más lento y en menor cantidad. Los goles: adornos.

El partido lo define: dos contraataques que Daniel Cataño pausó y permitió rearmar al América. La visita tampoco hizo gran cosa por la victoria: sin el desborde de Jeison Lucumí, su ataque posicional no era productivo. Cero intenciones agresivas. La revancha el próximo lunes en el Pascual Guerrero.

El América de Marouane Tapiero

En el fútbol debes mostrar competitividad en ambas áreas, desde el portero hasta el remate. Si demuestras estar a la altura de la circunstancia, seguramente, te mantengas con vida todo el partido. No necesitas ser virtuoso en el remate, sólo oportuno. Pero este América, no obstante, no compite en nada. Ni en las áreas ni en el medio. El pizarrón cree que está maldito, sí, pero la razón no va de la cantidad de sistemas que ha probado Fernando Velasco (3-4-1-2, 4-2-3-1 o 4-4-2), sino que el tema es más estructural y colectivo. Ayer lo demostró, otro día más, recibiendo al Quindío.

Un «nuevo» con América con dos mediocentros posicionales y sin Morantes ni tampoco Palacios

América saltó al pantano de Buga (des)ordenado en un 4-4-2. La idea asimétrica de Velasco frotó señales, aunque centelleos. América resignó a tener la posesión por depender de sus transiciones ofensivas. Transiciones ofensivas que se desplomaron de fuerza a medida que fueron avanzando los minutos. Urueña erró en varios pases largos de tres dedos, Del Valle no explotó los espacios y Mercado poco sostuvo los ataques; únicamente Farías incomodó con su íntima presencia. América dejó pocos efectivos por delante de la línea del balón y, sin Morantes, el pase no era limpio. El esférico no le llegaba a Farías, y el argentino ha demostrado en Cali querer tocarla y jugar de espaldas, no sólo esperar en zona de remate, porque es consciente que puede llegar a no rematar ni medio balón. Aquí perdió la brújula el América.

La salida de Castañeda, por lesión, ocasionó un crecimiento rojo. Largacha pasó a jugar de primer marcador central y Tapiero, el ingresado, de mediocentro. La energía y efervescencia de Stiven bombea la máquina americanista. Tapiero no necesita de un rol 100% ofensivo o con muchos pases, pues él suma corriendo –usualmente correctamente– o en el juego aéreo. Y América, en el juego directo, se impuso con Stiven, uno de los maquinistas. Se impuso a innumerables retos en el salto, le permitió a su equipo ingresar a terreno del Quindío y produjo ocasiones de la nada. Con su pelo voluminoso, afrudo y sacando unos metros de ventaja, el ‘21’ activó al combinado escarlata. El problema es que en esa combinación de Marouane, tiene el distinguido apoyo alto de Fellaini y la floja terminación de Chamakh. Fue el América de Marouane Tapiero.

Lujuria de errores

El fútbol te establece de una a muchas fases de juego durante un mismo partido. Competir o fallar, son las respuestas a tan complejo escenario. ¿Complejo? Sí, porque el fútbol no es solo correr detrás de una bola, realizar un pase correcto o incrustar el balón entre las redes, sino mucho más que eso. La emotividad y la mentalidad van de la mano para estar de pie desde el pitido inicial hasta el final: fue entonces cuando, en una lujuria de errores, el Bucaramanga falló y el América respondió a un contexto en el que requería salir de la peor situación –0-2 abajo en ‘casa’–. Casi culminan la faena (remontada) los de Fernando Velasco.

El primer tiempo permitió ver al Bucaramanga con mayor circuito de pases en el encuentro. En un juego de posición, donde pocos equipos en el Torneo Águila se animan, se evidenció la calidad desde la salida hasta el penúltimo toque en el auriverde: dinamismo en las asociaciones, mucho juego interior con sorpresas por fuera y, sobre todo, combinaciones multiplicadas: Pérez y Cataño de lanzadores más Arango y Rojas sumando movimientos agresivos a las espaldas de la zaga americanista. Todo esto, de hecho, con posesiones asentadas y largas en terreno adversario.

Los planes cambiaron de papeles en la mechita

América quiso adueñarse del partido con amplitud y anchura, pero la sincronización no se consiguió. América era largo y ancho, sí, pero defendiendo; y atacando, con el leopardo establecido en defensa posicional, se juntaban en espacios reducidos, a la postre quitándose espacios entre sí. Pero fueron pocas veces que los diablos rojos cruzaron con cierto peligro la divisoria, puesto que no tienen calidad para sacar el balón y Morantes, la conexión en los últimos metros, tenía que retroceder casi a la altura del segundo mediocentro para asear el fútbol a ras de piso. El plan defensivo con el ofensivo cambió de papeles en la mechita.

Pérez es más que el eje y el conductor leopardo

Willy Rodríguez, sobre la segunda mitad, sacó a Pérez por Núñez. América estaba regalando más espacios y jugaba con Tapiero de pivote y Morantes, ahora sí, de segundo mediocentro, entonces el cambio tenía su lógica. Sin embargo, esto generó un déficit: el Bucaramanga dejó de perder el balón en zonas inteligentes y lejanas al área de Mosquera, y Cataño dejó de mezclar con sutileza y armonía cerca a las inmediaciones de Viera. Bucaramanga, tras pérdida, no tenía tiempo para un rearmado sólido, a lo que el América le sacó producción con envíos largos hacia sus tres delanteros (Farías, Mercado y Del Valle) en pos de prolongar o ganar todas las segundas jugadas.

El juego, en ese contraste de fallos entre rojos y auriverdes, no dejó más que la falta de competitividad –menor con González, Tardelis y Murillo disponibles e incursionando el 5-2-1-2– en materia defensiva del América en lo que llevamos de 2015 y la excesiva confianza de un Bucaramanga que sin John Pérez, su mejor futbolista, creyó que el partido estaba 100% sujeto.

Mucho ruido y pocas nueces

Lo vivido en el Estadio Polideportivo Sur fue de espanto. Paupérrimo. Fantasmagórico. El Envigado-Junior dejó una opaca tarde de fútbol que sirvió como pésimo argumento en el llamado a la población hacia los estadios del balompié colombiano. En un partido desastroso desde todo aspecto, el local se valió de un cobro de pena máxima para vencer por 1-0 a un Junior de Barranquilla que jugó con 10 hombres desde el minuto 13.

Andrés Felipe Correa fue expulsado comenzando el encuentro e inmediatamente el cuadro tiburón se convirtió en el inmóvil saco de boxeo para un Envigado que no pegaba bien. O más bien, que no pegaba. Vale decir — aunque en este espacio la controversia arbitral no sea un habitual invitado — que la tarjeta roja directa fue bastante severa: una de varias decisiones cuestionables de un Wilson Lamoroux que, minutos antes, le perdonó la expulsión a Andrés Tello tras una patada a la rodilla de un contrincante, y que después también exoneró a Sebastián Viera cuando éste derribó con los taches a un hombre que entraba solo al área chica.

El penalti que le dio la victoria a los naranjas fue cobrado por Neider Morantes

Envigado tuvo control absoluto de la posesión durante todo el encuentro, pero nunca se vio capaz de infiltrarse efectivamente en los metros más avanzados del territorio juniorista. El fútbol de los botines de Cuéllar no apareció porque Junior nunca lo encontró. El de los tacos de Jarlan no apareció porque éste entró tarde en el segundo tiempo y se encontró con un tiburón ya moribundo. Afortunadamente, el que sí estuvo presente durante 70 deliciosos minutos fue el fútbol de Neider Morantes, quien parado detrás de todos los demás volantes de Envigado firmó una exhibición de organización y creatividad clásica, y de las suyas. Los balones de Neider, junto un par de atajadas redentoras de Viera y alguna que otra corrida al espacio de Faider Burbano, acabaron siendo los detalles más brillante de una tarde bastante oscura.