Sin defensa para Piedrahita y Díaz

Sebastián Beccacece visitaba Barranquilla con una de las propuestas —sin importar la calidad en líneas generales— que más agrada en estos momentos en Sudamérica desde el pase y la organización colectiva en torno a la pelota. Y el choque que les citó anoche en el Metropolitano dejó muchas cosas para analizar. El conjunto rojiblanco adaptó su versión del día a día, más controladora y propositiva, ante la ausencia de un peso pesado como lo es Jarlan Barrera.

La pirámide invertida

La Copa Libertadores apenas empieza, pero Atlético Junior afrontó una llave que bien podría ser de cuartos de final. Olimpia de Paraguay es un viejo zorro de la Copa, la tiene en sus vitrinas, y su espíritu así lo recalca en todo momento. Por eso y por la manera en que definió la llave, la victoria rojiblanca es un impulso mayúsculo para el segundo proyecto de Alexis Mendoza en la arenosa.

Danzar al compás del paso doble

El inicio de cualquier actividad lleva a afrontar a quien la inicia con distintos inconvenientes entre los que se encuentra el tiempo. Compañero e instigador. El reloj marca a la misma vez el progreso y dicta sentencia por medio de evaluaciones llenas o vacías. Insistir y ganar una lucha de este tipo fue la que experimentó Javier Torrente tras llegar al banquillo de Once Caldas. Descendió de un avión llevando a cuestas una etiqueta que en el mundo fútbol, por sí sola, carga consigo mística, respeto y atrae miradas: es un director técnico asociado a la filosofía futbolística de Marcelo Bielsa. Y del Palo Grande se descolgaron frutos -no era para menos- atiborrados de optimismo aunque la primera presentación no fuese tan favorable.

Dar continuidad a lo anterior e ir retocando fue clave

Javier Torrente fue astuto pues cuando llegó al Once Caldas sabía que debía iniciar con cambios menores. Ir tomando caminos cortos para llegar al destino final: construir su equipo. Y este empalme lo fue logrando con determinaciones claves como el posicionamiento en el campo, la elección y delimitación de libretos pero, sobre todo, ofreciéndole a Once Caldas una vestimenta diferente ante cada juego. Es decir, Javier es un técnico que hace que sus dirigidos luzcan un traje distinto, aunque bordado por el mismo hilo de la competencia, para los 90 minutos más próximos. Prepara los partidos con una fascinación desbordada tanto así que su equipo es puro espíritu cuando salta al terreno de juego.

Con un ojo especial para detectar características de sus dirigidos delegó el centro de la zaga defensiva a Franklin Lucena y Hernán Menosse, futbolistas que dan vida a una pareja que protege el área del conjunto blanco-blanco de forma sobrenatural. Cierres, coberturas, despejes, bloqueos y todo tipo de acciones defensivas las cumplen con experticia, solvencia y madurez. Sumado a ello, el plantel cuenta con dos arqueros que a la hora de pronunciarlos suenan a lo mismo: seguridad. Tanto José Cuadrado como Carlos Henao son prenda de garantía bajo los tres palos, configurando así una muralla en la zona posterior del equipo que resta las posibilidades al contrario para anotar. Les limita y el margen de acción del que rival dispone, de cara a portería, es mínimo.

Falta pulirlo, pero en Once Caldas se reconoce ya un sistema

Javier torrente realizó una asignación de funciones, acobijadas por su clarividencia, que terminaron de diseñar a un Once Caldas de cuidado. Su rapidez, agresividad e intensidad, aunque por momentos resulten esporádicas, termina siendo impactante. El orden que manifiestan en defensa lo llevaron a ser uno de los mejores visitantes durante el todos contra todos (perdió 4 partidos, superado únicamente por Nacional; el mejor equipo del semestre). Comprimen espacios, desdibujan líneas de pase y salen en transiciones ofensivas con una ferocidad y hambre de la que, por ejemplo, no se salvó de sufrir el campeón vigente del FPC.

En ataque, Once Caldas posee herramientas para causar naufragios

En ataque cuentan con hombres talentosos. Salazar y Pérez ofrecen apoyos y calidad a la circulación de la pelota. Piedrahita llegando a zona de remate y haciendo las veces de organizador lleva a que los partidos no se le salgan de las manos a los suyos y, por consiguiente, puedan estar siempre ocasionando peligro y dando coletazos de sobrevivencia junto a un Johan Arango que cuando define su tonalidad sobre el césped llega a desequilibrar partidos y ponerlos a favor de los suyos. El vallecaucano aglutina calidad, talento y técnica pero su mentalidad es la que entra en juicio pues no es da señal de resistir cuando sus compañeros tocan a la puerta pidiendo respuestas concretas, exigiendo ayudas de un jugador distinto, de mucho potencial y al que contextos específicos reclaman una salida positiva.

Por último, se encuentra el descubrimiento y excavación de jóvenes promesas como Michael Ordóñez y Estupiñan que se convirtieron en soluciones, incluso decisivas, para para sumar a un grupo que poco a poco se ha moldado a las directrices de un técnico que transmite emoción en cada una de las recetas previas a afrontar un compromiso.

El ‘tic tac’ de las manecillas del reloj emiten vibraciones que en Javier Torrente causan sensaciones para mejorar un equipo al que, en tan solo seis meses, puso puentes en el camino para surcar un panorama que se antojaba complicado pues no lograba levantar, superar fracasos (eliminado en repechaje de libertadores) y encender virtudes en jugadores que dentro del contexto nacional pueden presentar rendimientos excelentes.

Ahora el equipo de Manizales está listo para afrontar un reto que lo lleve a ser uno de los cuatro equipos para pelear la final. Cierran de visitantes y ese es un escenario idílico para consumar estrategias dibujadas por una mente brillante como la de Torrente. Pase lo que pase, ya hay una afluente que arrastra consigo esperanzas de un mejor amanecer en un futuro cercano para la ciudad que ya vio levantar una Copa Libertadores cimentada en la convicción y en la lucha de unos jugadores entregados en plenitud que danzaron mientras de fondo sonaba un paso doble.