Seis personajes en busca de un guion

Millonarios en ataque es un conjunto de monólogos. Son por lo menos cinco discursos distintos. Insúa intenta anotar desde cualquier parte del campo, Silva busca asociarse pero le cuesta muchísimo y Agudelo no se cansa de correr, pero como todo delantero que no ve ningún balón limpio, cada vez se le ve más flaco.

Omar Vásquez volvió a la titular y se hizo notar

Ver a Omar Vásquez desde un principio dentro de la alineación titular era un aliciente que hacía que los hinchas embajadores esperaran algo distinto en ataque. Ya se había señalado en varias ocasiones el grave problema de Millonarios a la hora crear ocasiones de gol. Y Omar Vásquez lo intentó: buscó asociarse con Silva y con Insúa. Es cierto que su fútbol no es constante, no es un jugador que aparezca los 90 minutos, pero también es cierto que era él el único que intentaba darle un guion al ataque de Millonarios.

En el segundo tiempo, ya sin Vásquez en el terreno y con el ingreso de Romero al frente de ataque, Millonarios ya no sabía a qué jugaba. Ojo, en el primer tiempo tampoco estaba muy claro a qué jugaba el equipo albiazul, pero en el segundo tiempo, con un Envigado que resistió todo el partido con sus dos líneas de cuatro bien paradas, dejó en claro que el equipo capitalino carece de un argumento de fuerza a la hora de atacar.

Por su parte, Envigado contó con mala suerte. Guerra y Rubio tuvieron varias ocasiones para llevarse los tres puntos a su casa. Saunders, con la sangre del fútbol inglés corriendo por sus venas, corrió todo el partido, apretó y destruyó cualquier escaramuza que Millonarios intentó crear.

El Millonarios de Israel aún no es un equipo reconocible

Una vez Candelo ingresó, parecía que había un autor en el campo dispuesto a juntar todos esos monólogos y crear una historia. Sin embargo, el poco tiempo y la buena disposición táctica del Envigado no permitieron que el capitán albiazul le diera sentido a un ataque inteligible.

Como la obra del escritor Italiano Luigi Pirandello, Millonarios en ataque tiene seis personajes en busca de un autor. Alguien que se encargue de juntarlos, de enseñarles la partitura, la obra. Todo esto para que de una buena vez ellos se entiendan y sepan qué es lo que tienen que hacer cuando entran a jugar al fútbol.

Maxi Núñez y el tiempo

Él es energía, hiperactividad y voluntad. Maxi Núñez y el tiempo. Es un jugador que condiciona sí o sí el planteamiento de su equipo y su presencia ya basta para generar. Maxi surgió como extremo picante en un Estudiantes de la Plata sin problema de banda. Aunque es diestro natural, podía jugar también de extremo izquierdo. Su virtud más influyente es la activación de las zonas laterales del ataque en las que puede finalizar o bien con centro al delantero o con regate y disparo. El marplatense es eso: producción instantánea en el último tercio del campo.

Maxi es el punto de encuentro entre Insúa y Vargas

En Millonarios, los dos atacantes son el tiempo. Ellos deciden a qué velocidad se ataca. Cuando el balón pasa por sus pies el tiempo puede volar o puede caminar. En el caso específico del argentino, cuyo juego ha evolucionado y ya no es solamente electricidad pura, el tiempo se posa para decidir qué se hace en tres cuartos de campo. En este esquema azul, Maxi otorga varias respuestas: posicionalmente es el jugador que otorga amplitud al ataque por banda derecha, fase en la que destaca sobre todo con dos ejes del equipo: el ‘5’, generalmente Fabián Vargas, y el ’10’, generalmente Federico Insúa, que conforman los dos vértices verticales del rombo millonario. Con el primero, el tiempo camina, y con el segundo, el tiempo vuela.

La versión actual de Fabián Vargas tiene un amplio rango de pase, sobre todo diagonal y al pie del receptor. Envíos de 20 metros que tienen a Maxi como punto aparte y con los que activa la zona derecha del ataque en donde puede decidir y terminar desahogando a su equipo para apoyar, ocupar espacios y posicionarse en ataque. Cada nombre tiene un matiz, y en este caso hay uno importante: Rafael Robayo. Cuando el bogotano juega, la fase de ataque sufre una pequeña/gran alteración táctica, ya que el 8, además de su despliegue físico y su verticalidad, transporta la pelota, para bien y para mal, así que en muchas fases del juego, o debe ser saltado para estirar al equipo, o su juego por dentro rompe líneas en vertical generando variantes.

El aporte mayor de Maxi es su centro al área

Cuando Millonarios está en ataque posicional, y es Insúa quien retrocede a generar espacios con el balón en sus pies, Maxi rompe con diagonales centro-derecha desmarcándose del ‘6’ y a espalda del ‘3’, y ahí el tiempo empieza a volar. Su misión, ya una vez estirado el ataque azul y ganado el territorio, es buscar el centro. El centro en sentido estricto, porque no sólo incluye al delantero centro Michael Rangel, sino que puede aprovechar esa presencia entre los centrales para buscar la segunda línea de volantes embajadores que tienden a asomar al área con su gran precisión.

La mala noticia de la lesión del argentino vino acompañada de la salida por lesión muscular del delantero centro, así que Rubén Israel tuvo que cambiar tácticamente el ataque de Millonarios. La respuesta es Jonathan Agudelo, delantero inquieto, de movimientos rápidos y engañosos que acompañado de dos mediapuntas, en este caso Insúa y Otálvaro, tiene todo el espacio necesario para hacerse con el frente de ataque azul con dos pasadores a su espalda. Ahora para Millonarios, y hasta que vuelvan sus dos atacantes titulares, el tiempo no vuela ni camina. No tiene dos velocidades, sólo transcurre.

Por un detalle

En el calor inhóspito de Barrancabermeja, Millonarios se presentó con una idea clara: robar el balón lo más cerca del arco defendido por Jerez. Su primera presión se instaló allá en el campo del equipo petrolero. Esto es una prueba de esa pesadilla que debe tener Rubén Israel cuando duerme: no hay gestación de juego en Millonarios. Es por esa razón que el equipo capitalino necesita recuperar el balón tan arriba, de manera que no hay necesidad de hacer una gran construcción de jugadas.

Millonarios presionó arriba para no padecer en la gestación de los ataques

Pero la pesadilla no termina ahí. El equipo azul tampoco tiene un jugador capaz de sacar el balón desde el fondo con limpieza. Cuando Elkin Blanco intentaba ser el encargado del primer pase, sus entregas eran erróneas, o simplemente ponía a sus compañeros a luchar balones en lugares no permitidos. Vargas intentaba, entonces, ser el encargado de hacerlo, pero cuando levantaba la cabeza no veía a nadie en buena posición para recibir. Es por eso que presionaban arriba y siempre intentaban jugar en largo para ganar las segundas jugadas.

Alianza Petrolera en un principio se vio sorprendida, no entendía cómo el equipo capitalino era tan osado de presionarlos tan arriba y, ante ese problema, no les quedaba más que jugar en largo, siempre buscando a Arzuaga. Una vez los locales lograron con mucho esmero pasar ese primera presión de Millonarios, el juego asociativo empezaba a verse. Cuando el balón pasaba por Mateo Fígoli o por Juan Pablo Nieto, lograban acercarse con peligro, pero era tan sólo una amenaza que no se concretaba. Cuando el equipo local estaba instalado en campo azul se pudo ver algo interesante: todos estaban comprometidos con la recuperación del balón. Los cuatro volantes de Millonarios, con un perro de caza como Blanco, no permitían que Arzuaga quedara nunca frente a Vikonis y en muchas ocasiones se veía al Pocho Insúa ayudando en defensa.

Esa idea de juego que planteó el equipo azul era de alguna forma un suicidio. Presionar tan arriba requiere: primero, un nivel de concentración muy alto por parte de los intérpretes; segundo, hacer un esfuerzo físico bárbaro.

A pesar de los nombres, Millonarios carece de imaginación

Sin embargo, la idea estaba funcionando. Cuando Millonarios lograba robar el balón adelante, se sentía más cómodo y había un pequeño aroma de gol. En esos últimos metros de cara al arco, Insúa y Vargas, en ocasiones, amenazaban al equipo contrario. Pero la realidad, aunque suene ilógico, es que Millonarios carece de imaginación. Un equipo que presenta dentro de sus titulares a dos jugadores como Macalister Silva y Federico Insúa, y que tiene entre los emergentes a Mayer Cándelo y Harrison Otálvaro, increíblemente carece de imaginación.

Alianza llevó a Millonarios a su faceta defensiva cómoda: centros al área

El equipo no tiene un plan de ataque definido y los delanteros, sin importar el nombre, lo sienten. Ante esta presentación pesimista, el único recurso que le quedaba al equipo capitalino era lanzar centros, ya fuera a través de Ochoa o Machado. Pero con el balón en el aire, Alianza estaba muy tranquilo. Sus centrales Aguilar y Valencia sólo tenían que luchar con un jugador de muy baja estatura como lo es Romero.

Fue por eso que lo único rescatable en ataque del equipo capitalino se vio cuando David Macalister Silva sacó a relucir todo su talento. Con una jugada de postín habilitó al delantero azul y lo dejó solo frente a la portería.

Millonarios sorprendió, no hay duda. Sin embargo, una vez llegó el gol de Alianza y les tocó salir con más protagonismo, se vio la carencia de ideas. La entrada de Otálvaro esperanzó, pero las dos líneas de cuatro del equipo petrolero no lo dejaron hacer mucho. Una vez entró Cándelo, el balón empezó a circular más, hubo más toque y se intentó elaborar las jugadas. Pero ya era tarde. Y aunque Alianza nunca tuvo el control del partido, tampoco sufrió en ningún momento.

Los detalles en una crónica dan color; los detalles en una obra literaria dan realidad; los detalles en un partido, definen el resultado. Este partido fue eso: un sólo detalle que dejó a Alianza Petrolera más cerca de la clasificación y a Millonarios más hundido en sus dudas.

Dos ritmos favorables a Vladimir

El Millonarios-Junior se compuso por una clara vertiente: el ritmo bajo. El local no aceleró y el visitante no sufrió. Es decir, el juego se decidió a favor de Alexis Mendoza, aunque de la mano de Rubén Israel se evidencian notorias mejorías, sobre todo porque ya hay funciones específicas para el segundo pivote, Maxi Núñez y la relación Insúa-Candelo. Vargas o Robayo vuelan sin freno; Núñez sacude; Federico y Mayer interactúan constantemente. Lo de los dos enganches tiene trampa puesto que no crearon ventajas, pero eso llegará con el paso de los compromisos mientras el entrenador uruguayo implanta un sistema ofensivo que los potencie.

Guillermo Celis fue de lo más destacado

Millonarios establecía sus posiciones rápidamente en campo rival en búsqueda de Insúa y Candelo. Los dos marcaban opciones de pase a la misma línea pero en diferentes carriles. Siempre se buscaban. Hasta en los tiros de esquina. Y aquí destacó la presencia de un futbolista como Celis que con libertad posicional expone su amplio físico. Para atacar y defender. Para subir y bajar. Millonarios jamás superó la barrera de Guillermo. No dominó el partido en su totalidad, pues en fase ofensiva cargaba mal el área y no recogía la cantidad suficiente de rebotes, pero en él estuvo el partido.

Está claro que los mecanismos de salida de balón y la calidad en los primeros de pases no es la misma con y sin Cuéllar. Sin embargo, la clave del Junior no estuvo en sacar mejor o peor el marrón, sino en pillar a contrapié a Millonarios. El azul, evidentemente, no defiende igual en los metros finales con Henríquez-Vega a diferencia del jefe Torres y el inspirado Díaz. Blanco llevó el partido a donde pudo, pues los controles de Ovelar, las conducciones de Pérez y las acciones espectaculares de Vladimir mandaron.

Vladimir Hernández, muy decidido en todo lo que hace

En la segunda mitad, cuando el ritmo aumentó, Junior pegó el último tiro. Millonarios se partió en dos bloques donde cuya disciplina en el repliegue desapareció, Blanco se juntó a los centrales y quedó en inferioridad numérica tras la expulsión de Mosquera. Junior logró y catapultó la victoria cediendo la posesión, armándose sobre el círculo central y corriendo a toda luz. Vladimir volvió a destacar. En la lentitud, encaró y desbordó con determinación; en el ida y vuelta, ofreció las jugadas que viene dejando desde finales del torneo pasado. Dos ritmos favorables.

Alternativas centrales

Millonarios reincorpora a Elkin Blanco y a Harrison Otálvaro para este segundo semestre de 2015. Ambos fueron figuras importantes en el último título conseguido por el equipo embajador hace ya tres años, con Hernán Torres al mando en el banquillo. Ricardo Lunari, quien hoy da las instrucciones, no se ha topado con ninguno de los dos durante su estancia en Bogotá como técnico hasta ahora.

Ambos futbolistas juegan por dentro

Que estos dos se adapten a la realidad del conjunto albiazul en el plano futbolístico, a priori, no parece un problema. Aunque los roles que tendrán si se antojan distintos, tanto en relevancia como en funciones. Uno es mediapunta, y el otro, mediocentro. Ambos, en el 4-3-1-2 de Lunari, salvo sorpresa, ocuparán el eje vertical.

El mediocentro titular, hoy por hoy, es Fabián Vargas, con una tarea más creativa y enfocada a la dirección desde atrás que de romper el juego del contrario, donde Elkin Blanco expone sus facultades como futbolista. Si Lunari coloca a Elkin como primer hombre por delante de la defensa, no le pedirá lo mismo a él que a Vargas. Está claro. Por lo tanto, lo previsible es que el chocoano no comience el curso como titular, y sus posibilidades de ganarse el sello de ‘indiscutible’ dependen del plan que trace el jefe.

Sobre Otálvaro, quien llega luego de un semestre regular-pobre en Nacional, se puede decir que tiene la entrada al once más sencilla que Blanco. ¿Por qué? Porque las prestaciones de la posición sí encajan con su perfil a día de hoy, y porque Federico Insúa, titular en detrimento de Máyer Candelo por cuestiones de capacidad para el desgaste, no es especialmente creativo siendo mediapunta. Otálvaro lo es mucho más, y garantiza poder jugar sin perder el oxígeno el mismo tiempo que el Pocho.

Millonarios gana fondo de armario

El hecho es que Lunari adquiere dos piezas más que aceptables para esta parte complementaria del año, las cuales servirán, por lo menos, para rotar sin perder mucha calidad y competitividad. A partir de ahí, que sumen más de lo esperado está en ellos y la hoja de ruta del técnico. Veremos.

Intelecto revulsivo

Minutos finales. Se agota el tiempo. Hay caídos. La pelota entra en una dinámica de ida y vuelta, dejando víctimas en su andar. La pelota deja de ser sumisa y pasa a someter. La pelota sofoca. Pocos se salvan. El aliento va escaseando, las piernas no dan respuesta, el juicio se ahoga en sudor. En momentos de la dictadura del balón, la mayoría de entrenadores opta por un par de piernas raudas y frescas. Éste es el caso de Ricardo Lunari. Pero su voto es por la velocidad inmaterial: la velocidad del intelecto. En momentos de la dictadura del balón, Mayer Candelo es su reconquista.

La noche de fútbol en El Campín presentaba a un Millonarios cargado de confianza. No es para menos: venía de clasificarse gracias a sus 7 pomposos puntos ante Nacional, Medellín y Santa Fe. La progresión de su juego, que data de mitad de temporada, continúa en ascenso. La misma progresión que sería puesta a prueba ante Envigado, no tanto por el rival, sino por las ausencias en la posición de mediocentro. Sin poder alinear a Villareal o Vargas, Lunari se decidió por Rafael Robayo.

La agresividad del Robayo pasador contrastó con su posicionamiento defensivo

Robayo no termina de convencer a la hora de sostener al equipo. Que va a por todos los balones, sí: va y llega. El problema es a la hora de tirar el zarpazo: a veces se apresura y pierde la posición. Millonarios pudo estar expuesto, de no ser porque enfrentaba a un Envigado poco convencido de atacar. La verdadera preocupación sobre la posición de Robayo estaba en perder al jugador más activo por delante del balón. Respecto a esto, Javier Reina supo ofrecer certezas con sus buenos movimientos entre líneas.

Para el segundo tiempo, Javier Reina se fue de más a menos. Está claro que la sociedad entre Insúa y él no termina de engranar. El uno no brilla sin opacar al otro. Esta vez, el condenado a la discreción fue Reina, lo que daría paso al ingreso de Kevin Rendón. Pero el verdadero as bajo la manga de Ricardo Lunari estaba reservado para el tramo final de juego. Con un Envigado obsoleto, entregado al desequilibrio de Yony González, Lunari ordenó su canje sagrado: Mayer Candelo ingresa a la cancha por Federico Insúa.

Candelo entró para hacer lo que mejor sabe: controlar. Si había dudas del dominio de Millonarios, el 10 las rebatió desde el primer toque. El balón iba rápido porque así lo quería Candelo. Y rápido llegó la goleada, tan rápida como las sinapsis de Mayer. Lunari tiene un revulsivo; un intelecto revulsivo.

Un cupón millonario

Millonarios se clasificó a los playoffs con estruendo. Contra Santa Fe y la mayoría del Campín pintado de rojo, el equipo embajador demostró que está en su pico de forma desde que llegó Lunari. Luego de una tanda de encuentros que no se antojaba nada sencilla -Nacional, Medellín y Santa Fe-, el conjunto azul obtuvo siete de nueve puntos posibles, marcó seis goles y recibió dos, y, sobre todo, las sensaciones fueron siempre positivas. En lo futbolístico no tanto como en lo anímico. Y el responsable directo de esto último, y de que la ilusión del hincha esté a tope es Rafael Robayo (Bogotá, 1984), la clave de este equipo.

Robayo no contaba como titular al inicio del curso

Rafael no comenzó este semestre en la formación titular de su técnico. Ni siquiera era un revulsivo constante. De hecho, hasta mediados de marzo había tenido muy poca continuidad. Pero precisamente el 15 de ese mes, Fabián Vargas se lesionó durante el primer Clásico capitalino de este curso. En ese momento Robayo saltó al césped para sustituirlo, y al final del partido su nombre estaba en boca de muchos por su brutal derroche de energía. A partir de ese argumento, su energía, el ‘8’ no volvería a salir de la cancha. Hoy es la pieza imprescindible del once.

Y lo es porque le ofrece a su míster la posibilidad de legitimar su propuesta. La magnitud del bogotano es tanta que le permite a Lunari hacer cosas que no son normales en clave Liga Águila. El técnico argentino inició el semestre con un centro del campo conformado por Vargas e Insúa en el eje vertical, y David Macallister Silva y Javier Reina en el horizontal. Una propuesta muy arriesgada que evidenciaba su principal defecto al momento de la transición defensiva. Millonarios sufría contra cualquiera para frenar contragolpes. En parte era porque quienes conformaban el medio no sentían como algo suyo el esfuerzo de correr hacia atrás ni tampoco de presionar desfondados hacia adelante, y también porque no atacaba de una manera que le dejara bien parado al momento de la pérdida. Sus delanteros no se movían de forma óptima y Reina e Insúa se pisaban en la zona favorita de ambos: la mediapunta. Era un puzzle complicado.

La solución entonces, casi sin querer, fue Rafael Robayo. Con su sola presencia compensaba el déficit de intensidad y físico en el centro del campo, tanto en ataque como en defensa, y le quitaba al Pocho un intruso de su parcela. Y no menos importante: sumaba corazón. El cariño entre Robayo y la hinchada es de lo más recíproco que puede haber. Por ese lado no hay punto negativo. El movimiento era un win-win incontestable. Y así lo demostró él mismo. Robayo aportó equilibrio a un equipo que parecía una balanza con un ladrillo de un lado y una pluma del otro.

Rafael es para su equipo un as del movimiento

Entonces, a día de hoy, un poco más en detalle, ¿qué futbolista es Rafael Robayo con 31 años? La respuesta es sencilla: un centrocampista que es capaz de dominar las canchas de Colombia por su físico imponente y su brutal activación mental. Hace del movimiento su virtud primaria. Tiene mucha presencia a lo largo de los 90 minutos.

El capitán de Millonarios, en ataque organizado, es una fuente inagotable sin la pelota. Lo primero que hace es dibujar líneas de pase sin parar. Muchas en dirección diagonal para permitir a su equipo subir la altura del ataque, y unas cuantas menos entre líneas para desorganizar el mediocampo rival. Algunas veces puede incluso tirar un desmarque de ruptura si es necesario. También se le puede ver detrás de la pelota cuando el lateral de su flanco la tiene más arriba que él. Encontrar a Robayo no es difícil porque él se la pone fácil a sus compañeros. Luego de que recibe espera a que un rival salga a presionarlo, y suelta la pelota. Da continuidad a la circulación de balón, en corto o en largo. Con el esférico en los pies, poco más en esta fase del juego.

Y cuando Millonarios la pierde, ¿cómo queda Rafael? Eso depende de dónde esté. Si decidió quedarse atrás, tiraniza el rebote como contra Nacional hace tres semanas. Su lectura de posicionamiento es aceptable, y si está un poco lejos, bien llega corriendo a toda potencia para cazar los balones divididos. Si su equipo la pierde y él estaba muy arriba, como por ejemplo en el área rival, no escatima en esfuerzos y se dispara hacia atrás para defender.

En otros contextos notarían sus defectos

En cuanto a defensa organizada, lo que se pueda decir de Robayo no hace parte de lo que se vea hoy poR hoy en los partidos de Millonarios, ya que esta es la fase que menos frecuenta la escuadra azul. Si Robayo hiciese parte de un doble pivote en un equipo de repliegue, se le verían las costuras. Perdería la referencia a su espalda por salir a la presión, y su poca capacidad técnica al momento de pasar el cuero le penalizaría bajo presión. Eso por citar algunos problemas que tendría en ese contexto. Pero el plan del que hace parte ahora mismo le potencia, le beneficia. Y él a sus compañeros.

En transición ofensiva, la presencia de este futbolista se limita al inicio y al final. Su primer pase para montar un contragolpe es sobresaliente. Luego su capacidad para terminar los mismos contraataques que empezó es impresionante, como contra Santa Fe. Acompaña y mata.

Sus últimas tres actuaciones son el resumen de cómo está su equipo. Pletórico en lo anímico, y bien en lo futbolístico. Robayo ha saldado sus últimos dos partidos con gol y asistencia en cada uno, más un sinfín de corridas emocionantes. A muy poco de que inicien los playoffs de esta Liga Águila, Lunari ha logrado reclamar su cupón millonario. Le sentará bien para lo que viene. Que será duro.

Ofensivas discontínuas

No es normal que luego de un Clásico que enfrentó a un Santa Fe partícipe de Copa Libertadores contra su rival de patio, nada menos que un histórico como Millonarios, quede tan, tan poco para el análisis. El nivel fue, sencillamente, muy bajo, casi llegando a pobre. Tampoco es normal que el resultado fuese 0-0 entre tantas imprecisiones producidas por la alta intensidad -que no ritmo- que le imprimieron ambos conjuntos. Los de Costas y Lunari saltaron al césped del Campín a intentar ganar el partido sin poner un poco de sentido a su fútbol. La precaución de parte de ambos fue tanta que la lógica que pide este deporte para puntuar terminó anulada.

Las cadenas de pases que superaron los diez toques se pueden contar con los dedos de las manos. La precipitación negativa fue una constante de la que nadie intentó escapar, en la que lucieron Machado y Reina del lado embajador, y Páez y Torres del lado cardenal. Hubo ocasiones de gol, sí, pero estas eran ajenas al (poco) fútbol que exhibieron las escuadras de la capital. Armando Vargas se quedó en la nada.  No aportó con sus características algo que hiciera que los hinchas rojos no extrañaran el golpeo sagrado de su 10 para contragolpear. Federico Insúa continuó inmerso en su levedad hasta que se rompió, y Fabián Vargas se mostró más lento que siempre antes de irse en camilla. La entrada de Robayo y su derroche de energía, y el desequilibrio que provocó Reina fueron los pocos motivos que tuvieron los azules para alegrarse. Para los rojos estuvo Daniel Torres, cuyo desempeño en este semestre amerita todos los elogios. Si lo de ayer llega a reiterarse, la situación será, por lo menos, preocupante para cualquiera de los dos.

Javier Reina en el embudo

Javier Reina es un buen jugador, pero su equipo no le deja ser importante. Que es buen jugador queda claro en al menos una intervención suya por partido. Es bueno porque le basta con un pase o una acelerada para darle un vuelco de rapidez al partido. Es bueno porque sacude a su antojo al rival. Es bueno porque es la única muestra de agresividad en los momentos más ingrávidos de Millonarios.

Así las cosas, resulta contradictorio que el cambio de ritmo de Reina no sea protagónico entre la parsimonia del Millonarios actual. Pero esa es la verdad: a Javier Reina no le bastan sus características para cobrar importancia. El problema es que el diseño táctico de Ricardo Lunari todavía no le delega importancia a su oficio.

Las diagonales de Reina chocan con el perfil ultra determinado de Insúa

La condición necesaria para que Javier Reina exponga su mejor fútbol es una sola: mantener libre la zona central. Sus diagonales tienden al interior y allí se torna peligroso. No es el caso en lo que va de temporada, pues sus diagonales colisionan con la humanidad del mismo Federico Insúa. Insúa se rehúsa a abandonar el eje central; Reina se encapricha con culminar sus diagonales allí. Ninguno cede. Millonarios resulta atorado en el embudo del desentendimiento entre Insúa y Reina. Los laterales sin salida condenan el atollo a lo inevitable. El embudo apresura las decisiones por desespero y los escenarios poco ideales, como Uribe cayendo a la banda para estirar la cancha. El embudo, Lunari, el embudo.