Caballero solitario

Cuenta la leyenda que por los alrededores del Tomás A. Ducó se moviliza a diario un delantero centro de nombre Ramón, de apellido Ábila y de apodo Wanchope. El típico delantero centro autárquico e independiente que se las ingenia para producir hasta en escenarios infructuosos. Ramón Ábila, más conocido como Wanchope, es quien enciende los motores de la maquinaria ofensiva de Huracán. Ramón Ábila, el caballero solitario.

Wanchope Ábila, el buen proceso

Metiéndonos en lo futbolístico, el nueve cordobés es un futbolista que suma en varios registros. Del más a menos productivo, donde más suma Ramón Ábila es jugando de espalda a portería. Sus protecciones, casi perfectas como maravillosas, le permiten a Huracán ganar posiciones arriba a tiempo, sobre todo ahora con el nuevo sistema de Eduardo Domínguez donde se da la satisfacción de juntar a Cristian Espinoza, Daniel Montenegro, Patricio Toranzo y Mauro Bogado. Lo mismo aguantando el balón con calidad y habilidad. Ábila no ha sido controlado por centrales como Caruzzo, Pellerano y Maidana, por mencionar algunos. En resumen, Ábila es indefendible usando el cuerpo y los brazos.

Con Montenegro y sin Romero Gamarra, Huracán juega más frecuente arriba. Y esto es positivo para Ábila, debido a que son contextos más pensativos y menos intuitivos. Todo lo que requiera pensar, manejar los apoyos y jugar sobre suelo pausado, es provechoso para Wanchope. En esta situación se convierte siempre en una línea de pase correcta para la cadena de pases que inician Vismara y Bogado, desarrollan Espinoza, Toranzo y Montenegro, y fortalecen San Román y Balbi.

Como ya lo comentamos en el segundo párrafo del artículo: Ramón Ábila es un futbolista que suma en varios registros. Pese a todo lo que hace con la pelota, tanto de espalda como orientando su ubicación para tocarla, no deja de ser eficiente sin ella. Su posición inicial, favorable para fijar una referencia –generalmente la del primer marcador central rival–, arrastrar una marca o señalizar una zona del área, le da continuidad al juego de Huracán por simple inteligencia. Su producción en pos del juego va más allá de los números.

Ábila es mucho más determinante con Domínguez. Sin embargo, con Apuzzo era cardinal fabricando goles

En lo evolutivo, Ramón Ábila ha mejorado entendiendo el juego. No leyéndolo, porque todo jugar de fútbol debería saberlo –en mejor o peor proporción–, sino entendiéndolo. Antes solía quedar constantemente en fuera de lugar por una cuestión: no interpretaba los movimientos defensivos rivales con los propios. Y ya lo comprendió. Ahora es un ariete que sabe adaptarse a la primera línea defensiva contraria en relación a lo que puede realizar (cerca o lejos del área). Así lo mostró ante River Plate; va en alza.

Yerry Mina y Francisco Meza deberán estar atentos a concederle el menor margen de maniobra, pues es un futbolista que no apaga la fuga. Ante todo Meza: si se limita a negar cada recepción de espalda de Ábila, la tarea estará servida. Es decir, necesitará estar 100% iluminado en el anticipo, como suele estarlo. De no ser así: Ramón Ábila nunca pasará inadvertido

La velocidad del huracán

La historia de Eduardo Domínguez como entrenador de Huracán es una historia corta, pero sustanciosa. Muy sustanciosa. Hace apenas 3 meses que Domínguez impartía órdenes dentro del campo de juego. Hoy lo hace desde el banquillo. Y a pesar de ser novato en la profesión, Domínguez no tardó más de un mes en imprimir su sello en el juego del Globo. El 5 de septiembre, Huracán se medía ante Independiente de Avellaneda. Ese día, el Parque de Los Patricios fue testigo de cómo Domínguez volvió a Huracán enteramente suyo.

Para dar con la tecla, Domínguez acudió a la madurez de quien tal vez sólo él advirtió: Patricio Toranzo. Fue a partir de Toranzo que Domínguez construyó al Huracán finalista de la Copa Sudamericana. En este punto, cabe preguntarnos: ¿quién era Patricio Toranzo?

El sistema de Huracán se erigió a partir del Pato Toranzo

Pues bien, convengamos que Toranzo era un volante de segunda línea algo limitado. Jugar de frente al arco rival era un asunto de primera necesidad para él. Si el panorama se nublaba en campo contrario, Toranzo se veía obligado a retrasar su posición y huir de la presión para seguir jugando de cara al arco. Como resultado, lo normal era que los equipos de Toranzo se partieran bajo presión. Es decir, la distancia entre el mediocampo y la delantera se hacía insalvable.

Para remediarlo, Toranzo fue reconvertido en volante de primera línea. Desde ahí tendría la facilidad de jugar de frente al arco permanentemente. Pero esta variante no fue del todo eficiente. Toranzo no tenía una variedad de pases suficiente para ordenar a Huracán al inicio de la jugada. Por el contrario, Toranzo abusaba del pelotazo y omitía nada más ni nada menos que al Rolfi Montenegro. Entonces llegó Eduardo Domínguez. ¿Su solución? Devolver a Toranzo a la segunda línea del medio. Aquel día, Domínguez conquistó a Huracán.

Ante los ojos de Domínguez, los retrocesos de Toranzo desde la segunda línea no son un vicio, sino una virtud. Cuando Toranzo baja a pedir el balón, resulta ser el puente justo entre Federico Vismara y Rolfi Montenegro. Sus desmarques atrapan atenciones, por lo que Montenegro necesita moverse menos para quedar libre. A sus 36 años, Montenegro lo agradece. Pasa lo mismo en el caso de Cristian Espinoza, quien es mejor recibiendo la pelota al espacio que al pie. Como decimos, los espacios surgen a partir de los movimientos de Toranzo. Como resultado, la línea de 3 mediapuntas de Huracán es sostenible.

No entraremos en detalle sobre las alternativas con que cuenta Santa Fe para contrarrestar a Huracán. Será nuestro compañero Carlos Cortés quien profundice en ello. El presente artículo se enfoca en desglosar el juego del Huracán de Domínguez. Equipo que, por supuesto, tiene lunares. Veamos.

Toranzo es necesario. Pero en ocasiones, contraproducente

Como hemos dicho, Patricio Toranzo es pieza fundamental para Huracán. Su importancia reside en recostar al rival en una zona determinada para encontrar libres a Montenegro, Espinoza o el mismo Ábila. El problema es cuando se sirve del lateral izquierdo para recostar al rival. Luciano Balbi o Carlos Arano se suman al ataque, pero son impuntuales a la hora de cumplir con el regreso. Esto será un peligro mayúsculo ante Santa Fe si es que Pelusso opta por generar juego desde la banda derecha, como a mediados de temporada.

Huracán es pausado, a veces en exceso

Pero, más allá de la espalda de Balbi o Arano, Huracán adolece por un mal mayor: el ritmo de juego. El equipo de Domínguez construye escrupulosamente su juego. Para ello cuenta con Federico Vismara, un genio en el arte del pase. Con Vismara en la base de la jugada, fallar un pase es una excepción. Pero así como Vismara es la pausa bien entendida, Huracán carece de aceleración. Entre sus titulares no hay una figura que signifique un cambio de ritmo verdadero. Por el contrario, es el cambio de ritmo el que martiriza al mediocampo del Globo en defensa. Ni Vismara ni Toranzo –cuando se suma al doble pivote en defensa– tienen cadera suficiente para controlar regates o mantener la presión.

Eduardo Domínguez propone con el balón al piso. Su sistema es coherente para eso: construir. A pesar de ello, sus secuencias de pases no son las más fiables, bien sea por el ritmo lento de circulación, bien sea por la indefensión tras la pérdida del cuero. La final de Copa Sudamericana no será momento para dudar de su idea de juego. Su éxito dependerá de la vigilancia que ejerza Santa Fe sobre Federico Vismara y, en especial, sobre Patricio Toranzo. Su éxito dependerá de que Santa Fe no logre contrarrestar la ya escasa velocidad del huracán.

De Gustavo Costas a Gerardo Pelusso

Corría el año 2012 y Wilson Gutiérrez revolucionó a Independiente Santa Fe. Su discurso caló en lo más profundo de un equipo que había pasado la mitad de su historia ajeno a la gloria. Se hablaba del balón, de posesión, de salir a ganar. Fue así como Santa Fe volvió a jugar como equipo grande y recuperó el trono del fútbol colombiano.