Un 4 de julio memorable

El Estadio Nacional de Santiago se vistió de rojo para cerrar la cuadragésima edición de la Copa América. Chilenos y argentinos se enfrentaron en la final de un torneo plagado de garra, polémica y sorpresas. Por un lado estaba el equipo que se conocía a sí mismo y, por el otro, estaba el equipo de Messi y Pastore.

El partido comenzó con un ritmo arrollador que favoreció a los locales. Cuando los mediocampistas recuperaron el balón mandaron pases largos para Isla, que apareció con facilidad entre Marcos Rojo y Nicolás Otamendi. Allí el lateral derecho le intentó pasarle el balón a Sánchez o a Vargas que estuvieron en la búsqueda constante de espacio en el área argentina y en sus cercanías. Por su parte, la recuperación de balón albiceleste le permitió a los delanteros, en esos primeros minutos, quedar cara a cara con los centrales chilenos. Debe anotarse aquí que en algunas ocasiones fue más rápido el retroceso de los volantes para ocupar espacio y para apoyar en marca, que la ejecución de las jugadas por parte de Messi y compañía.

A Argentina le faltó precisión para aprovechar los espacios dejados por Chile

Durante ese primer tiempo de ritmo infernal, las jugadas dentro de las áreas aparecieron poco. Vidal y Aránguiz estuvieron atados cumpliendo labores defensivas mientras que Valdivia tuvo dificultades para deshacerse de la marca rival. En el otro lado de la cancha, Javier Pastore apareció de manera esporádica. Los acercamientos más claros de Argentina salieron de una recuperación y entrega suya.

En el segundo tiempo Chile lució mejor y eso se debió, en gran medida, a la mejora que tuvo Marcelo Díaz. El volante, que jugó como uno de los tres centrales de su equipo, erró en varias entregas de balón durante la primera mitad. Tras el descanso, el jugador del Hamburgo comenzó a ser más preciso y a conducir hasta el campo contrario. Con esto, su equipo se asentó en los aposentos albicelesetes.

Con el paso del tiempo se comenzó a ver el desgaste de los jugadores de ambos equipos, la prórroga parecía inminente. En los últimos quince minutos ninguno de los dos seleccionados tomó riesgo alguno. Sin embargo, Messi encontró a Lavezzi después de conducir el balón en una contra en la que encontró al rival mal parado. El “Pocho” vio a Higuaín llegar al área y le mandó un pase. El delantero del Nápoli llegó muy forzado y erró la oportunidad más clara que tuvo Argentina para abrir el marcador. Después de eso, Wílmar Roldán pitó y el tiempo regular terminó.

Las dos oportunidades más claras del partido las generó Argentina

En el tiempo extra el partido se luchó. Los chilenos se apropiaron del balón y comenzaron a atacar por el lado de Mauricio Isla, de nuevo. Desde allí los anfitriones comenzaron a mandar torpedos al área de Sergio Romero buscando a Vidal, a Henríquez, a Alexis y al que se sumara. Asimismo, Aránguiz y Fernández encontraron más facilidades para filtrar balones. El único problema de Chile tenía nombre: Javier Mascherano. Escudado por Demichelis y Otamendi, el Jefecito controló la ráfaga ofensiva del rival. La definición por penales fue una realidad después de los últimos 30 minutos de la temporada.

Alexis Sánchez tenía la responsabilidad de lanzar el cuarto cobro en la tanda de penales.. Si anotaba, la selección mayor de Chile obtendría el primer título de su historia; si erraba, el aguerrido equipo de Gerardo Martino tendría una chance más para luchar, para intentar obtener un título tras 22 años sin poner trofeos en las vitrinas. Al final el delantero del Arsenal se atrevió a «picarle» el balón a Romero y con ello le dio cierre a la Copa América y a un 4 de julio memorable para todo el pueblo chileno que gritó al unísono “chi-chi-chi-le-le-le”.

Por su magia

Si hay un equipo que se conoce así mismo en esta Copa América es Chile. Su poderío ofensivo se basa en el presente en la natural y divertida manera en que se reúnen más de la mitad de los jugadores en campo contrario. Lo curioso es que como en una corriente, el fútbol de Chile fluye por un sólo espacio, pero salpica otros lugares.

El lado activo… y Valdivia

Vidal, Sánchez, Isla y Vargas siempre están en la zona donde se gestan las mejores ideas –la zona derecha– y aún en esta copa no han podido detenerles. Más que virtud física y técnica, la diferencia radica en la magia que imprime el Mago y la inteligencia que realiza en cada pase donde los defensores son envueltos por cada truco suyo. Valdivia se beneficia del sistema y potencia el mismo. Rojo puede ser la próxima víctima de una corriente futbolística que, a pesar que en ocasiones no parece fluir con tanta fuerza, crea una represa con agua suficiente como para zambullir y ahogar a su rival.

Las cualidades de Marcos Rojo como defensor pueden ser vulneradas y muy bien aprovechas por una Chile que en el carril derecho posee la capacidad para derrumbar cualquier valla. El lado izquierdo de Argentina, el espacio enorme que debe cubrir Rojo, las llegadas profundas de Isla y un Mago que saque todo su repertorio podrán, por fin, coronar al país que tienen como lema “Por la razón o la fuerza” y que de variar pasaría a “Por el fútbol y su magia”.

El escapista

La única constante positiva de la Selección Argentina esta Copa América, además de Messi, ha sido casualmente el rendimiento del único socio del 10: Javier Pastore. El hombre del PSG no contó para Sabella a lo largo de todo su proyecto. Por lo tanto, de buenas a primeras se vio beneficiado con el cambio de entrenador, ya que Martino traía consigo la idea de cambiar el juego de la subcampeona del mundo. Y Javier sería capital en ello.

Pastore ha ocupado la posición de mediapunta en el 4-2-3-1 argentino. Su adaptación fue inmediata, y su desempeño ha sido lo único ligero en medio de la espesura de la posesión de su conjunto. El ex-Huracán recorre todo el eje horizontal para tocar la pelota. Y siempre intenta darle ayudas asociativas a Messi. El flaco, dentro del esquema, es imprescindible. Lo mejor es que también demostró su valía al correr con pies ligeros, contra Paraguay hace unos días. Hoy, en la Final, contra Chile, en Santiago, Argentina competirá por un título que anhela. Ha sido demasiado tiempo sin tocar metal para un país tan devoto al balompié, y Pastore seguro será importante. Se lo ha ganado.

Encontrar a Carrillo

En disputa por la tercera y cuarta plaza, duelo casi intrascendente, se midieron Perú y Paraguay. Unos primeros cuarenta y cinco minutos que si no es por Reyna hubiesen sido totalmente transparentes. Yordy estiró a los suyos y dotó de espacio y dinámica los ataques peruanos. Sucedió la otra cara de la moneda: no transitaron con la armonía necesaria y la mejora suficiente para empujar a Paraguay hacia Villar. De hecho, es misión imposible empujar el doble pivote paraguayo, que juegan en constante desventaja, por su peaje físico. No fijan y no la tocan. Obstaculizan.

Gareca benefició sistemáticamente el mediocampo edificando desde atrás

Más allá de lo que suponía el enfrentamiento, Gareca no alteró el plan continuista de su etapa: no esconderse. Perú, con el único altibajo del debut ante Brasil, mostró en toda la Copa América que es una selección hecha y derecha y, sobre todo, competitiva en las cuatro fases de juego. Y lo reflejamos una vez más. Demostración repetitiva que, con una estructura sólida e intangible entre Gallese, Zambrano y Ascues, el resto puede tomar su tiempo de prueba y consolidación. Más allá de eso, el sistema de Gareca potencia al mismísimo mediocampo inca, pues cada mediocampista le brinda a su compañero de puesto lo necesario para lucirse y sentirse. Por ejemplo, con Ballón a la espalda de Lobatón, el futbolista de Sporting Cristal no se ve obligado, como en su club, a un trabajo físico de largos recorridos para trasladar el marrón de un campo a otro y, en menor cantidad, de gran oficio para armar la línea más temprano que tarde.

El juego lo ganó Perú encontrando a Carrillo. En ese preciso instante ganaron calidad las transiciones ofensivas. Era dispensable controlarla pronto y descargarla de inmediato para Reyna. El camino lo trazó André. A su físico habitual le añadió el virtuosismo técnico que quizá le cuesta constatar regularmente para integrarse a la titularidad. También porque despojó el arrastre de la medular paraguaya. Un gol inofensivo y una asistencia maradoniana sitúan a Perú, por segunda situación consecutiva, entre los tres mejores de Sudamérica.

Ver y creer

Tener fe en el fútbol de Perú es, más que nada, tener fe en el ADN de su futbolista. Sin mayor contextualización. De ahí, al menos, ha partido todo. Así mismo lo vio Ricardo Gareca antes de asumir un cargo al que luego calificaría como el desafío más importante de su vida. “Creo en el jugador peruano, por eso estoy aquí”, declaró en su presentación. El Tigre ha reconocido, con puntualidad, destellos borrosos en el futbolista inca que, si bien eran visibles desde hace años, rara vez habían sido detallados con tanta nitidez. En un momento en el que la discusión sobre la identidad futbolística del país comenzaba a tomar fuerza por primera vez en décadas, el estratega argentino llegó a instaurar conceptos nuevos y a revalorar las piezas a su disposición, revitalizando así a una generación cuyos logros, hasta entonces, se habían quedado cortos de su potencial. En cuestión de meses, la selección peruana de Ricardo Gareca se ha convertido en una bestia elaborada y competitiva, digna de enfrentarse a cualquier equipo de Sudamérica. Y eso dice mucho sobre su evolución.

Gareca llegó en marzo del 2015 y marcó un cambio descomunal

Al ser destituido en diciembre del 2014, el ex-seleccionador de Perú, Pablo Bengoechea, evaluó al jugador peruano como un diamante bruto: “Condiciones para el juego las tienen de manera natural; se requiere mejorar el físico para tener ritmo de competencia internacional.” Gareca se dedicó a explotar lo primero y a pulir lo segundo. Jamás habló de estilo: tenía una idea, pero estaba dispuesto a empeñarlo todo. A optimizar. Forjó relaciones claves: viajó a Italia a visitar a Juan Manuel Vargas, luego a Alemania a hablar del físico de Claudio Pizarro y a reunirse con Jefferson Farfán. Y supo, a la misma vez, identificar a sus piezas claves en la liga local. Convocó a un cuestionado Christian Cueva como principal revulsivo de su transición ofensiva, y al goleador del anterior proceso, Carlos Ascues, como defensa central. Este último ayudaría a orquestar, junto a Carlos Zambrano, lo que sería una de las mejores salidas con pelota de la Copa América. Con Advíncula y Vargas como laterales adelantados se podía gestar una salida lavolpiana pulcra; con Ballón y (sobre todo) Lobatón, había pase entre líneas y juego interior. Perú dejó de ser el equipo reactivo de Markarián, o el cuadro indeciso de Bengoechea, para ser un cuadro proactivo. Impulsivo y atrevido. Un ecosistema perfecto para que la clase de Paolo Guerrero saliera a jugar. Lastimosamente, una expulsión extraña en Semifinal le salió cara al seleccionado de la raya cruzada que tuvo que abandonar la Copa. Sin embargo, el mensaje es claro: en Eliminatorias, ahora compite uno más.

Mejor con pies ligeros

El agotamiento visual que provocaba ver a esta Argentina de la Copa América era tremendo. El Tata Martino había arrojado al campo una jaula con todos sus jugadores encerrados, y solo Pastore, el Flaco, podía colarse entre los barrotes. Los demás estaban limitados a ver qué sucedía en medio del hacinamiento. Sin poder gozar de espacio, los futbolistas albicelestes se movían intentando agitar algo mientras el reloj contaba los minutos. Por esa razón, el equipo no había disfrutado ni un minuto de los 360 que había jugado… hasta anoche, durante el segundo tiempo contra Paraguay.

A todos les cambió el semblante cuando vieron que por fin un rival estaba dejando algo de espacio para poder aprovechar. No habría más gestos de frustración. El panorama estuvo más claro, todos se lavaron la cara, esbozaron una sonrisa, y salieron a correr. Tal y como un reo sin grilletes, por fin libre, Argentina galopó hacia la portería de Villar. Y cayó un saco de goles. El combinado nacional que maravilló al mundo entre principios de 2012 y finales de 2013 con su arsenal ofensivo desatado volvió a hacer tal cosa ayer durante un rato. Y cómo no, si Messi volvió a sonreír.

Resignación

Es frustrante sentarse a meditar sobre la Selección Colombia cuando cada partido encaja tan inexorablemente en un patrón. Es repetitivo. Un déjà vu. La Copa América del combinado cafetero ha sido, desde un comienzo, una película trágica, cuyo desenlace tenía un destino inevitable y familiar -de los que se repite un domingo cada tanto en la televisión- y en el cual no cabía mayor sorpresa que algo entre las líneas de “el protagonista estaba muerto desde un comienzo.” El equipo de José Pékerman cayó lentamente y sin encontrar respuestas ante una conglomeración justa de circunstancias que estalló. Una Tormenta Perfecta. Un Titanic en el que, sin querer abandonar el barco, la tripulación se ahogó esperando a ver si los escombros flotaban.

Sin suerte y sin preparación, Colombia resolvió para subsistir

Absolutamente todo lo que ocurrió rumbo al partido ante Argentina indicaba que Colombia llegaba destinada a ser casi, o virtualmente, inexistente. No había interiores, no había mediocentros y no había Carlos Bacca. Nada. Ni para construir, ni para correr y buscar la contra. Pékerman comenzaba en jaque, y eso antes de siquiera pensar en que necesitaba detener al mejor futbolista del mundo. Resignado, el argentino planteó un partido sin opciones ofensiva sistemáticas: para no morir. Un 4-3-1-2 con James detrás de los delanteros y buscando el robo sobre la zona de Mascherano. Alexander Mejía -la única opción disponible- actuaba solo como mediocentro, y para apoyar su lucha desahuciada en la medular, José Néstor colocó a Santiago Arias como lateral izquierdo con ordenes de seguir a Messi y sus corridas hacia el centro. Fue un movimiento astuto y bien ejecutado donde había poco que hacer. Víctor Ibarbo ocupaba el extremo izquierdo, y tomaba la posición de lateral que tan a menudo abandonaba el hombre del PSV, intentado controlar el vértigo de las transiciones de la albiceleste.

Sin embargo, la circulación de Argentina era buena, y cobraba rapidez apoyada en las individualidades de sus mediapuntas (Messi, Di María y Pastore), de tal manera que Colombia se vio vulnerable desde el primer silbido. Nada inesperado. La salida del subcampeón del mundo era pulcra y su armado posterior, fácil. La salida de Colombia, por otra parte, era un circo. Comenzando el partido, el combinado tricolor intentó ganar claridad utilizando la modalidad lavolpiana, con Mejía parado entre Murillo y Zapata, pero, Argentina jamás dudó de aquello fuera un plante insostenible. Y apoyada en su dominio en posesión, salió a morder. El equipo de Gerardo Martino era preciso en el trámite y en el ataque escalonado y sus futbolistas siempre encontraban superioridad numérica tras sus pérdidas, de manera que el retorno a la posesión era casi inmediato. Cinco a seis hombres presionaban a uno o dos colombianos en cuestión de metros. Martino sabía que en Colombia no había quien ejerciera una pausa para corregir en territorio medular, o quien recibiera un pase largo en otra zona: no tenía nada que perder. Teo, desconocido y desconcentrado, no lidiaba bien con el rol asignado de estirar y a la vez recibir de largo y sus pérdidas comenzaron a hacerse costosas. Por eso, antes de llegar a los 30 minutos Pékerman realizó su primera substitución. Entraba, por el barranquillero, Edwin Cardona. El hombre más lento del plantel, a jugar como mediocentro. Y así, aferrada a los guantes de un colosal David Ospina, Colombia se dedicó a sufrir los minutos.

Ideas sin consolidación

Argentina es un equipo que finaliza sumamente mal en comparación con el nivel del resto de los aspectos de su juego: por el momento, recuerda aquellos equipos previos a la llegada de Alejandro Sabella, en los que la libertad que exigía la capacidad de Lionel Messi conllevaba a una pérdida de foco. De no ser por este déficit, y por las actuaciones monumentales de Ospina y Jeison Murillo, la goleada para Colombia hubiera sido segura. Sin duda. Y finalizada la Copa es imperativo pensar en el futuro, partiendo del pasado inmediato. ¿Cómo es que en cuestión de dos años el fútbol de la selección ha quedado tan obliterado y tan ausente de sus más intrínsecos pretextos? Ante la suerte nefasta que ha tenido Colombia en los últimos 24 meses, Pékerman ha sabido manejar las catástrofes bien en la inmediación del momento -la Copa del Mundo como principal ejemplo-, pero su visión a largo plazo no ha quedado tan clara. Y es posible que esto le haya costado bastante. Ante Argentina respondió bien a las ausencias, pero, ¿había manera de prepararse mejor desde antes?

En su llegada a Colombia, cada acción de José Pékerman parecía partir una visión coherente: la inclusión gradual de Cuadrado al proceso, el aumento de responsabilidad sobre James, las probaturas de Falcao como delantero centro con un acompañante, y hasta la primera convocatoria de Stefan Medina. Pero junto a esta última propuesta han quedado estancados otros proyectos que en la Copa podrían haber sido útiles, como la instalación de Zúñiga al mediocentro, o el uso de Cardona como interior profundo. Ante Perú y Venezuela, Colombia perdió oportunidades para ir cementando, bajo la competitividad, algún cambio, que alterando el grupo constante, quizá ayudara a retomar los principios y conceptos que se han perdido por mantener la consistencia grupal. Y de cara a las eliminatorias, oportunidades así no se pueden desperdiciar. Hay que recomponer. En medio de los infinitos interrogantes, lo único claro es que en el presente inmediato el fútbol de Colombia necesita el estimulo de una reformación paradigmática significativa. Y la primera pregunta debería ser si aquel hombre atrevido que desarmó la máquina torpe del Bolillo para hacerla delicada, es capaz de desensamblar su propia creación.

El equipo de Cueva y de Guerrero

José Paolo Guerrero aprovechó todas las ventajas que ofreció la defensa boliviana para anotar un hat-trick y poner a Perú en las semifinales de la Copa América. El nuevo delantero del Flamengo, con la ayuda de Claudio Pizarro que siempre sabe cómo y cuándo moverse para arrastrar marcas y abrir espacios, en varias oportunidades encontró en el área rival un lugar para quedar cara a cara con el portero rival, para rematar y, en definitiva, para anotar tres goles.

Esto no hubiera sido posible sin el trabajo realizado por las bandas, en especial por la izquierda. Allí apareció una de las grandes revelaciones del torneo, Christian Cueva. El jugador de Alianza Lima le hizo mucho daño a los bolivianos por su lado. Con el balón en los pies, el volante se apropió de una buena porción del campo y activó a sus compañeros. En el primer gol, Juan Manuel Vargas se proyectó por primera vez en el encuentro como consecuencia del arrastre de marcas que hizo Cueva con el balón. Al ver que el lateral izquierdo ya estaba posicionado en campo rival y con el suficiente espacio para centrar, el jugador nacido en Trujillo le pasó el balón para que el de la Fiorentina hiciera su trabajo y encontrara al segundo máximo goleador de la historia de la Selección de Perú de cara al arco.

Cueva fue el eje del contrataque que terminó en el segundo gol de Guerrero

Por su parte, Bolivia intentó aprovechar los espacios dejados por Luis Advíncula cuando se proyectaba. Allí aparecían Marcelo Martins, Martín Smedberg y Leonel Morales para provocar faltas o lanzar centros. En esas jugadas se gestaron las pocas oportunidades que tuvo el equipo de Mauricio Soria para anotar. Sin embargo, los centrales peruanos y el portero Gallese estuvieron atentos para sacar el balón del área.

En definitiva, el conjunto que dirige Ricardo Gareca ya está encontrando un plan de juego y lo está comenzando a ejecutar de manera eficiente. En las semifinales, frente a Chile, el reto será mayor. Ya veremos si Perú está a la altura del desafío que supondrá vencer a la Selección de Jorge Sampaoli en su casa. El equipo de Cueva y Guerrero tendrá que exigirse al máximo.

Messi entre dudas

Llionel Messi está pletórico. Hay que partir de ese hecho -porque no es una suposición, es un hecho- para abordar todo lo que tenga que ver con los equipos en los que él milita. El 10 del Barcelona y de Argentina llega en un estado de forma excepcional a afrontar los cuartos de final de una Copa América que está obligado a ganar. Más aún después del precedente del Mundial, y de haber conseguido el segundo Triplete de su carrera siendo la estrella absoluta en su club. El nivel de presión es tremendo. Y, sin embargo, su equipo, el dirigido por Gerardo Martino, ha sido más de sombras que de luces en esta competición.

Messi en la derecha de Argentina no encuentra lo mismo que en la derecha del Barcelona

Señalar por esto último a Messi no tendría sentido alguno. Todo jugador de este deporte está atado al amplio contexto de sus equipos. Y Lionel, que esta temporada ya demostró ser un universo incontenible de fútbol a poco que le ayuden, no encuentra situaciones para brindar calidad y superioridad a la albiceleste de forma constante. El Tata Martino ha trabajado con el 10 en banda derecha, al igual que Luis Enrique en España, pero los entornos y los resultados son sustancialmente distintos en clave Messi, y ello se reflejado en el juego de su bando.

En el Camp Nou, desde enero, la hoja de ruta ha tenido siempre como constante, primero, que Messi tenga una opción de pase fija en la izquierda, y segundo, que encuentre libertad para irse a zonas interiores desde su posición de extremo sin que el equipo pierda amplitud por derecha. De la izquierda se encargaban Alba o Neymar, y de la derecha, Suárez, Rakitic o Alves. Pasa entonces que en Argentina, por lo general, Zabaleta no se está proyectando en ataque, y el interior del flanco de Messi -Biglia- nunca ha sido de coquetear con la línea de cal. Además, Di María, el teórico extremo izquierdo, no se queda estirando en su banda para esperar el pase enroscado de Messi, y Rojo, el lateral izquierdo, cuando recibe arriba, no tiene capacidad técnica para hacer productiva su ventaja posicional.

Argentina, teniendo en cuenta todo lo anterior, es un equipo de marcada vocación ofensiva a través del manejo de la pelota, pero sin las facultades para hacer efectiva su arma más letal: nada menos que el mejor futbolista del mundo. Y los demás jugadores del grupo albiceleste, ubicados en un sistema específico, tampoco se prodigan tocando la pelota con tanto acierto y sentido como para desorganizar al contrario de manera constante. De ahí que sus arranques de partido en esta Copa siempre hayan parecido apabullantes: porque con aire y resto físico ejecutar es más fácil. Luego, cuando falta oxígeno y las piernas dejan de responder, Argentina se queda en poco. Messi puede producir muchas cosas al mismo tiempo por sí solo incluso con todas las trabas expuestas antes durante la primera media hora. Después, cuando necesita un cable de sus compañeros, encuentra un panorama desalentador.

Colombia deberá sobrevivir la primera media hora

Colombia, aún al borde del colapso, y mermada por la baja de su doble pivote al completo, tendrá opciones si sobrevive a los 30 minutos iniciales de Messi, Pastore y Agüero, y si logra superar a Mascherano corriendo hacia Romero. Los encargados de llevar a buen término la hazaña serán Ospina, Murillo, Mejía, James y Teófilo. Complicado, sí, pero no imposible. Las dudas no las tiene sólo el conjunto de Pékerman. Messi y compañía tampoco gozan de muchas certezas.

Presagio

Un método siempre se juzgará parcialmente con respecto a su éxito, particularmente, en un juego con un amplio espectro de estrategias posibles y un único objetivo. La justificación siempre estará ahí, al menos desde un argumento casi circular: “se jugó bien porque se ganó y se ganó -supuestamente- porque se jugó bien.” Desde una evaluación más independiente, sin embargo, lo de Colombia es difícil de defender. Una combinación de factores ha llevado a que el equipo, luchando contra la corriente desde hace tiempo, finalmente colapse sobre sí mismo, y la respuesta ha sido nula. Inexistente. Ante Perú, lo más grave no fue que Colombia sintiera cómo la clasificación a la siguiente ronda se le escurría de las manos; sino, la impotencia con la que ésta observaba cabizbaja. José Pékerman y su tricolor se han quedado sin soluciones o, siquiera, respuestas. No las hay. En mitad de un partido en el que la victoria parecía, ante todo pronóstico, necesaria para la supervivencia, no hubo para especular sino un cambio indescifrable, un volante de marca, y una sustitución inservible. Nada. Los tres encuentros de la Copa América, de hecho, no han sido sino una guerra constante contra el recuerdo de un momento futbolístico irrepetible, que, desde su nostalgia y ansiedad intrínseca, ha acabado jalando a la selección, aún más, hacia el estancamiento. Y en el fútbol, como en la vida, estancarse es lo único inaceptable. Es morir. En las palabras de James Rodríguez, “estamos penando”.

¿Hemos llegado al fin?

De momento, la suerte mantiene a Colombia en la Copa y, así, conserva con vida una fantasía cuya transparencia se hace cada vez más conspicua. Pero, ¿y ahora? ¿Qué viene después? El actual proceso sin duda ha dejado atrás su pico en un rincón tan lejano que la opción de volver es inexistente. Para moverse, solo queda seguir adelante; pero antes, hay que ver si es posible. La actual generación se ahoga en su propia insipidez y pide a gritos una revitalización futbolística y motivacional a la que José Néstor Pékerman aún no acude. La fidelidad a su éxito inicial le ha dificultado al argentino la toma de los riesgos necesarios para cambiar -los mismos paradigmas, el mismo equilibrio situacional-, y si su camino no es el correcto, Colombia tendrá que escoger entre caerse o dejarlo atrás. El peor enemigo del progreso, dicen, es el progreso falso; y éste suele ir apoyado en glorias pasadas. En reflejos. Más allá del efecto directo de los planteamientos tácticos, las actuaciones de los futbolistas necesitan ser incentivadas con sensaciones dentro y fuera de la cancha, actuales y potenciales, y a Pékerman, parece, se le han acabado. Para continuar, Pek debe convertirse en otro. Hoy por hoy, en el estancamiento no queda sino un presagio de una amarga despedida.

Ciclos

En 1998, en una entrevista publicada por el diario argentino El Clarín, Marcelo Bielsa explicó que “un entrenador no es mejor por sus resultados ni por su estilo, modelo o identidad. Lo que tiene valor es la hondura del proyecto, los argumentos que lo sostienen, el desarrollo de la idea”. Es una frase de tantas que el estratega argentino lleva anotada en un libro de notas. En aquella misma entrevista, Bielsa recordó una de sus metáforas favoritas: una analogía que el actual seleccionador uruguayo Óscar Wáshington Tabárez recordaría nuevamente en el 2013, a pocos meses de participar en la Copa Confederaciones, y a unos cuantos de haber caído goleada por 4-0 ante la Colombia de Pékerman en las eliminatorias: “Los equipos de fútbol tienen, como las civilizaciones, evoluciones e involuciones. Tienen un advenimiento, un apogeo, y una decadencia. Y en el fútbol pasa lo mismo».