La alargada sombra de Carlos Valderrama

El recambio ya había empezado en la Copa América de 1995, pero la presencia de Valderrama, Higuita, Álvarez, Rincón o Asprilla hacían que la selección siguiera pivotando sobre la misma base del fabuloso equipo de Francisco Maturana. ‘Bolillo’ Gómez, aunque mano derecha de ‘Pacho’, veía el fútbol de una manera diferente.

De Ortiz a Valderrama

Cali, 1985. Colombia había quedado tercera en su grupo, conformado por Argentina, Perú y Venezuela, en las eliminatorias para el Mundial de 1986, y por lo tanto debía jugar un play-off de repechaje que lo emparejó con Paraguay en la semifinal y que, de ganar, lo llevaría jugarse una plaza en el Mundial ante el ganador de la llave entre Chile y Perú.

¿Para cuándo un ’10’?

Ser distinto es lo que muchas veces se le pide al volante creativo de un equipo. Poseer y esparcir magia con balón por medio de pases estéticos y acciones brillantes que terminen siendo ofrendas para la construcción del juego y la creación de situaciones de gol. Sin más, de ese tipo de jugadores se esperan decisiones acertadas, movimientos cerebrales y un chasquido imaginario cuando sus zapatos entren en contacto con el esférico. Estos jugadores en Deportivo Cali fueron insignia: Carlos Valderrama, Jairo Arboleda, Edison Mafla; y muchos otros. No obstante, ahora en el siglo XXI el legado heredado no parece florecer, germinar. Más allá del agrado impregnado por Mayer Candelo y Pablo Batalla. Ni los cultivos sembrados en las inferiores han regalado un talento destellante en esa posición ni los nombres que llegan suplen el vacío que parece prolongarse en el tiempo sin encontrar hora y lugar exacto; aunque la poesía intente saciar una petición enfermiza.

Ha pasado mucho tiempo desde que el Deportivo Cali tuvo un 10 de quilates en sus filas

¿Qué sucede con los volantes de ese corte que en Deportivo Cali no rinden? ¿Es tan pesada la etiqueta que el entorno les ahoga? ¿Cuál fue el último que logró un rendimiento aceptable? ¿La exigencia es tal que les termina suprimiendo? ¿La expectativa por el que llega es tan fuerte como para aterrorizarlo? Las preguntas podrían sucederse una tras otra de la misma forma que se mencionan los nombres desechados por la dorsal ‘10’. El trono no encuentra voz altiva y constante. Lo normal es que aparezca. Pero hasta ahora parece difícil.

Ser el sentí-pensante, en cualquier actividad, siempre será agotador y fulminante. Llevar a cuestas las ideas de un grupo es un trabajo laborioso que no todos cumplen a cabalidad. Coordinar, hacer que todos hablen el mismo idioma, impedir los desajustes, contagiar, etc. Quizá en Deportivo Cali uno de los últimos que haya cumplido sea Carlos Lizarazo. No en su totalidad, aunque la valoración de su trabajo no fue justa. Nunca fue un enganche tradicional cuando estuvo en el equipo profesional, pero su actuación en cuadrangulares del 2013 no hay que apartarla, pues sacó a relucir varias de sus virtudes a tal punto de enviar al equipo a una final. El canterano, que siempre partió de las bandas para intentar conllevar tareas de creación, dejó pequeñas memorias representadas por un juego alegre y una zurda potente.

Las funciones del 10 azucarero han sido interpretadas desde otras posiciones

Deportivo Cali extraña alguien capaz de liderar al equipo, llevar la bandera y ser el guía cuando la adversidad llama a la puerta. Justo aquí aparece un nombre como el de Pablo Martín Batalla. Volante argentino que desempacara su fútbol en 2009 en la institución otorgando un dominio de la posición con destreza, capacidad, improvisación y entereza. Batalla conducía al equipo cuando era necesario, no malgastaba pases sin sentido y, si la coyuntura demandaba transformase en abanderado de la victoria, lo hacía sin fruncir el ceño. La ‘10’ la hizo suya y entonó varias canciones que aún se resisten a la desaparición de la biblioteca sonora del hincha azucarero.

Álvaro Domínguez, en 2005, completó un torneo finalización a la altura de la exigencia de un DT como Pedro Sarmiento, que aplicó un juego poco vistoso pero práctico para coronarse campeón en diciembre del año en mención. El Caracho, como se le apodaba a Domínguez, fue un jugador que seguía al pie de la letra las indicaciones de su timonel. Dinámico, inteligente y con llegada al gol. Domínguez, quien tampoco representa al enganche, pues jugaba por banda y sus características delinearon otro jugador, tuvo incidencia en la generación de juego del equipo campeón, desarrollando movimientos entre líneas y añadiendo toques de calidad para contrarrestar la precariedad en la creación de aquel conjunto.

Pablo Batalla: lo más cercano a un enganche tradicional en la historia reciente del Cali

No se mencionan jugadores enganches que respondan a la tipología de clásicos, puros, castizos, porque simplemente su rendimiento fue poco condecorado como para pintar imágenes que forjaran un recuerdo apacible en las mentes verdes y blancas (Gabriel Fernández, Néstor Camacho, Jonathan Álvarez, César González, Paolo Frangipane, Sebastián Hernández, David Mendieta, Martín Morel, etc). El único que trasciende esta línea, si se me permite, es el argentino Batalla, quien presentaba costuras de enganche convencional y al que la posición no le pasó factura para hundirlo en la impotencia y el fracaso.

El haber gozado de maestros y estandartes en esa posición no ha servido para erradicar los espejismos que, de un tiempo para acá, saltan a la luz sin encontrar un orquestador de juego que cambie la situación de oscura a iluminada. Las razones del mal funcionamiento en Deportivo Cali oscilan desde la evolución a un juego sin la figura del volante creativo, que ha llevado a la poca aparición de futbolistas de ese orden, pasando por la nula respuesta del jugador, hasta el temor de encajonar decididamente un proyecto deportivo en jugadores de esa índole. Es tal el estigma que se ha creado que parece un imposible que quién asuma la designación de “volante de armado” no se sienta perturbado y castigado antes de poder mostrar alguna virtud. Es caerse de una bicicleta sin siquiera haberla montado.

En la actualidad los sonidos que se desprenden de esa posición no tienen ninguna melodía. Fernando Castro realiza una búsqueda incansable mientras sintoniza diales con el fin de suplir su apetito de romance; ese que se desprende cuando un jugador es capaz de darle conciencia, aire y tiempo al equipo. Pausa y velocidad. Aspectos necesarios para que el próximo año en Sudamérica se atisbe un horizonte sin protuberancias y en el que la silueta de un ‘10’ maneje los tiempos permitiendo que los grandes goleadores del Deportivo Cali cosechen sus frutos en el pórtico rival.