Una reminiscencia

Diego Godín y Josema Giménez se atrincheran en uno de los dos rectángulos más pequeños de un campo de césped para despejar con cualquier parte de su humanidad algo que represente una amenaza, ya sea una una pelota, una pierna, una cabeza, o incluso un cuerpo entero. Del otro lado, Javier Mascherano otea el panorama desde una posición lejana, consciente de la dificultad del escollo. Unos metros más adelante, Leo Messi, taciturno, y por lo tanto no-omnipotente, busca la oportunidad de derribar, como sea, la resistencia de esos hombres abstraídos por la fe que tienen en sí mismos. La intensidad sube a la par de la temperatura, la tensión se dispara, y el conflicto se cierne sobre el lugar. En algún lado hemos visto esa escena, y no una vez, sino varias. No sólo en La Serena, Chile. Tal vez en otro lugar distante… como España.

Si hay múltiples paralelismos que juntan a la Uruguay del maestro Tabárez con el Atlético de Madrid de Diego Pablo Simeone, lo de ayer se asemejó mucho a los duelos que mantenía el equipo colchonero con el FC Barcelona del Tata Martino, quien ayer no duró más de media hora a pie de campo. El resultado, que en dichos enfrentamientos favorecía casi siempre a los rojiblancos, no cayó del lado uruguayo porque hizo falta un gran rematador para la faena -Suárez-, y porque la albiceleste, con el 10 en un estado infinitamente mejor al de aquellos días de 2014, y con un poco más de convicción, supo sobrevivir a las oleadas de pundonor de su rival. La gran favorita de esta Copa aún debe convencer, y su eterno contendor, como siempre, camina sin que nadie quiera encontrarlo por el camino.

La órbita de Teo

Sentado en el escritorio, donde seguramente descansa después de su muerte, se encuentra Nicolás Copérnico. Hace pocos minutos comenzó a sentir que sus párpados ganaban peso y notó que su cabeza comenzaba a inflamarse un poco. En ese instante se dio cuenta de que aquella jaqueca que venía aquejándolo hace ya varios fines de semana estaba volviendo a manifestarse.

Bastante lejos de ahí, en el mundo de los vivos, salta a la cancha un delantero colombiano. Cuando el botín de Teófilo toca el césped la jaqueca de Copérnico comienza a agudizarse. Con el correr de los minutos el delantero centro de River Plate entra en calor y cada vez contacta más con la pelota. Mientras tanto, el astrónomo del renacimiento se retuerce del dolor y trata de buscar una respuesta a su malestar. Entonces decide asomarse por su ventana, que conecta directamente al planeta tierra y ahí, en exactamente 9 segundos, lo entiende todo.

Teófilo Gutiérrez goza de mucha libertad para moverse.

Teo recibe abierto, realiza una doble pared con Tomás Martínez y define con un toque sutil frente al portero. Copérnico cierra su ventana y se sienta nuevamente en su escritorio, saca sus estudios sobre la teoría heliocéntrica y comienza a despedazarlos mientras murmura: “Todos estos años convenciendo a la humanidad de que la tierra gira alrededor del sol para que aparezca uno entre 8.000 millones que es capaz de generar su propia órbita en torno a una esfera de 70 cm de circunferencia”.