Ver y creer

Tener fe en el fútbol de Perú es, más que nada, tener fe en el ADN de su futbolista. Sin mayor contextualización. De ahí, al menos, ha partido todo. Así mismo lo vio Ricardo Gareca antes de asumir un cargo al que luego calificaría como el desafío más importante de su vida. “Creo en el jugador peruano, por eso estoy aquí”, declaró en su presentación. El Tigre ha reconocido, con puntualidad, destellos borrosos en el futbolista inca que, si bien eran visibles desde hace años, rara vez habían sido detallados con tanta nitidez. En un momento en el que la discusión sobre la identidad futbolística del país comenzaba a tomar fuerza por primera vez en décadas, el estratega argentino llegó a instaurar conceptos nuevos y a revalorar las piezas a su disposición, revitalizando así a una generación cuyos logros, hasta entonces, se habían quedado cortos de su potencial. En cuestión de meses, la selección peruana de Ricardo Gareca se ha convertido en una bestia elaborada y competitiva, digna de enfrentarse a cualquier equipo de Sudamérica. Y eso dice mucho sobre su evolución.

Gareca llegó en marzo del 2015 y marcó un cambio descomunal

Al ser destituido en diciembre del 2014, el ex-seleccionador de Perú, Pablo Bengoechea, evaluó al jugador peruano como un diamante bruto: “Condiciones para el juego las tienen de manera natural; se requiere mejorar el físico para tener ritmo de competencia internacional.” Gareca se dedicó a explotar lo primero y a pulir lo segundo. Jamás habló de estilo: tenía una idea, pero estaba dispuesto a empeñarlo todo. A optimizar. Forjó relaciones claves: viajó a Italia a visitar a Juan Manuel Vargas, luego a Alemania a hablar del físico de Claudio Pizarro y a reunirse con Jefferson Farfán. Y supo, a la misma vez, identificar a sus piezas claves en la liga local. Convocó a un cuestionado Christian Cueva como principal revulsivo de su transición ofensiva, y al goleador del anterior proceso, Carlos Ascues, como defensa central. Este último ayudaría a orquestar, junto a Carlos Zambrano, lo que sería una de las mejores salidas con pelota de la Copa América. Con Advíncula y Vargas como laterales adelantados se podía gestar una salida lavolpiana pulcra; con Ballón y (sobre todo) Lobatón, había pase entre líneas y juego interior. Perú dejó de ser el equipo reactivo de Markarián, o el cuadro indeciso de Bengoechea, para ser un cuadro proactivo. Impulsivo y atrevido. Un ecosistema perfecto para que la clase de Paolo Guerrero saliera a jugar. Lastimosamente, una expulsión extraña en Semifinal le salió cara al seleccionado de la raya cruzada que tuvo que abandonar la Copa. Sin embargo, el mensaje es claro: en Eliminatorias, ahora compite uno más.

Resignación

Es frustrante sentarse a meditar sobre la Selección Colombia cuando cada partido encaja tan inexorablemente en un patrón. Es repetitivo. Un déjà vu. La Copa América del combinado cafetero ha sido, desde un comienzo, una película trágica, cuyo desenlace tenía un destino inevitable y familiar -de los que se repite un domingo cada tanto en la televisión- y en el cual no cabía mayor sorpresa que algo entre las líneas de “el protagonista estaba muerto desde un comienzo.” El equipo de José Pékerman cayó lentamente y sin encontrar respuestas ante una conglomeración justa de circunstancias que estalló. Una Tormenta Perfecta. Un Titanic en el que, sin querer abandonar el barco, la tripulación se ahogó esperando a ver si los escombros flotaban.

Sin suerte y sin preparación, Colombia resolvió para subsistir

Absolutamente todo lo que ocurrió rumbo al partido ante Argentina indicaba que Colombia llegaba destinada a ser casi, o virtualmente, inexistente. No había interiores, no había mediocentros y no había Carlos Bacca. Nada. Ni para construir, ni para correr y buscar la contra. Pékerman comenzaba en jaque, y eso antes de siquiera pensar en que necesitaba detener al mejor futbolista del mundo. Resignado, el argentino planteó un partido sin opciones ofensiva sistemáticas: para no morir. Un 4-3-1-2 con James detrás de los delanteros y buscando el robo sobre la zona de Mascherano. Alexander Mejía -la única opción disponible- actuaba solo como mediocentro, y para apoyar su lucha desahuciada en la medular, José Néstor colocó a Santiago Arias como lateral izquierdo con ordenes de seguir a Messi y sus corridas hacia el centro. Fue un movimiento astuto y bien ejecutado donde había poco que hacer. Víctor Ibarbo ocupaba el extremo izquierdo, y tomaba la posición de lateral que tan a menudo abandonaba el hombre del PSV, intentado controlar el vértigo de las transiciones de la albiceleste.

Sin embargo, la circulación de Argentina era buena, y cobraba rapidez apoyada en las individualidades de sus mediapuntas (Messi, Di María y Pastore), de tal manera que Colombia se vio vulnerable desde el primer silbido. Nada inesperado. La salida del subcampeón del mundo era pulcra y su armado posterior, fácil. La salida de Colombia, por otra parte, era un circo. Comenzando el partido, el combinado tricolor intentó ganar claridad utilizando la modalidad lavolpiana, con Mejía parado entre Murillo y Zapata, pero, Argentina jamás dudó de aquello fuera un plante insostenible. Y apoyada en su dominio en posesión, salió a morder. El equipo de Gerardo Martino era preciso en el trámite y en el ataque escalonado y sus futbolistas siempre encontraban superioridad numérica tras sus pérdidas, de manera que el retorno a la posesión era casi inmediato. Cinco a seis hombres presionaban a uno o dos colombianos en cuestión de metros. Martino sabía que en Colombia no había quien ejerciera una pausa para corregir en territorio medular, o quien recibiera un pase largo en otra zona: no tenía nada que perder. Teo, desconocido y desconcentrado, no lidiaba bien con el rol asignado de estirar y a la vez recibir de largo y sus pérdidas comenzaron a hacerse costosas. Por eso, antes de llegar a los 30 minutos Pékerman realizó su primera substitución. Entraba, por el barranquillero, Edwin Cardona. El hombre más lento del plantel, a jugar como mediocentro. Y así, aferrada a los guantes de un colosal David Ospina, Colombia se dedicó a sufrir los minutos.

Ideas sin consolidación

Argentina es un equipo que finaliza sumamente mal en comparación con el nivel del resto de los aspectos de su juego: por el momento, recuerda aquellos equipos previos a la llegada de Alejandro Sabella, en los que la libertad que exigía la capacidad de Lionel Messi conllevaba a una pérdida de foco. De no ser por este déficit, y por las actuaciones monumentales de Ospina y Jeison Murillo, la goleada para Colombia hubiera sido segura. Sin duda. Y finalizada la Copa es imperativo pensar en el futuro, partiendo del pasado inmediato. ¿Cómo es que en cuestión de dos años el fútbol de la selección ha quedado tan obliterado y tan ausente de sus más intrínsecos pretextos? Ante la suerte nefasta que ha tenido Colombia en los últimos 24 meses, Pékerman ha sabido manejar las catástrofes bien en la inmediación del momento -la Copa del Mundo como principal ejemplo-, pero su visión a largo plazo no ha quedado tan clara. Y es posible que esto le haya costado bastante. Ante Argentina respondió bien a las ausencias, pero, ¿había manera de prepararse mejor desde antes?

En su llegada a Colombia, cada acción de José Pékerman parecía partir una visión coherente: la inclusión gradual de Cuadrado al proceso, el aumento de responsabilidad sobre James, las probaturas de Falcao como delantero centro con un acompañante, y hasta la primera convocatoria de Stefan Medina. Pero junto a esta última propuesta han quedado estancados otros proyectos que en la Copa podrían haber sido útiles, como la instalación de Zúñiga al mediocentro, o el uso de Cardona como interior profundo. Ante Perú y Venezuela, Colombia perdió oportunidades para ir cementando, bajo la competitividad, algún cambio, que alterando el grupo constante, quizá ayudara a retomar los principios y conceptos que se han perdido por mantener la consistencia grupal. Y de cara a las eliminatorias, oportunidades así no se pueden desperdiciar. Hay que recomponer. En medio de los infinitos interrogantes, lo único claro es que en el presente inmediato el fútbol de Colombia necesita el estimulo de una reformación paradigmática significativa. Y la primera pregunta debería ser si aquel hombre atrevido que desarmó la máquina torpe del Bolillo para hacerla delicada, es capaz de desensamblar su propia creación.

Presagio

Un método siempre se juzgará parcialmente con respecto a su éxito, particularmente, en un juego con un amplio espectro de estrategias posibles y un único objetivo. La justificación siempre estará ahí, al menos desde un argumento casi circular: “se jugó bien porque se ganó y se ganó -supuestamente- porque se jugó bien.” Desde una evaluación más independiente, sin embargo, lo de Colombia es difícil de defender. Una combinación de factores ha llevado a que el equipo, luchando contra la corriente desde hace tiempo, finalmente colapse sobre sí mismo, y la respuesta ha sido nula. Inexistente. Ante Perú, lo más grave no fue que Colombia sintiera cómo la clasificación a la siguiente ronda se le escurría de las manos; sino, la impotencia con la que ésta observaba cabizbaja. José Pékerman y su tricolor se han quedado sin soluciones o, siquiera, respuestas. No las hay. En mitad de un partido en el que la victoria parecía, ante todo pronóstico, necesaria para la supervivencia, no hubo para especular sino un cambio indescifrable, un volante de marca, y una sustitución inservible. Nada. Los tres encuentros de la Copa América, de hecho, no han sido sino una guerra constante contra el recuerdo de un momento futbolístico irrepetible, que, desde su nostalgia y ansiedad intrínseca, ha acabado jalando a la selección, aún más, hacia el estancamiento. Y en el fútbol, como en la vida, estancarse es lo único inaceptable. Es morir. En las palabras de James Rodríguez, “estamos penando”.

¿Hemos llegado al fin?

De momento, la suerte mantiene a Colombia en la Copa y, así, conserva con vida una fantasía cuya transparencia se hace cada vez más conspicua. Pero, ¿y ahora? ¿Qué viene después? El actual proceso sin duda ha dejado atrás su pico en un rincón tan lejano que la opción de volver es inexistente. Para moverse, solo queda seguir adelante; pero antes, hay que ver si es posible. La actual generación se ahoga en su propia insipidez y pide a gritos una revitalización futbolística y motivacional a la que José Néstor Pékerman aún no acude. La fidelidad a su éxito inicial le ha dificultado al argentino la toma de los riesgos necesarios para cambiar -los mismos paradigmas, el mismo equilibrio situacional-, y si su camino no es el correcto, Colombia tendrá que escoger entre caerse o dejarlo atrás. El peor enemigo del progreso, dicen, es el progreso falso; y éste suele ir apoyado en glorias pasadas. En reflejos. Más allá del efecto directo de los planteamientos tácticos, las actuaciones de los futbolistas necesitan ser incentivadas con sensaciones dentro y fuera de la cancha, actuales y potenciales, y a Pékerman, parece, se le han acabado. Para continuar, Pek debe convertirse en otro. Hoy por hoy, en el estancamiento no queda sino un presagio de una amarga despedida.

Ciclos

En 1998, en una entrevista publicada por el diario argentino El Clarín, Marcelo Bielsa explicó que “un entrenador no es mejor por sus resultados ni por su estilo, modelo o identidad. Lo que tiene valor es la hondura del proyecto, los argumentos que lo sostienen, el desarrollo de la idea”. Es una frase de tantas que el estratega argentino lleva anotada en un libro de notas. En aquella misma entrevista, Bielsa recordó una de sus metáforas favoritas: una analogía que el actual seleccionador uruguayo Óscar Wáshington Tabárez recordaría nuevamente en el 2013, a pocos meses de participar en la Copa Confederaciones, y a unos cuantos de haber caído goleada por 4-0 ante la Colombia de Pékerman en las eliminatorias: “Los equipos de fútbol tienen, como las civilizaciones, evoluciones e involuciones. Tienen un advenimiento, un apogeo, y una decadencia. Y en el fútbol pasa lo mismo».

Agresividad del pasado

El garrafal error de Fernando Amorebieta en el partido ante Perú fue bastante reminiscente del proceso de César Farías. Bajo el anterior director técnico, Venezuela fue un equipo considerablemente agresivo: si bien no se excedía en el campo de juego, sí rozaba los límites con su discurso. Era un momento distinto, por supuesto. Farías había llegado a consolidar un alza de popularidad en el fútbol venezolano sin precedentes que se había venido cocinando durante el tiempo al mando de Richard Páez; y su principal pretexto, tanto para con sus jugadores como para con su público, era una solicitud pendenciera por un respeto que, ameritado o no, le había sido negado hasta entonces al fútbol vinotinto. La proposición futbolística era, consecuentemente, más un complemento que un argumento: bajo Farías, Venezuela siempre fue un equipo reactivo, que jugaba cuando el contexto así lo daba. Ocasiones raras. Y era un equipo que, ineludiblemente, pegaba. En medio del conflicto interno y la animosidad entre clases sociales que afligía (y continúa afligiendo) al país, Venezuela encontraba unión temporal enfocando frustración sobre un blanco común: el rival. La Copa América del 2011, resultó ser el mejor torneo internacional en la historia del país, y Farías fue dirigiendo su discurso cada vez más hacia un sentimiento nacional de victimización colectiva, de tal manera que el hincha local llegó hasta a celebrar golpes al equipo opuesto. «Le voy a comer los tobillos a Messi”, amenazaba Tomás Rincón, citado en la tapa de los periódicos.

Chita lo ha cambiado todo

Bajo la mano de Noel Sanvicente, Venezuela es otra: un equipo con una propuesta de fútbol con pelota elaborada, y con conceptos relativamente lujosos, que posiblemente se haya consolidado el día de su debut en Chile 2015 ante Colombia. Los primeros trazos del partido ante Perú sirvieron como mayor evidencia de la calidad de la idea: desde el pivoteo de Juan Arango a la puntualidad multifacética de Alejandro Guerra. Más allá de gustos y tendencias filosóficas, después de todo, para progresar en una eliminatoria, la proactividad pudiera ser esencial para el proceso vinotinto en esta nueva idea. Pero la falta insensata de Amorebieta que acaba ameritando su expulsión ante Perú, llega desde un pasado como recordatorio del lado opuesto del disco: una idea jamás se olvida por completo.

Colapso

Sería injusto categorizar lo sucedido ante Venezuela como una sorpresa. El declive de Colombia comenzó a ser evidente desde la Copa del Mundo, inmediatamente después de la lesión de Radamel Falcao, y en los meses recientes -debido a una gama de factores- se había intensificado. Era claro que en los últimos amistosos Colombia probaba, ante rivales de menor envergadura, distintos métodos para generar contextos cuya creación intrínseca se había hecho imposible con el desenchufe casi simultáneo de Edwin Valencia, Macnelly Torres y Radamel. Pero nunca hubo señales de consolidación. Ni la más mínima. A aquellas deficiencias sistémicas, se sumaron las presiones de la inflación mediática -tanto a nivel individual como colectivo- y de bajas de nivel y moral atroces, de tal manera que la tormenta, finalmente, tocó tierra. Lo sucedido era inevitable y, como todo, apenas cuestión de tiempo.

 Infraestructura defectuosa

Las primeras pistas de que algo extraño podía ocurrir llegaron desde que se dio a conocer alineación inicial. Ésta no disgustaba del todo, pero la aparición de Carlos Bacca como delantero titular junto a Falcao García, yuxtapuesta a la ausencia de un mediocampista interior con el criterio y dinamismo de Abel Aguilar, comenzaba a generar dudas. No quedaba claro cómo se avanzaría entre líneas sin balón. Ni siquiera si esto era posible. Casi de inmediato fue evidente que José Néstor Pékerman apostaba por un fútbol muchísimo más directo: no un derivado moderado como el juego resolutivo que había planteado durante la Copa del Mundo, sino un sistema directamente fundado en el lanzamiento y el choque, que dejaba cero espacio para la salida con pelota y conllevaba confiadamente a lucha de los delanteros en la profundidad del territorio rival. Pero ante el embudo forjado en la retaguardia venezolana esto no fue efectivo. Apoyada en la corpulencia de Túñez, Vizcarrondo y Amorebieta, la última línea vinotinto consiguió repetidamente superioridad aérea, y la primera línea de mediocampistas fue exitosa tanto al cerrarse hacia la defensa, como al neutralizar los rebotes.

Epicentro

Hay que destacar, no obstante, que la infertilidad en el último tercio no fue la única cause del fracaso, ni el único motivo de preocupación. En el contexto de la Colombia de los últimos tres años, la posesión y el dominio son prácticamente equivalentes, y con la pérdida lo primero, lo segundo fue inexequible. Venezuela fácilmente se hizo dueña del mediocampo, apoyada por el robo seco de Tomás Rincón y el dinamismo incansable de Luis Manuel Seijas. A eso, hay que decirlo, se sumó la conducción de Juan Arango -cuyos toques, aunque escasos, eran esenciales tanto en trámite como en la búsqueda de la finalización- y el desconcierto de los mediocampistas colombianos, quienes veían la pelota más volando sobre sus cabezas que llegando a sus pies. No hay duda de que Carlos Sánchez y Edwin Valencia se encuentran lejos de su mejor forma. Ellos intentaron, por naturaleza, acercarse a los centrales para intentar ejecutar salidas con pelota así fueran escasas, pero, su impacto se diluía en su falta de rapidez, la severidad de la presión rival, y la ausencia de un primer receptor. Esto, de hecho, pudo haber sido el epicentro de la tragedia. Los tres hombres en última línea -dos centrales y un mediocentro- jamás encontraron un escalón que sirviera como variante para el rechazo largo (e impreciso) y mucho menos un primer pase partiendo de esa posición. Valencia y Sánchez fueron nulos entre líneas y recibiendo de espaldas. No existían. Y eso también era de esperarse.

Ruptura

Ya más allá de los patrones sistemáticos fallidos, hay que decir que el nivel individual, nuestro principal argumento de adaptación, tampoco estuvo. El recurso de los laterales -Pablo Armero y Camilo Zúñiga- tanto en la salida como en la llegada fue bastante blando, y los defensores centrales se vieron deficientes en posicionamiento, velocidad y capacidad para la basculación. Los ataques de Venezuela fueron escasos, pero Murillo y Zapata, con frecuencia, se vieron exigidos. Por otra parte, sería injusto juzgar el partido de Carlos Bacca y Falcao García, ya que las deficiencias colectivas limitaron bastante su participación; sin embargo, es importante resaltar la inconsecuencia absoluta del fútbol de James Rodríguez. El ‘10’, hasta los últimos 20 minutos, sencillamente no apareció. Su accionar tras recibir de espaldas fue mucho menos eficiente de lo usual, y se mostró por lo general débil y ansioso en la conducción. El generador de momentos estuvo en freno y más allá de su impacto directo, su ausencia volteó la balanza de sensaciones completamente a favor del cuadro de Noel Sanvicente.

Recuperación

¿Es posible rescatar la Copa? Resulta difícil decir. Colombia, hacia el futuro cercano, es una incógnita completa. Sin embargo, parece evidente aquello que Pékerman quizá se rehusó a creer antes del partido: es necesario volver al comienzo. A la identidad del proceso. Y cueste lo que cueste. Colombia, hoy por hoy, tiene recursos cuya mejor forma no compagina con la idea que resucitó el argentino con su llegada, pero estos deben ser considerados dispensables ante el camino del éxito. Y todas las probaturas parecen sugerir que regresar a esa premisa inicial es el preludio ineludible para la victoria. Para tal propósito, restablecer la salida con balón como punto de partida -quizá con la inclusión de Pedro Franco o Carlos Sánchez como centrales titulares- pudiera ser una opción importante. Y posibilitar el ataque posicional con la inserción de Teo Gutiérrez en el once inicial parece ser necesario.

“De hecho, no es anecdótico que en el fútbol, como juego que se mueve entre lo místico y lo alegórico, se acuda tanto al concepto de identidad para explicar el éxito de determinados clubes y selecciones. Los equipos de fútbol son personificaciones de una historia y están compuestos por un ADN exacto. (…) Esa ha sido la función del fútbol en Colombia. La de contar chistes en los momentos más lúgubres. Es algo que se ve en nuestro estilo de jugar por jugar, a veces como si no hubieran porterías y pensando que estamos en el barrio jugando un picadito con amigos. Divirtiéndonos.»*

*Ustáriz, Eduardo. La Estrategia del Caracol en El Dorado Magazine (Edición #00). Bogotá. Julio 15, 2015. Pg. 24

Ajustes de tamaño

Vladimir Hernández es un futbolista que resulta bastante complicado de evaluar, en parte porque es sumamente inconsistente. El araucano posee la capacidad de dar luz a brillanteces, pero solo bajo contextos específicos tanto futbolísticos como mentales. Es hombre de ciertas zonas del campo. Particularmente, de aquellas que le facilitan la toma de decisiones. El diminuto extremo no tiene buena lectura y a menudo acaba abusando  de sus dotes de tal manera que éstos se convierten en defectos; de hecho, si hay alguien que confía en Vladimir es el mismo Vladimir. Por lo mismo, su nivel acaba siendo cíclico: a medida que éste va subiendo los excesos de confianza lo regresan a un bajón. Por fortuna para el futbolista, sin embargo, otro que le ha tenido confianza es Alexis Mendoza. A medida que su esquema evolucionó de un 4-1-3-2 a un 4-2-3-1 con extremos definidos, el estratega decidió convertir Vladimir en una de las piezas de su rompecabezas, reconociendo de que para esto necesitaría minimizar riesgos y, finalmente, aprender a trabajar con los altibajos de su fútbol. Y lo logró.

Vladimir Hernández tomó el lugar de Michael Ortega y lo relegó a un segundo plano

Comenzando la temporada, Junior utilizó un 4-4-2 en rombo y un 4-1-3-2 como principales esquemas: dos dibujos en los cuales Vladimir no tenía cabida. El elegido para ocupar el costado izquierdo de Macnelly Torres era Michael Ortega, quien con pelota, alcanzó a realizar varias actuaciones de alto nivel, apoyado en su regate en corto y claridad para enlazar entre líneas. No obstante, al decidirse por el 4-2-3-1 con el que cerraría la temporada, Alexis se dio cuenta que el regate en espacio y la capacidad de regreso de Vladimir podían ser sumamente útiles, siempre y cuando estuvieran alejadas del carril central. A diferencia de Comesaña, Mendoza limitó el rol de Hernández: más que un mediapunta lo hizo un extremo con permiso para las diagonales. Hacia el final del semestre, el pequeñín comenzó a consolidarse y a crecer en confianza nuevamente, esta vez protegido de sus propio accionar equívoco por las restricciones de su rol táctico. Relegado al costado, Vladimir se alejó de los encontrones físicos y las recepciones de espaldas -quizá las mayores carencias en su fútbol- y de las jugadas abiertas que conllevaban a costosas pérdidas de balón. Finalmente, se afianzó en un rol secundario y complementario que le permitió lucirse con ocasionales y punzantes sorpresas entre la monotonía, especialmente ante equipos cerrados, retomando así un nivel que no alcanzaba, quizá, desde su mejor momento con aquel Junior dominador de Diego Edison Umaña y Giovanni Hernández.

Coherencia para Alexis

Hace unos meses cuando Alexis Mendoza fue anunciado como director técnico del Junior de Barranquilla, escribimos por este medio sobre las consecuencias que podría tener tal decisión. En particular, discutíamos la falta de apoyo que han tenido los últimos entrenadores rojiblancos, especialmente aquellos que se han inclinado hacia un proceso a largo plazo, como el que Alexis eventualmente llegaría a implementar. Así lo explicábamos:

Si Alexis Mendoza llega a establecerse como un estratega riguroso, es posible que no reciba el tiempo y el apoyo necesario como para montar un proceso a largo plazo y fracase. Y si llega simplemente como un motivador en su condición de ídolo y exjugador, entonces ni hablar de un proceso, y su éxito quedará a la merced de la suerte y de alguna contratación espectacular hasta que la directiva lo despida para traer por octava vez al “Zurdo” López.

Finalizada su primera participación como entrenador en el Fútbol Profesional Colombiano, hay que decir que el trabajo de Alexis Mendoza ha sido bastante bueno, aunque también hay que mencionar que el estratega ha tenido suerte de su lado. Aquella hipotética contratación estrella, por ejemplo, se le dio, en la forma de Macnelly Torres, quien aún estando lejos de su tope futbolístico, sirvió en numerosas ocasiones para engendrar la victoria con alguna asistencia fantasiosa. Mac también funcionó como pretexto para un sistema de juego vistoso fundado alrededor de un ataque posicional que nunca se perfeccionó, pero que mejoró considerablemente a lo largo de la temporada. El comienzo de torneo fue rocoso para el tiburón, pero ayudado del genio intermitente de su número ‘10’ el equipo consiguió componerse justo a tiempo para quedar dentro de los ocho mejores y evitar -a pesar del posterior bochorno- lo que sin duda hubiese sido considerado como un rotundo fracaso. Aún en medio de la incoherencia, Alexis todavía no está despedido.

El plantel de Junior necesita más sumas que restas

¿Cuál es el siguiente paso? El próximo semestre Junior jugará Copa Sudamericana y tendrá que evaluar de la mejor manera posible sus resultados del presente lapso. Los aspectos positivos comienzan con los nombres propios de Roberto Ovelar y de Gustavo Cuéllar, quienes en los partidos finales del torneo tuvieron actuaciones excelentes y comenzaron finalmente a consolidarse como las piezas importantes que pueden llegar a ser. Estos dos, de hecho, comienzan a dibujarse como bases de un equipo a futuro. La zaga rojiblanca, por su parte, dejó también grandes sensaciones, con tres centrales sólidos (Andrés Correa, Nery Bareiro y, particularmente, William Tesillo) y un Iván Vélez revitalizado que emergió como símbolo implícito de superación ante la adversidad. Finalmente, hay que decir que la evolución en el mediocampo dejó buenas sensaciones por su capacidad de ir moldeándose de acuerdo a sus propias necesidades hasta el punto en el que fue posible dispensar de Luis Narváez.

Para mejorar harán falta, sin duda, algunas individualidades. Mientras Alexis no confíe en Michael Ortega, Junior necesita opciones en el mediocampo que releven y añadan sorpresa al fútbol complementario de Vladimir Hernández y Jorge Aguirre. También podría utilizar alguna opción en la delantera, ya que los semestres de Edinson Toloza y Luis López dejaron mucho que desear.

Más importante aún, no obstante, Junior necesitará continuidad. Tanto la observación cualitativa como la cuantitativa muestran una mejora exponencial en el fútbol del cuadro barranquillero, sobre la cual vale la pena apostar. Dentro de su gusto por el fútbol elaborado y fluido, Alexis es un tipo bastante metódico y poco susceptible a la experimentación. Como buen alumno de Reinaldo Rueda, evita salirse del guión, y esto puede generar críticas a su manejo de partido; sin embargo, su trabajo con el equipo presenta una oportunidad futbolística rara en Barranquilla, que quizá justifique algún error de contabilidad al realizar sustituciones.

El tercer extranjero

A Macnelly Torres le gusta mucho el fútbol del paraguayo Roberto Ovelar. “Él es un punta”, explicaba el barranquillero hace unos días. “Pero por su técnica viene, se enlaza y después trata de buscar la profundidad”. Macnelly entiende que, en un Junior que se ha fortalecido de la mano de su ataque posicional, esto es importantísimo. Tanto para él, como para los demás volantes, Ovelar se ha convertido más en una base que en un blanco lejano. En el ámbito ofensivo, el búfalo muchas veces acaba siendo la meta; pero más importante aún, siempre es un escalón. Sus apoyos interiores y sus recepciones a espalda son íntegras para el juego colectivo, hasta el punto que en los últimos encuentros ha quedado claro que cuando Ovelar no está, el juego no fluye. Tal fue el caso en el partido de hace dos semanas ante el Huila -quizás el más insípido de la temporada para el cuadro tiburón-. Aquel día Ovelar no estuvo por lesión y Junior no halló conexión en el último tercio, ni en los 45 minutos que jugó Luis López, ni en los 45 que jugó Leiner Escalante. Tampoco halló el gol.

Ovelar ha marcado 4 tantos en los últimos 2 partidos, y ha sido, indudablemente, el mejor

Para el frente de ataque, Alexis Mendoza cuenta con un delantero de rupturas profundas (Toloza), uno de área (López) y otro de desmarques posicionales a las esquinas (Escalante). Ovelar no sólo es el único que maneja bien el regreso al mediocampo y el juego de espaldas en el borde de las dieciocho, sino también el único que maneja aptamente todos los otros movimientos en cuestión. Es quizás, a la vez, el delantero más técnico que ha tenido el cuadro rojiblanco desde la partida de Teo Gutiérrez. Su recepción es tremenda, sobre todo por aire. Lucha, gana, controla y habilita. Funciona casi como una fórmula infalible. No agacha la cabeza cuando va perdiendo. En el área se ubica bien y gana mejor por arriba. Es una garantía para la salida en largo de la defensa. Presiona incansablemente. No agacha la cabeza cuando le sangra la frente. Es extranjero. Para Junior, es indispensable.

Tiempo-espacio reducido

La parte más complicada de analizar a Gustavo Cuéllar es encontrarle los defectos. De que los tiene, no hay duda; pero también es cierto que éstos se esconden fácilmente tras el velo de una técnica sublime y una inteligencia diferencial. El fútbol de Gustavo es difícil de analizar porque resulta embelesante. Quizá haya sido esta misma calidad, incluso, la que atrapó al cazatalentos Agustín Garizábalo la primera vez que éste lo vio jugar. Aquel día, el scout esperaba para reunirse con un patrocinador en el barrio San José de Barranquilla, cuando la deslumbrante actuación del “mono” en una cancha local lo paralizó. A su lado, Alfredo Araújo (futuro asistente técnico de Julio Comesaña) confesaba estar en un predicamento similar: “El pelirrojo se las trae,” decía. “Hace rato que no me he movido de aquí por estar viéndolo”. Al día siguiente, Gustavo Cuéllar se encontraba en un avión rumbo al torneo Intercampus juvenil del Deportivo Cali.

Pero dado su talento indiscutible, ¿qué es lo que le falta hoy en día a Cuéllar? ¿Qué se interpone entre su calidad y las estrellas? Para responder estas preguntas, haría falta sustentar los axiomas que las sostienen. Es decir, es necesario profundizar sobre las virtudes de Gustavo. Y se podría empezar por su gesto técnico (ya mencionado), el cual pudiera ser, uno de los más finos de todo el fútbol colombiano. Si se observa la trayectoria de Cuéllar desde su paso por la sub-17 nacional hasta su momento actual, es fácil destacar que dentro del mediocampo ha cubierto prácticamente todas las posiciones (mediocentro, interior, extremo, mediapunta) y las funciones (recuperador, defensor, lanzador, etc); y esto, gracias a que su técnica actúa como perfecto mecanismo compensador. Gustavo no tiene gran visión, pero tiene un pase largo muy bueno, un control tremendo y un golpeo preciso; no es veloz, pero dribla con serenidad, pega la pelota al pie, y roba con quirúrgica puntualidad. También hay que añadir que goza de un físico notorio: fuerza, y cierta rapidez a trazos largos que, en combinación con su gran resistencia, remedia parcialmente su falta de aceleración.

El mejor Cuéllar ocurre en el contexto inmediato

No obstante, es necesario resaltar que la mayor capacidad de Cuéllar pudiera ser su velocidad mental. El pelirrojo percibe la jugada una fracción minúscula de segundos antes que el resto; y esto marca tremendas diferencias. Cuando un contrario se acerca a presionarlo, él elude porque ya lo ha visto; cuando otro se interpone en el camino del balón, Cuéllar traza otra vía porque ya lo ha presenciado. Al generar enlaces interiores, o al disparar paredes, su orientación, su intención y su anticipación voraz demuestran un conocimiento previo de lo que ocurre en el presente cronológico. Es clarividencia, de algún tipo. Incluso, al defender, Cuéllar tiene una facilidad singular para determinar la trayectoria del balón o del contrario sin exponer su conocimiento, que le genera ventajas enormes al robar.

De hecho, quizá es precisamente de esta virtud que deriva una de sus mayores debilidades. No es un argumento fácil de postular, ni de identificar, pero hoy por hoy parece que a Cuéllar le hace falta lectura de juego. Ahora, por supuesto, no se trata de una falencia grave. Pero teniendo en cuenta el estándar impuesto por sus demás características, es una carencia que lo frena. Su mente privilegiada saca ventajas de cualquier contexto en el que se involucre; pero el foco de su atención es su entorno inmediato, tanto en el plano espacial como en el temporal. Quizá por esto, su accionar busca optimizar lo que ocurrirá en el momento siguiente y en la próxima baldosa; lo cual no siempre coincide con la optimización del colectivo general. Esto se ve en su juego sin balón a veces, cuando sus salidas van más en búsqueda del robo, que de la protección general del equipo -y por consecuencia, acaba dejando huecos que no siempre logra arreglar-. Más aún, su falta de lectura se nota con el balón en los pies: sus pases son precisos, pero no siempre van en la dirección que requiere el flujo del juego, y sus conducciones suelen dirigirse a zonas poco fructíferas. Gustavo tiene gran control, pero aún así a veces evita la pausa; en su afán por imprimir su velocidad a la jugada próxima, se olvida, por momentos, de que el manejo de tiempo puede agilizar otras jugadas más adelante. Cuéllar no pierde el balón, pero en ocasiones, pierde el rumbo.

A meses de acabarse su préstamo, Cuéllar ha encontrado regularidad en Junior

Alexis Mendoza ha visto en Gustavo Cuéllar todo: virtudes y defectos, y le ha dado la responsabilidad que considera acorde. Primero, lo usó como suplente, luego como complemento fijo junto a la seguridad poco luminosa de Luis Narváez. En el último encuentro Cuéllar jugó en el doble pivote junto a Yhonny Ramírez; evidencia de que el entrenador comienza a confiar más en su criterio, y de que, en caso de que Gustavo sistematice su clarividencia, éste podría convertirse en una garantía para Junior, no solo en los presentes playoffs, sino también con vistas a un futuro.