A Juan Sebastián Quintero no lo intentaron robar. Los agresores que lo interceptaron en moto la noche del pasado domingo no le exigieron ninguna pertenencia, ni amenazaron con herirlo en caso de oponer resistencia. No hubo una amenaza, sino una sentencia: “Te maté”.

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Juan Sebastián Quintero es futbolista del Deportivo Cali. Bien podría ser futbolista de otro equipo: da igual. Colombia se ha sumado a la espantosa lista de países en donde vivir del fútbol es jugarse la vida. Bien podría ser futbolista de otro equipo: su vida seguiría corriendo peligro. En 2016, en Bogotá, Gerardo Pelusso renunció a la dirección técnica de Independiente Santa Fe tras haber sido confrontado dentro de su propio hotel. En el mismo año, también en Bogotá, Rubén Israel fue obligado a renunciar a Millonarios luego de que una invasión de campo masiva fuera a parar hasta su propio vestuario. Un año más tarde, en Medellín, Juan Manuel Lillo recibió una llamada telefónica que le dio a elegir entre renunciar a Atlético Nacional o su vida. Jorge Almirón, inmediatamente después y también en Nacional, corrió la misma suerte.

El radar de los violentos es amplio. Están en Cali, en Bogotá, en Medellín y hasta en Floridablanca. Y así como el radar es amplio, las respuestas al problema (si las hay) varían regionalmente. Las autoridades locales del interior anuncian “cierres de fronteras”. De repente el fútbol suspende el libre flujo de personas para establecer subjetividades y territorios prohibidos. Reminiscencias de La Violencia: zonas liberales que no toleraban conservadores, y viceversa. Aquí también se habla de fronteras y de sujetos que no pueden convivir espacialmente.

Esta normalización del otro como enemigo, la cual tiene eco en las autoridades, ha alcanzado una nueva dimensión, sobre todo, en Bogotá. Desde hace unos años, para El Campín el problema ya no es solamente el otro, sino también nosotros mismos. Es bien sabida la división entre las dos barras más populares de Millonarios, los Comandos Azules y la Blue Rain, la cual ha desencadenado en un sinfín de medidas para pacificar El Campín y proteger, quién lo diría, al mismísimo club. Proteger al club de sus propios hinchas.

Porque a Pelusso, Israel, Lillo y Almirón los amenazaron hinchas de sus propios equipos. A Juan Sebastián Quintero, futbolista del Deportivo Cali, lo abaleó un hincha con la camiseta del Deportivo Cali.

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Hace no mucho tiempo que un integrante anónimo de Barón Rojo, del América de Cali, describió a la barra como “el sindicato del club”. Metafórica o no, la frase denota la nueva realidad de nuestro fútbol: las barras reclaman poder sobre sus clubes. Hay demandas, protestas y chantajes. Su organización y estrategias para alcanzar sus objetivos, que van desde tratos con dirigentes hasta cierta cartelización, aunque no son nuevos, tampoco han sido lo suficientemente develados. El ritmo de complejización de las barras ha superado categóricamente la comprensión de quienes han de interesarse en ellas. Hoy hablamos de organizaciones con ramas dedicadas exclusivamente al uso sistemático de la fuerza. Organizaciones que, como le dijeron a Mayer Candelo en la sede del Deportivo Cali, osan de un “ala militar”.

En el caso puntual del Deportivo Cali, el creciente poder de su barra guarda relación directa con su democratización. El lado oscuro de los procesos democráticos modernos nos ha demostrado que, casi de manera inequívoca, resulta en la creación de empresas electorales. Y como en toda empresa, hay clientes y hay conflictos de intereses. Para hacerse con el poder, el empresario electoral se hace especialista en concesiones a cambio de votos. Caciques y traficantes de influencias: el clientelismo ha llegado al fútbol.

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Para paliar la amenaza que ya no es sólo el otro sino nosotros, Millonarios y la Alcaldía de Bogotá han introducido la reconfiguración de los estadios. Mediante la enigmática identidad “tribuna popular = violencia”, las autoridades capitalinas han justificado el cierre de las tribunas detrás de los arcos de El Campín. La tribuna norte, tradicionalmente ocupada por los Comandos Azules, hoy luce silletería y ha sido convertida en una tribuna familiar.

Creando la afición del mañana. Y cuando el mañana llegue, y los niños ya no sean niños, y los descuentos en taquilla ya no los amparen, y si no pudieran costearse su boleta, ¿cómo asistirán al encuentro con el club de sus amores? ¿Qué será de ese espacio de integración social y pluralidad que reúne a todas las clases? ¿Y si su afán no fuera económico sino simplemente vivir una experiencia singular, asequible, de pie, cantando y participando del ritual del nosotros?

Cuando ya no sean niños sabrán la fortuna fugaz de un programa de beneficiencia más que los acoge y los olvida. Habrán pasado de medallas de una política pública a excluidos anónimos. Excluidos del estadio, esa gran platea.

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¿Cuál es la autoridad competente? ¿Quién es el calificado para tomar estas decisiones? ¿Qué oficina se da a la tarea de compilar bases de datos, publicar estadísticas, investigar sociológicamente el fenómeno y formular políticas públicas? En definitiva, ¿quién está en condición de reconocer que estamos ante un problema específico y particular? Porque no hablamos de criminalidad común ni de móviles simple y llanamente delictivos. A Juan Sebastián Quintero lo quisieron matar por ser futbolista del Deportivo Cali, y no a pesar de ello.

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