Dentro de un fútbol nacional que, de manera general y salvo casos bien puntuales, fracasa constantemente al intentar llevar una línea discursiva a pesar de la derrota, Millonarios ha encontrado refugio en los volantazos. Independiente Santa Fe y Atlético Nacional de alguna manera han seguido un estilo que los acercó al éxito, y han intentado continuar en esa línea. Millonarios, mientras tanto, pasó por las manos de Lillo, Israel, Lunari, Cocca y Russo en el último tiempo. Estilos tan dispares como interpretar el mundo con una máscara diferente cada día. Caos.

Russo, como sublimación de esta manera de actuar, fue el elogio final a la locura

Con cuatro de los cinco entrenadores, Millonarios logró competir por títulos, y en el caso de Russo, ganarlos. Partiendo de que el expediente Cocca merecería un análisis aparte; Lillo pertenece a la escuela del balón y el vértigo; Lunari podrá tener algunos puntos de contacto con el español, pero con una gran porción del caos controlado propio del bielsismo que nunca nadie logró replicar tan bien como Bielsa y que desembocaba en desbarajustes tácticos; Israel, por su parte, identificaba el paso a alta velocidad de defensa a ataque, la ocupación precisa del espacio y el repliegue como notas de fondo en el ruido estridente de las transiciones, un fútbol en el que sólo la presión defensiva distó de estar a la vanguardia; y Russo, como definió Juan Felipe Mercado su etapa en Millonarios, fue el dominio de todos los escenarios posibles de un partido de fútbol. Tal vez este último fuera la fase superadora de todos los anteriores: un poco de cada uno, con el reconocimiento de cuándo y dónde aplicarlos. Como si por un instante breve de tiempo, un equipo estuviera capacitado para jugar a todo, y dominar. Una maravilla pragmática.

Miguel Ángel Russo se despidió de Millonarios siendo una especie extraña en un fútbol plagado de manuales inamovibles para jugar. Su credo era el cambio permanente. Fue tan a fondo que se cambió a sí mismo. En su última etapa, casi preso de la vorágine y el rigor, se encontró con una versión de sí irreconocible, de la que nunca se sabía qué esperar aceptando decisiones que no se sustentaban al partido siguiente desde la continuidad. En su brillantez, nunca se entregó a la pelota, ni al enganche, ni a la escuela pincha, tampoco al contraataque, ni a la presión, ni a la ocupación intensa de espacios, nunca al pleno defensivo, pero sí a todas juntas. Usó trajes que abandonó por desnudez de un día para otro, de un partido a otro, de un tiempo a otro, con éxito. Mezcló el azul y el absurdo con maestría, los extremos más repelentes con afabilidad, el arriba y el abajo con equilibrio. En la retina lagrimosa del argentino transluce la evolución de Duque, el cabezazo de Cadavid, el buen pie de Macalister, la zurda de Rojas, la aparición luminosa de Salazar, la presión contra el América de Cali, la pegada contra Atlético Nacional, la mística —esa palabra sin definición— en finales, los recuerdos, los abrazos, las sonrisas, los gritos y la frustración. Tan sólo es fútbol, con su banalidad y su grandeza.

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