Hay mucho de optimismo exacerbado en el ser juniorista. Cegados y voluntariosos, son capaces de asegurar el alunizaje apenas inventada la rueda. Y es que con su ensoñación, su narrativa mágica y su anécdotario opulento, ¿cómo no serlo? ¿Cómo no creer capaz de todo a Junior, tu papá? Y cómo no iba él a hacerlo de nuevo y por tercera vez, si en aquella noche nació el amor entre Junior y Julio Comesaña en Liniers, con un equipo de ensueño, mano a mano contra el Vélez Sarsfield a la postre campeón del mundo, dirigido por Carlos Bianchi. Porque es amor, porque en cada regreso se gritaban “no puedo vivir sin ti”, deambulando en el delirio propio del despecho, volviendo sobre sus pasos para revisitar los lugares en donde se fue feliz.

Tanto tiempo después que les permitió a los dos probar la miel en labios que siempre se sintieron ajenos, llegó Flamengo, apenas hace un año, en una fase final de Copa Sudamericana que bien la podría haber firmado la Libertadores por su calidad, y ahí estaba el Junior de nuevo, de la mano del amor de su vida, entre nombres ilustres dando la pelea. En Colombia otros equipos fueron más efectivos, y aprovecharon su oportunidad cuando tuvieron que pisar copas continentales, pero a ninguna otra ciudad del país le sienta tan bien el aroma de un partido internacional como a Barranquilla. Hoy, cuando arranque la semifinal en Bogotá, y si Teófilo Gutiérrez está fino con el balón, los hinchas del Junior cómodamente sentados cerrarán los ojos y creerán haber llegado ya a la luna.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *