El amor gitano, decía Federico García Lorca, es una voz milenaria. Es una memoria, una tradición, una verdad imperecedera. Y Nacional es un gitano. Pasan los años y no hay mayor verdad que Nacional y las finales. Todos buscan separarlos y ellos resisten, con la heroicidad de quien prefiere morir antes que perder el recuerdo. Una final es una excusa para Nacional hacerle frente a los invasores de la historia, los raptores de memorias. Y la final de ayer le ha vuelto a responder: verde que te quiero verde.

Nacional llegó a lugares donde el Once Caldas no pudo

Era una final y era un cupo a la Copa Libertadores, inspiración suficiente para Atlético Nacional. Una inspiración encauzada, sobre todo, en las botas de Jeison Lucumí. Porque la noche de final de Copa Águila en el Atanasio Girardot, que lo eligió a él como principio y fin del juego verdolaga, encontró en él una respuesta de campeón. Lucumí era el principio cuando Nacional elegía su banda para salir y, con la ayuda de un elocuente Daniel Bocanegra, generaba un dos contra dos (Velasco y Lemos) que por lo general resultó en un desborde suyo, incluso desde mitad de cancha.

Pero Lucumí también era el fin cuando, pasándose la bola con picardía, Vladimir Hernández y Aldo Leao Ramírez atraían al Once Caldas a la izquierda para luego encontrar libre a Jeison por derecha. Sea como fuere, Nacional estaba encontrando en Lucumí respuestas y liderazgo, usaba todo el ancho de la cancha y estiraba peligrosamente al equipo de Hubert Bodhert. El Once Caldas perdió el control del partido en el momento justo en que no supo atender eficazmente a ello. Su respuesta para contener las arremetidas de Nacional por derecha fue situar a David Lemos muy arriba, presumiblemente para impedir la proyección de Daniel Bocanegra. Pero para que eso prosperara primero había que tener el balón, y Once Caldas no lo tuvo como hubiera querido.

El Caldas no pudo maquillar la mala noche de Rodríguez en particular

En este espacio hemos insistido en que el equipo que mejor sale jugando en Colombia es el Once Caldas de Hubert Bodhert. Lo es porque su fluidez colectiva no exige a sus futbolistas una técnica refinada para pasarse el balón: las opciones de pase brotan. Pero ayer vimos la otra cara de la moneda. La lección que dejó la final del blanco-blanco es que su colectivo demanda un grado de concentración muy alto para mantener la claridad. Si uno de los suyos no está a la altura, su juego se resiente profundamente. Lo que el Caldas se ahorra en técnica lo debe compensar con intensidad. Pero en especial Juan David Rodríguez no lo compensó, hallándose lejos de donde lo requerían las jugadas o dando un toques de más cuando su equipo pedía ritmo.

Su mala noche resintió hasta la agonía a su equipo. Diego Arias y Juan Pablo Nieto debieron dedicar más esfuerzo de lo normal para revivir el carril central del Once Caldas, el cual se hizo espeso y precipitó pérdidas que Nacional siempre estuvo en condición de castigar. Porque la confianza de Jeison Lucumí conduciendo contagió a los demás, y el verdolaga se acercaba al gol aún corriendo a 60 metros de la portería rival. Para Nacional fue una noche en que todo pareció volver a la normalidad. Y no porque su fútbol ya no arroje preguntas, sino porque, una vez más, le brotaron las respuestas en una final.

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