Esta es la historia de dos partidos. Uno llegó a jugarse tan sólo unos minutos, terminado por la circunstancia y el devenir del fútbol. Y el otro empezó de ahí en adelante. En los dos partidos, el eje del juego de Millonarios fue un rombo; la diferencia fue su vértice. El centro del campo azul incluyó tres mediocampistas, y en el primer partido el que completaba la figura era el delantero, Roberto Ovelar, que se unía desde el balón y el apoyo. Los extremos, Gabriel Hauche y Ayron del Valle, intentaban ganar la espalda de sus respectivos laterales. Los mediocampistas, amplios en una posición casi pegada a la línea lateral, y a pie cambiado, eran fuente de balones largos para conquistar el espacio. Robo, electricidad, y puro golpe.

Russo, tras el cambio obligado, dispuso que la tarea de ganar la espalda con las carreras verticales fuera de sus laterales.

Ese partido murió prematuramente, y de sus cenizas nació uno nuevo, no necesariamente mejor, pero sí más esperanzador. Tras la lesión de Del Valle y la entrada de Juan Camilo Salazar, la mutación fue evidente. En este nuevo partido, los mediocampistas cerraron su posición dejando espacio para la verticalidad de los laterales. Ese cambio los juntó con Salazar, quien ahora iba a completar ese rombo menos estético, y ligeramente inclinado hacia la derecha. Hauche, por otra parte, empezó a centrar su posición para ser segunda punta de Ovelar, tal vez donde mejor puede rendir el argentino, permitiéndole, y exigiéndole, al paraguayo dominio del carril del delantero centro, donde se dio a la tarea de recordarnos que aún existe en esa demarcación.

La clasificación, y el futuro de Millonarios, pasan porque el equipo sea de Juan Camilo Salazar

El vallecaucano es un jugador difícil de encuadrar en clave colombiana: tal vez sea el mediocampista de nuestro fútbol que más adelante juega. Y no lo parece. Mediocampista, digo. Pero juega así. Tal es la virtud. Es un jugador con un límite aún insospechado, que parece infiltrado en cuerpo de delantero. Sólo infiltrado, no atrapado o secuestrado, porque en él hay voluntad, y es un factor diferencial, y hasta revolucionario, que incline la cancha a su juego desde cualquier posición en la que se encuentre, obligando al balón a pasar por sus pies para que la jugada tenga quilates. El pase-gol fue una obra maestra digna de los mejores mediocampistas del mundo. Pocos jugadores extienden los límites del entendimiento y la explicación, y aunque la esencia de algo sea difícil de definir, de delimitar, Salazar nos obliga a cuestionarnos en Colombia, país de mediocampistas, si él, el niño flaquito que se hace en la esquina, no merece ya sentarse en la mesa del centro.

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