El América de Cali quería continuar su asalto a la clasificación, esta vez ante un Independiente Medellín que reúne técnica e intención. El poderoso de la montaña se plantó en Cali en uno de los duelos más llamativos de la fecha en Colombia. En la oscura y profunda noche caleña, los cambios de posición de Ricaurte y Castrillón, bien a la colombiana, y la presencia inquietante de Germán Ezequiel Cano hicieron que el triángulo defensivo americano de Rivas, Bernal y Mosquera, estuviera pendiente en demasía de la zona central. Por este motivo, Elvis Perlaza hizo suya la autopista derecha, complicando a todo un América por el mero hecho de tener tiempo para decidir. Sin embargo, el rojo tardó más de lo que debió en hacer efectiva la superioridad numérica que tenía donde más importa: en la zona central.

Con el tiempo del partido derritiéndose en el césped del Pascual Guerrero, la geometría y los números se evidenciaron implacables. El dúo visitante Angulo-Parra se adelantaba a defender el inicio de la jugada de los tres volantes escarlatas, que circulaban la pelota hasta que el 3v2 se hacía real. Una vez el volante libre podía filtrar un pase, la pelota rodando formaba un rombo que podía ser completado por cualquiera de los tres delanteros, pero que normalmente tuvo su vértice en el hiperactivo Aristeguieta, que recibía entre líneas con el suficiente tiempo para que el ‘Pecoso’ Castro decidiera que ahí estaba la clave: en ese hombre y en ese espacio. La entrada de Daniel Buitrago por Alejandro Bernal rompió el rombo, pero formó un triángulo hiper ofensivo, y efectivo, que mejoró la calidad de recepción entre líneas, pues Buitrago es técnicamente muy superior al delantero venezolano, y liberó a Aristeguieta de la engorrosa labor del quehacer soporífero con la pelota. Ahora simplemente flotaba, esperando el momento de la carrera vertical al área. Los números no mienten.

Pero el América defiende mal, y lo hace porque sus futbolistas tienen defectos defensivos que a la larga le son imposibles de sobrellevar, por más que su entrenador intente defender arriba y limite las acciones en defensa cortando la jugada, porque el DIM tiene la técnica individual para estacionarse, aguantar presión y romper jugando. Andrés Ricaurte, futbolista encantador, tomó el partido gracias a los cambios de su entrenador, que le dieron la libertad necesaria para despreocuparse del retroceso, y le ofrecieron compañía adelante con forma de opciones de pase. Contra él fue la falta que desembocó en el empate, y suya fue la lectura de la jugada para rematar la victoria, pero fue solo la cereza, a esa altura ya estaba justificado ante los ojos del buen espectador, que el jugador que esconde la pelota entre sus piernas delgadas y su pie zurdo, tenía la geometría del partido en la cabeza.

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