Santa Fe y Millonarios viven para esto. En su calendario está resaltada la noche de su cita terminante, mientras todo lo demás se congela en el tiempo. En su día a día devienen ánimas errantes, tropezonas, más proclives a involucionar que a la franca mejoría. Y esto a ellos parece tenerles sin cuidado. Su esperanza absoluta e irrevocable está en la promesa de esa noche: la noche del paraíso bogotano.

La escuela rioplatense de Santa Fe y Millonarios ha concebido un clásico al que no le cabe una pulsación. Su antesala se gesta con varias semanas de antelación y se preparan con fascinante minuciosidad para el choque entre sí. Así lo demostró, sobre todo, Guillermo Sanguinetti. El entrenador cardenal supo que, para entrar al paraíso bogotano, debía ser más intenso que el más intenso de los equipos colombianos. Lo logró ante rivales previos, y lo volvió a lograr en tres de los cuatro tiempos del clásico por los octavos de final de la Copa Sudamericana. El paraíso bogotano es suyo.

Santa Fe obligó a que el partido se jugara donde no quería Marrugo: por los aires

Independiente Santa Fe propuso un fútbol a imagen y semejanza del primer clásico, pero con el plus de Wilson Morelo. Con el cordobés en una noche descomunal, esta vez Santa Fe pudo hacer de su ataque todo lo que quiso en el partido de ida: bajar balones, atacar al espacio, afincarse en campo de Millonarios cuando la jugada lo requería y transmitir peligro en pocos toques. Su noche de campeón puso al descubierto la inseguridad que aqueja la dupla central albiazul y generó situaciones de gol con insistencia.

Esta insistencia, claro, estuvo respaldada por un mediocampo sumamente abastecedor y consistente. Yeison Gordillo y Baldomero Perlaza, otra vez. El doble pivote albirrojo peca por irregular, el buen estado de forma del uno no suele corresponder al del otro, pero las noches grandes acostumbran a ser su punto de unión. Juntos tiranizaron la zona de rebotes, con todo lo que esto representa en un equipo tan vertical que no les da tiempo de llegar.

En consecuencia, el balón voló una y otra vez sin que Christian Marrugo pudiera hacer mucho por meter a Millonarios en el partido. En las veces que tuvo la oportunidad, el cartagenero reincidió en el vicio de perder los estribos que ya había mostrado en el partido de ida. Quien sí había podido darle otra cadencia al juego, Ayron Del Valle, esta vez sufrió la vigilancia de un buen Edwin Herrera, quien estuvo a la altura de su fútbol físico y precipitó sus lagunas técnicas.

La versatilidad de Macalister Silva confirmó lo poco que necesita para adaptarse y lo mucho que lo necesita Millonarios

Con un Santa Fe moralizado y dispuesto a presionar arriba en el segundo tiempo, Miguel Ángel Russo dio ingreso a David Macalister Silva. El bogotano entendió rápidamente el partido, supo influir en él con sus decisiones y pesó, quién lo diría, por sus excelente lectura defensiva. Si el contraataque cardenal mermó en volumen fue todo mérito suyo.

No deja de pasmar que Silva fuese capaz de crear una clara situación de gol en un equipo que renunció a rodearlo. Porque Russo, apelando a Salazar y Quiñones, aceptó las reglas de Santa Fe, asumió el mediocampo como una zona de trámite y apostó por el golpe a golpe. Sin saberlo, el entrenador albiazul estaba siendo personaje del guion que había preparado Guillermo Sanguinetti. El guion para entrar al paraíso. El punto de inflexión de su temporada en Santa Fe.

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