Lo esperado. El partido se jugó en el aire, y en el choque, con chispas, golpes y saltos. Independiente Santa Fe se comportó como un equipo grande, dominante y decidido, consciente de que su juego es vértigo, sabedor que entre más rápido termine sus ataques, más rápido volverá la pelota y podrá volver a atacar. Ese es el convencimiento en su mecanismo de presión, en su sistema defensivo, que también es su manera de atacar, porque es indivisible: en el espíritu rojo no existe separación entre la pierna filosa de Gordillo, el pie de seda de Seijas y un desmarque de Arley Rodríguez.

El inicio del encuentro estuvo condicionado por la presión de Santa Fe

Guillermo Sanguinetti sabe que recuperar la pelota en el campo rival es amenazar el área contraria ya desde la ubicación de los hombres, y que el mayor riesgo es jugar cerca del arquero propio. Desde la pizarra se impuso, sí, pero en el césped sólo compitió, porque no hizo pagar a la defensa de Millonarios el caos que constantemente le estaba creando. No tuvo la creatividad necesaria para que las heridas fueran mortales.

Miguel Ángel Russo, gallardo en la batalla, decidió responder al embiste con pie, engaño y amague, juntando a los volantes más técnicos del equipo disponibles y con ritmo de juego. Fiel a lo que ha sido su apuesta en el semestre, no quiso entrar en disputa física (estrategia a la que sí se hubiera entregado el Millonarios campeón) y directamente planteó un opuesto. «Si lo jugábamos de otra manera, probablemente hubiéramos perdido», concluyó tras el empate a cero.

Las decisiones de Marrugo perjudicaron a Millonarios

Cuando mejor jugó el embajador fue cuando tuvo la tranquilidad de buscar el espacio entre los defensores y los volantes albirrojos, para luego conducir, poner el cuerpo y ganar tiempo. Un tesoro en un partido en el que Marrugo desnudó su principal defecto: la búsqueda perpetua de un pase definitivo. Pareciera querer que tras la genialidad de una pelota al vacío, saliente de su pie descalzo de arena y sal, el árbitro no tuviera más remedio que decretar la victoria y el final del partido, olvidándose de gestionar los segundos cuando Millonarios más lo necesitaba. El cartagenero acude a su absurdo pecado en los momentos de mayor presión.

Su presentación perjudicó la labor ofensiva de todo el equipo, porque no transformó el desajuste cardenal en opciones claras de gol, aún a pesar de un Ayron del Valle que fue, pese al contexto adverso y con mucha diferencia, el mejor jugador azul en la noche capitalina. El de Magangué compensó la poca sensibilidad de su pie luchando cuerpo a cuerpo contra el ahogo albirrojo en cualquier lugar del campo, penalizando el exceso en la arremetida. Escapó de las garras dándole la vuelta a la desventaja para luego someter, como todo un domador de leones.

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