Renovar. La palabra que está en boca de toda la Colombia futbolera. Curiosamente, es la misma palabra que ha suscitado históricamente un sinfín de polémicas en la Colombia nación. Quizás fue nuestro debate fundacional, cuando, declarada su independencia, la triunfante clase criolla se preguntó si renovar las instituciones coloniales o, por el contrario, volver a ellas. Los defensores de lo primero se autoproclamaron liberales; los otros, conservadores. Los unos, optimistas del cambio, asumían que toda renovación es para bien; los otros, prudentes hasta la médula, sostenían que la inconveniencia de las renovaciones estaba en llevarse por delante el saber heredado.

José Pékerman, cual erudito de la historia colombiana, tomó lo mejor de cada doctrina una vez llegó al banquillo tricolor. Sus primeros golpes sobre la mesa estuvieron en incorporar a su proceso futbolistas hasta entonces condenados al ostracismo, como fue el caso de Edwin Valencia, Aldo Leao Ramírez, Macnelly Torres y Teófilo Gutiérrez. Más allá de esta dosis de frescura en el seleccionado, su renovación estuvo en el plano mental: Colombia debía mirar a los ojos al rival que fuera.

Pero Pékerman también tuvo mucho de conservador, de apelar a la tradición, de regresar a ese sentir alegre y a ese fútbol de las decenas de pases inscrito en el ADN colombiano. Algunos dicen que Pékerman es el mejor seleccionador en la historia de Colombia porque supo renovar, y no les falta razón. Otros le atribuyen su éxito a su regreso a las raíces: ellos también están en lo cierto.

El declive de José Pékerman obedeció, justamente, a que renunció a aquello que lo hizo grande: elegir un camino. La Eliminatoria a Rusia 2018 comprueba que nunca terminó de apostar por un estilo, aunque no fuera el nuestro. En la encrucijada entre talento y experiencia a la que se vio sometido, el entrenador argentino resolvió no resolver. Pero tal vez lo más desafortunado del entorno que dejó fue la anulación del debate.

Su entorno confundió su tono conciliador con consenso, el apoyo a su figura con patriotismo y sus decisiones con palabra sagrada. Así, lo más reprochable de la era Pékerman no es esa renovación que faltó: lo más reprochable fue que ese debate nunca se dio. Porque erradicar el debate es la culminación del sectarismo.

Por su condición de entrenador interino, Arturo Reyes no tuvo el deber de fijar la dirección del nuevo proceso, ni mucho menos. Pero su paso ha dejado una serie de cuestiones que hemos tardado en discutir. ¿Será Carlos Sánchez un mediocentro para los retos del fútbol de hoy? ¿Estará Juan Guillermo Cuadrado en condición de sostener el ritmo de la selección de hoy? ¿Habrá perdido Carlos Bacca su categoría para marcar diferencias? ¿Qué tienen para decir Machado, Cuéllar, Campuzano, Duque, Cantillo, Benedetti, Roa, Díaz, Villa, Ibargüen y Hernández en este nuevo proceso? En definitiva: ¿qué debemos renovar y qué debemos conservar?

Anoche, luego del empate sin goles ante Argentina, tuvo lugar una pregunta que llevaba buen tiempo ausente en las ruedas de prensa de la selección Colombia: “Profesor Reyes, ¿cuál es el siguiente paso?” Que sirva para valorar aquello que nos debemos y nunca debimos perder.

Bienvenido el debate.

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