Hay un tipo de lucidez que Millonarios pondera. Su estética no atrapa la vista, es más bien repulsiva. Una luz que aparta es más una contradicción que otra cosa. Es la lucidez de las decisiones, con todo lo que eso lleva en la estela. Para cada decisión hay un contexto y cada contexto tiene su afán. En el caso del equipo de Russo, ese afán viene en mayúsculas. La prisa bien entendida. «No, no quiero embadurnarme de balón, ni mucho menos de tiempo». Mucho menos. Y esto es lo más meritorio. No depender del balón, digamos, hace parte ya del libreto del juego, pero prescindir del tiempo, y jugar bien, son palabras mayores. Igual no es una característica terminante, no todo necesita límites tan drásticos. La pintura se entremezcla mientras está fresca, y Macalister se ofrece en horizontal mientras todos piensan en correr, incluso, y sobretodo, cuando el balón piensa en correr. Y para Russo es tan importante ese pase al centro como un envío largo de Domínguez.

El del Pascual Guerrero ha sido uno de los grandes partidos de la temporada albiazul

Los equipos tienden a combinar lo que quieren ser de manera ininterrumpida con lo que exige cada partido. Contra Cortuluá, Millonarios necesitó las bandas, necesitó balón largo, y pase atrás una vez destartalaba la transición del rival, pero esto solo viene al caso para decidir hacia qué dirección enviar un pase o si Maxi Núñez espera a Jair Palacios para lograr profundidad, y por dónde, y eso lo da solo la inmediatez de cada domingo.

El caso realmente es que Millonarios es lúcido en la ocupación de espacios, en la presión, en el arranque a puro motor, y en el pase correcto y rápido, que sale bien porque ya está bien ubicado, y acá presiona, arranca el motor y pasa rápido, que sale bien porque es un círculo hermoso, antes que vicioso. Solo Macalister tiene momentos de lucidez común, la lucidez de la boca abierta, el aplauso fácil y el pase de primera imposible. Por demás, este equipo tritura talones de la manera más inteligente posible.

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