Siembra vientos y recogerás tempestades”, dijo Patricia Lara. Héctor Cárdenas sopló y sopló para apagar la crisis del Deportivo Cali hasta que, finalmente, su angustia se hizo huracán. Y se lo llevó. Esbozó incontables salidas tácticas, de mayor o menor éxito, pero no atendió a su debido tiempo a ciertos problemas de raíz: la falta de convicción, energía y contagio en su equipo. El estrepitoso bajón del fútbol azucarero, la crisis de confianza ante su figura, un discreto rendimiento en la Liga y una tribuna con los ánimos a reventar hicieron de él una apuesta insostenible. Así fue como Héctor Cárdenas, en menos de seis meses, pasó del cielo al infierno.

La partida de Orejuela fue el principio del fin

Después de una fase de todos contra todos apenas aceptable en 2017-I, el entrenador vallecaucano preparó para playoffs un sistema consistente, un fútbol dominante y un equipo para campeonar. Su entrega a un Luis Manuel Orejuela pletórico como motor absoluto de juego, asociarlo con el ultra-determinante Nicolás Benedetti y enfocar a Andrés Felipe Roa al lado débil dio como resultado un triángulo de notable superioridad en finales. Cárdenas diseñó un engranaje orientando sus fichas a lo que mejor hacen y compitió con creces por el título.

Por todo esto, la partida de Luis Manuel Orejuela supuso un lastre considerable para mantener la puesta en escena para el semestre en curso. El lateral canterano brindó un abanico de lo más diverso, constante y fiable para dar control en los primeros compases y dinamizar los ataques; por lo que su baja, en efecto, derrumbó la salida de balón del Deportivo Cali.

Esto no sólo obligó al equipo de Cárdenas a prescindir de la iniciativa con el balón, sino que puso al descubierto sus deficiencias. Sin un mecanismo sólido para alejarse de su portería, el Deportivo Cali pasó a defender más veces, es decir, sus centrales pasaron a incidir en más acciones por partido. Y suficientes dudas dejan los centrales verdiblancos defendiendo el área.

Para Cárdenas dejó de ser prioridad juntar a sus dos mejores futbolistas

¿Había manera de maquillar carencias sin Orejuela? Por lo pronto, el Cali siguió contando con Andrés Felipe Roa y Nicolás Benedetti, dos fuentes incansables de fútbol cuyo crecimiento, de un año para acá, ha sido exponencial. El uno pasó de ser un mediapunta enfocado a la aceleración para ser un auténtico futbolista cerebral e, incluso, un gladiador en defensa. El otro, que apuntaba a ser un mero gestor, destapó una naturalidad en la definición que lo perfila entre las figuras más determinantes de la Liga. Pero, para Héctor Cárdenas, juntar a semejante raudal de recursos dejó de ser prioridad, ciertamente un favor para las defensas rivales.

Se dice que los entrenadores que no fueron jugadores desconfían de quienes sí lo son. Lo cierto es que Cárdenas no fue ejemplo para decir lo contrario. Como si el fútbol no fuera de los futbolistas, el entrenador caleño obraba pensando en que los aciertos y desaciertos de su equipo dependían exlusivamente de él, y en lugar de cultivar sinergias y estimular anímicamente, disparó sus probaturas tácticas. Eso sí: si Cárdenas mostró ser un entrenador especial fue porque esas probaturas, con mayor o menor éxito, fueron coherentes por lo general.

El DIM de Juan Fernando Quintero, el América de Cali en más de una vez y el Junior de ‘Teo’ y Chará padecieron el agudo trabajo durante la semana del entrenador azucarero. Un ingenio táctico que exhibió hasta el que sería su último partido al frente del Deportivo Cali. Con Mayer Candelo arrastrando marcas para Andrés Roa, el equipo dio con una salida de balón limpia y fluida que La Equidad no pudo contener. Lo que muchos técnicos buscan por meses, Cárdenas lo intuyó en cuestión de días.

Cárdenas perdió la confianza en su equipo, y su equipo en él

En la práctica, el resultado fue nuevamente un Cali sin transformar en amenaza el escenario táctico propicio que había diseñado su entrenador, señal de un equipo poco inspirado al que su mensaje no convencía. La decisión de Cárdenas sustituyendo a Roa, amo y señor de la cancha, sirvió de Florero de Llorente. La crisis de confianza de los suyos se iba saliendo de sus manos, y su respuesta la atizó hasta perder los estribos.

Héctor Cárdenas se despide como un entrenador oscuro, visceral y sospechoso. Su prontuario táctico será olvidado por su gran pecado, el pecado prohibido para cualquier entrenador: no convencer con su mensaje. Porque el Cali no le creyó. El Cali no fue su Cali.

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