Como un baby boy del Pecoso más, Jefferson Lerma salió a las pantallas del Fútbol Profesional Colombiano por allá en 2013. En ese momento, con 19 abriles, exhibió un par de cualidades físicas, caso del despliegue y el ritmo, muy por encima de la media. En una Liga lenta como la colombiana y a su edad, son factores que resultan decisivos a la hora de imponerse con relativo abuso en el campo. Esa supremacía genética le favoreció, evidentemente, para cruzar el charco al Levante UD, equipo en el que va camino a completar su tercer año en Europa.

Un paso del tiempo que le ha posibilitado a Lerma dejar de ser el jugador que era en aquel momento, pues ha podido crecer desde libretos muy opuestos como el de Rubi o el de Juan Ramón López Muñiz. Porque con Rubi su papel fue mucho más dirigido a exprimir (fuese como lateral o fuese como interior) su calidad y superabundancia física. En cambio, con Muñiz, mimado con una confianza incondicional, su concentración en el día a día pasa por convertirse en un mediocentro puro, por fijar su zona delante de la defensa y por defender un espacio concreto de su mitad del campo.

Ahora, con Muñiz, Lerma está más enfocado a la posición que al vuelo

El de Cerrito, en la temporada 2015/16, aquella donde el Levante UD pierde la categoría, dejó un partido para el recuerdo en el Ciutat de Valencia contra el FC Barcelona. Aquella tarde soleada, partiendo como interior izquierdo en el 4-3-3 de Rubi, posición que conoce muy bien desde el rombo de Fernando Castro, mostró su recorrido a todo campo, su físico competitivo y su determinación en fases de transición. Pero que haya cuajado un partido interesante no significa que no haya dejado ver sus problemas en el repliegue, propias de la inexperiencia. A Lerma le costaba situarse, le costaba leer situaciones y le costaba templarse. Fue un encuentro de virtudes y defectos en manifiesto.

Todo lo contrario a lo experimentado esta temporada. Obligado a tomar más decisiones, es decir, a ser menos enérgico e impulsivo, el colombiano está en la tarea de ser guardaespaldas y no protagonista defendiendo por su cuenta. ¿Cómo así? Anteriormente, Lerma saltaba a la presión, perseguía sombras, iba mucho al suelo y buscaba el quite sobre el pie del oponente. Esto, literalmente, está prohibido en el 4-5-1 de Muñiz. En un sistema exigente desde lo reflexivo como lo pasivo, pues su propósito es desactivar sin intervenir, actuar tras pensar y saltar a la ayuda de los centrocampistas, el robo se trabaja cuidadosamente. Este tipo detalles, para nada intrascendentes, son los que están permitiendo al Levante ser una de las gratas revelaciones de La Liga. El 1-1 en el Santiago Bernabéu es el vivo ejemplo de cómo construir un notabilísimo repliegue de acuerdo a los recursos y, a su vez, de cómo transformar la postura del futbolista.

Lerma también tiene mucho más balón

Y ni hablar de su peso con balón. Sin apostar por una creatividad privilegiada, Jefferson Lerma sí tiene cualidades con la pelota. La controla bien, la sabe escudar valiéndose de su cuerpo e incluso puede conducir tras recuperar. Junto a José Campaña, es una permanente opción de pase para sus compañeros, sea para salir desde atrás o para dar más facilidades a los hombres de banda. Mucho contraste con Rubi, donde, como lateral derecho y más allá del pase en línea recta al extremo, su participación era limitadísima. Su relieve en el juego dependía de sus largos movimientos. Ahora, por lo contrario, es una de las piezas que explica el engranaje granota. Porque la planta de sus primeros años ganó una lectura y un poso en su juego que no había enseñado antes. Y lo mejor de todo: cercano a los 23 años, su margen de crecimiento es tremebundo.

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