La llegada de Jorge Polilla da Silva al banquillo escarlata prometió de arrancada una identidad a la altura del club. Así lo hizo saber públicamente en su primera rueda de prensa y, por supuesto, ayer se conocieron las primeras señales. Porque América no sólo ganó en el resultado y en lo anímico, sino también en lo futbolístico. Recuperó sensaciones que parecían perdidas en lo más hondo, caso de la aplicación del repliegue en 4-5-1, la moderada precisión del robo adelantado, líneas unidas, profundidad exterior… Múltiples variantes tácticas, ninguna permanente a lo largo de los 90 minutos, que indican que el cambio de entrenador, como suele suceder, es un plus para reactivar plantillas cuando más lo parecen necesitar.

El Atlético Huila, su rival de contienda, animado por el genial Ricaurte y por la aparición sorpresiva del jovencísimo Andrés Amaya, llevó la iniciativa del partido durante las dos mitades, pero sin crear peligro. Es cierto que empezó muy pronto por debajo del marcado, que recibió el zarpazo del 2-1 a nada de haber empatado y que no pudo desplegar con claridad su fútbol, pero los de Craviotto acusaron de una falta de ritmo y agilidad en su posesión que tuvo que ver, en parte, por la presión media escarlata. Ahí, América se impuso con la exuberancia física de Blanco, el orden de los interiores y el sacrificio de los extremos.

Ricaurte dejó clarísimo que está más que preparado para dar el siguiente salto

Dicho esto, el encuentro, pese a la derrota, sirvió como consagración para la preciosa temporada de Andrés Ricaurte. Con todas las dificultades explicadas y por explicar, el capitán opita mezcló momentos de iluminación con constantes apariciones. O sea, lo condensó todo. Al margen de Juan Fernando Quintero, hablar de Ricaurte es referirnos a un futbolista de dimensión amplísima con la pelota en los pies, y ayer, en el Pascual Guerrero, lo hizo ver así.

Martínez Borja fue el gran dominador del partido

Pero lo mejor es que ahí no se quedaron las noticias positivas. En clave americanista, como otro día más en la oficina, Cristian Martínez Borja significó puntualidad goleadora y, a la postre, tres puntos. Su físico, lleno de posibilidades, marcó las diferencias presupuestadas: ganó en el juego aéreo, guardó el balón de espaldas, trazó desmarques para abrir espacios a hombres de segunda línea y convirtió un golazo marca de la casa. Para un Huila muy preocupado en las subidas de Juan Camilo Angulo y en los destellos de genialidad de William Arboleda, Martínez Borja fue el delantero ideal para romper esa centralización de atenciones.

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