Hubo un tiempo en que hablar de infierno en la capital del Valle era hablar de gloria. Arde el infierno, decían, lo que no era otra cosa que una celebración del poderío del diablo rojo, un canto a su grandeza y su trono. Hoy, para el Pascual Guerrero el infierno ha perdido su poder metafórico y ahora tiene forma de cruda realidad.

El estado de cosas escarlata le pudo a Hernán Torres

La apuesta por Hernán Torres fue mucho más que la ilusión de volver a Primera; era el afán de forjar una identidad. En todas las canchas que pisó —con mayor o menor éxito— el tolimense defendió siempre el uso de un doble enganche, el refinamiento asociativo de sus laterales y el festín de toque-toque a la colombiana.

Ese primer América de Torres, el que lograría el tan anhelado regreso a la A, no fue precisamente su creación más vistosa. No obstante, jugadores como Juan Camilo Angulo, Jeison Lucumí y Cristian Martínez Borja, todos con calidad suficiente para marcar diferencias en Primera División, no tuvieron mayor dificultad para hacer lo propio en el Torneo B.

Su regreso a la máxima categoría del fútbol colombiano no sería menos ilusionante. Sus primeros rivales, Atlético Junior incluido, fueron testigos de una adaptación tan inmediata al ritmo de juego de la A que sencillamente parecía increíble. Y justo cuando el América mostró su intensidad como aval competitivo, la Liga pasaría factura a sus carencias, que no eran pocas. Si los partidos no eran propicios para sacar a flote sus cualidades físicas, los problemas técnicos y tácticos escarlatas quedaban al descubierto: una salida de balón espesa, una circulación de balón blanda y falta de determinación en las áreas.

América no asimiló la reinvención de Torres

Aunque en este punto todo apunta a que los dolores de cabeza de Hernán Torres se reducían a una insalvable falta de calidad en su nómina, el entrenador tolimense no fue menos responsable de la involución en el juego de su equipo. Su apuesta por un Martínez Borja más fijo en el área y menos libre representó un bajón en el fútbol del chocoano. Del mismo modo, el sacrificar a Juan Camilo Hernández en la delantera en pos de un proyecto de equipo a largo plazo (al ‘Cucho’ lo tendría sólo 6 meses) fue tirar por la borda una oportunidad única de ganar la determinación que echaba en falta el equipo.

Pese a que el tolimense dio un giro radical a su discurso para este segundo semestre, dejando atrás la búsqueda incansable de protagonismo para dar paso a un juego notablemente conservador, el equipo no dio pistas de ese nuevo mensaje. Un mensaje a todas luces coherente, teniendo el América entre sus filas a una auténtica garantía en defensa como Elkin Blanco. Asimismo, un mensaje a todas luces contradictorio, siendo Hernán Torres un promotor de defender con el balón y no sin él.

Hay veces que un mismo mensaje cala más hondo con un emisor distinto. Y por su permanencia en la A quiera el América, quiera Dios y el pecado sea sordo que sea este el caso de Jorge da Silva.

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