La gestión de una selección nacional es un arte que requiere de intuición, paciencia, sabiduría y precisión. Hay tantas cosas que se escapan del control de un seleccionador en comparación con el de un entrenador de clubes, y el margen de error es tan estrecho, que no existen fórmulas adecuadas para desempeñar el cargo. Para empezar está el tema del calendario y su incidencia en la capacidad de trabajo directo del seleccionador con su equipo: se juntan, y no siempre los mismos, con periodicidad irregular cada cierto tiempo para jugar varios partidos en pocos días. El avance tecnológico ha ayudado a mejorar el tema del contacto personal constante con algunos jugadores, pero ¿cómo hace un entrenador para preparar en su totalidad el juego del equipo si incluso con las ventajas de tiempo de trabajo en los clubes ese proceso tarda meses en el mejor de los casos? Y luego está el tema básico: el trabajo de un seleccionador está delimitado por las generaciones que le tocan. Su materia prima es amplia en cantidad, pero su calidad y su forma variadas e inestables, y la capacidad de corregir, complementar y balancear su plantilla con algo externo es nula. Y a partir de ahí todo lo demás.

Las vicisitudes del fútbol moderno han complicado la labor de los seleccionadores

Esos límites para el seleccionador desembocan en que muchas veces su trabajo se reduzca al de administrar la generación futbolística que le viene dada más que la de la confección de un equipo de fútbol con los mejores valores del país. Y todo eso debe hacerlo en un marco competitivo con ciclos definidos de cuatro años. Y ahí debe elegir: ¿Los mejores o los que vayan a serlo el día D? ¿Los que mejor estén o los que vayan a estarlo en el momento definitivo? Y sin capacidad de formar al juvenil ni de dosificar al veterano; sin poder tener incidencia directa y constante en la evolución de un jugador; y sin permitirse rotar, refinar, probar y elegir partidos porque todo es competencia. La realidad es que no tiene control genuino sobre sus futbolistas ni tampoco tiempo para elaborar un sistema de juego en el que esos futbolistas brillen.

Y aun en ese escenario tan complejo… lo intentan. Tratan de que su trabajo en una selección sea símil del que harían en un club: se esfuerzan en crear equipos tácticamente complejos; buscan manejar un núcleo fuerte de plantilla; siguen, hablan y aconsejan a sus jugadores, así no hagan parte de la convocatoria; hablan con los entrenadores de sus seleccionables y tratan de incidir en sus decisiones tácticas como también en las elecciones que los jugadores hacen en sus carreras; procuran ir acercando a los jugadores más jóvenes al entorno selección; se atreven a proponer cambios de posición y rol que luego tienen o no tienen eco en los clubes; proyectan a corto, medio y largo plazo. Lo intentan todo y fallan casi siempre. Casi.

Pekerman y el ciclo mágico de 2012-2014: una excepción de difícil reproducción con los mismos protagonistas

En su primer ciclo en la selección, Pekerman lo intentó todo y tuvo éxito. Le tocó una generación fantástica y desde su distancia por extranjería supo remover los cimientos del equipo para ponerla a funcionar como si se tratase de un club. Y jugó y ganó acorde a las posibilidades que tenía. Llegó en el momento preciso para que todo se diese, tomó las decisiones correctas y su gestión fue ideal. Tuvo la intuición, la paciencia, la sabiduría y la precisión que requiere el cargo. Y todo lo jodió una lesión de lo más inoportuna. Porque en el fútbol, aunque lo hagas todo bien, pasan esas cosas. ¿Debía seguir después de 2014? Sí. Y siguió porque su trabajo tenía recorrido y no había, entonces, otro hombre que tuviese más virtudes para llevarlo a cabo. ¿Lo ha hecho bien? Va segundo de la Eliminatoria a un suspiro de Rusia 2018 y, a pesar de ello, las sensaciones son de pesadumbre.

Decía Capello que lo más difícil en el fútbol era tomar decisiones. No hay momento más duro para tomarlas que cuando se está ganando. Porque Colombia va ganando. Pekerman se ha encontrado con una generación de éxito sin parangón en nuestra historia. Una generación a la que él le dio el lugar y la forma. Y también con una nueva que puja, que mueve y que pide lo mismo. Hacer el cambio es fácil cuando se pierde. Es mejor pintar sobre un lienzo en limpio que sobre uno a medio hacer: después de 2002, Bielsa se encontró con una autopista sobre la que construir. Pero Colombia va ganando y la victoria le ha encerrado en un círculo: los reyes de antes no son lo que fueron, pero tampoco han dado lugar a que los príncipes aprendan a ser reyes y llegado el momento de la sucesión no hay regentes para el trono.

En las selecciones suele suceder que las regeneraciones no se dan con el timing correcto, sino cuando la derrota desenmascara todo

Y para esto tampoco hay fórmulas: Con Argentina en 2002, Bielsa no supo dar el relevo necesario; pero Francia, con los reyes envejecidos en 2006, fue subcampeona. Pekerman sabe desde hace dos años que no tiene a los que tuvo. Que había que cambiar, pero no ha visto cómo: las urgencias de la competición no le permiten quemar a los aspirantes, pero sin los aspirantes no puede jugar como debe para competir. La culebra que se muerde la cola. Dos años largos de intenciones e intentos que le han dejado claro solo una cosa: que lo mejor es no decidir. Pekerman no piensa ya ni en el ayer ni el mañana. Va partido a partido, fecha FIFA a fecha FIFA. Solo así se explica lo de la jornada de ayer: la alineación, el juego, los cambios, el resultado. Partido a partido, Abel Aguilar entra como segundo cambio a cerrar un partido que va 0-0 contra Venezuela; fecha FIFA a fecha a FIFA, Muriel solo juega diez minutos tras ochenta estériles de Yimmi Chará; partido a partido, Santiago Arias es titular siempre menos contra Brasil; fecha FIFA a fecha FIFA, Gustavo Cuéllar va a la tribuna un día como ayer. Solo así se explica la falta de plan y dirección, sea cual sea. Solo así se entiende que teniendo una baraja de jugadores de calidad y nivel para dar soluciones individuales a problemáticas de años que ha tenido Colombia en su juego, no estén en el equipo.

Y Colombia va ganando. Ojalá también se le dé por jugar en los meses que faltan para la cita orbital. Si no, Colombia comenzará a perder.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *