La generación que llevó a Colombia a Brasil 2014 tenía dos problemas evidentes: el primero estaba en el centro de la defensa. Ninguno de los centrales de la generación Falcao daba suficientes garantías y por ello José Pékerman prefirió usar, siempre que pudiera, a los veteranos y magullados Amaranto Perea y Mario Yepes. El segundo estaba en la primera línea de volantes: Valencia, Sánchez, Aldo Leao, Guarín y Aguilar fueron buenos futbolistas, cada uno en su nivel, pero palidecían al lado de los Zúñiga, Macnelly, James, Cuadrado y la línea de ataque. El plan del argentino en esa zona era el de juntar un mediocentro más posicional con la creatividad, pausa y verticalidad de Aldo o con Guarín como opción para los partidos más físicos. Pero la ascendencia y calidad de Macnelly, además de las lesiones de Valencia hicieron que cambiase de planes y optase por un doble pivote más acentuado, con Carlos Sánchez acompañando a Abel Aguilar.

Ideas con la pelota no le faltan a Cuéllar

El rendimiento de la pareja fue óptima, a pesar de no ser precisamente complementarios: Sánchez tiende a recular en demasía y a no cerrar líneas de pase, mientras que Abel basa su fútbol en el dominio de la segunda jugada en campo contrario. El fútbol del equipo, el volumen ofensivo y la maestría de Pékerman para comulgar talentos logró que una pareja dispareja como esa lograse ser equilibrada. Aun así, era claramente un punto a mejorar, tanto en la gestión del primer pase, en el que a Sánchez y a Aguilar, técnicamente competentes, les faltaba ritmo e ideas, como en el ejercicio defensivo.

Así, cuando Pékerman quiso comenzar el cambio generacional que tanto le ha costado, el primer nombre que apareció, y con todo el merecimiento, fue el de Gustavo Cuéllar, entonces con 22 años. En su debut no le fue mal, pero dejó un sabor agridulce porque se lo notó no tan preparado para el ritmo de élite como se esperaba y quizá demasiado impulsivo con y sin pelota.

Con sus vicios, el futbolista del Flamengo llega en su mejor momento desde su traspaso al fútbol brasileño

Su traspaso al Flamengo en un principio no hizo sino levantar más sospechas: en Brasil su pase, creatividad y empuje es adorado por los hinchas, pero los entrenadores también miran que su respuesta ante el ritmo de la liga, más alto que el de la colombiana, ha sido de desorden posicional y prisas con el balón que no son acordes al dominio técnico que demostró en el Junior. No obstante, con altos y bajos, y ante la lesión de Matheus Uribe, Cuéllar aparece para esta fecha eliminatoria como la opción obvia para Pékerman gracias a un repunte en su rendimiento de las últimas semanas.

Hablando en plata blanca, ¿cuáles son las posibilidades de que Cuéllar tenga peso en los partidos contra Venezuela y Brasil? Para empezar, durante los últimos meses Pékerman ha virado su propuesta más hacia su idea original, con un gestor en la base de la jugada que abastece a James, los jugadores de banda y los puntas. Sin Macnelly o Quintero en la convocatoria, y sin James contra Venezuela, que ha venido cambiando su rol a uno más plenipotenciario, un jugador del estilo de Cuéllar, que a pesar de no haber crecido como se esperaba sí que comparte mucho del perfil del Aldo que encandiló al entrenador argentino, debería ser tenido en cuenta. El fútbol de Cuéllar es fuego. Incandescente y en combustión. Trata de atacar con cada acción, se mueve mucho, con agresividad y sin miedo. Algo que a la Colombia espesa de los últimos partidos le puede venir más que bien: lo necesita. ¿Ha ganado Gustavo la madurez para dárselo sin quemarse a sí mismo? Pékerman sabrá.

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