Atlético Nacional aún se halla en el intento de incorporar el ideario de Juan Manuel Lillo. Pero es esa velocidad con que lo intenta, falla, se recompone y vuelve a intentar donde el proceso muestra mejoría y, además, donde saca diferencias. Nacional no negocia la velocidad del balón ni el ritmo de los partidos. Anoche, en una nueva edición del clásico ante el América de Cali, fue el equipo de Hernán Torres quien lo padeció.

El dibujo verdolaga hoy tiene mejores intérpretes

El 3-4-1-2 de Juan Manuel Lillo, con Macnelly Torres en cancha, es a otro precio. Con su inmejorable movilidad, Nacional eleva la calidad de la circulación notablemente. El barranquillero multiplica las líneas de pase, bascula de banda a banda y aparece como hombre libre en la zona débil del rival: todas cosas que el modelo de Lillo pedía a gritos.

Sin embargo, la alegría verdolaga tendría un alto en el camino. Con su 4-3-2-1, el América de Cali jugó dispuesto a sobrepoblar el mediocampo e impedir la comodidad de los locales. El cortocircuito entre Macnelly y el resto fue prueba del éxito del plan de Hernán Torres, por lo que Nacional se vio obligado a elegir entre dos escenarios. El primero: orientar su juego hacia las bandas, exigiendo un despliegue monumental a su capitán para formar triángulos en cada lado. El segundo: dar por perdida la batalla en el medio y saltarse ese escalón.

Nacional se resolvió por esto último a priori una renuncia al dominio en el centro del campo aunque por la lluvia y el estado de la cancha no dejó de ser una decisión temeraria por los aciertos técnicos que suponía. Al fin y al cabo, con Alexis Henríquez y Aldo Leao Ramírez, el equipo de Lillo puede permitirse ahorrar pases con lanzamientos lejanos sin perder volumen de ataque.

América no contempló otra cosa distinta a defender el 0

Los lanzamientos de Henríquez, y en menor medida Ramírez y Macnelly, encontraron a un siempre dinámico y puntual Dayro Moreno. El tolimense entendió cada momento, atacó la espalda del mediocampo escarlata y puso a jugar a Nacional de cara. Así las cosas, la carga emocional para el equipo de Hernán Torres fue demoledora: un ritmo de juego inalcanzable, un rival encontrando soluciones para cada problema y, para colmo, el intratable empeine derecho de Dayro haciendo de las suyas.

Un partido con sensaciones radicalmente opuestas en cada bando y una insalvable diferencia de calidad que dejó la sospecha de que, aunque el partido se jugara de nuevo, correría el mismo destino. Una noche amarga que más le vale al América de Cali olvidar cuanto antes.

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