La primera noticia positiva que viene dejando el Junior este semestre, y no es para menos, es la productiva conexión que existe entre su nueva pareja de lujo, conformada por el potente Yimmi Chará y el genio Teófilo Gutiérrez, quien entre ambos se interpretan de manera pausada, pensativa e inteligente. Además, su cuota de determinación, que en el fútbol colombiano marca una diferencia abismal sobre todo a nivel clasificatorio. Esta suma de perfiles, que encima encaja con la tradición futbolística y social tanto del club como de la ciudad, no está viéndose complementada, en términos prácticos y correctos, con la figura del ‘9’. En un caso más concreto, con Roberto Ovelar. Y aunque es una cuestión de matiz táctico, también tiene su problema por la liviana condición del delantero paraguayo.

¿Por qué Ovelar es un fijo en los partidos de casa?

Porque Junior, hasta este momento, se agarra la inspiración de sus dos máximas estrellas. Dos estrellas que, sumadas, aportan variedad, movilidad, calidad, chispa y colectividad. Es decir, realmente necesitan muy poco para girar partidos. Y en ese sentido, Ovelar, que está al mismo nivel técnico tanto de Gutiérrez como de Chará, no está encontrando caminos que le acerquen al gol. Es tan coherente que Roberto esté sumando toques de calidad en tres cuartos, manejando la pausa y poniendo de cara a dos de los tres futbolistas más letales del campeonato local, como que dé la sensación que al Junior le falta una referencia fija arriba que materialice el volumen ofensivo generado por Teo-Chará, pues no se trata de un gran goleador y lo mejor de su juego está fuera del área.

De cierta manera, Junior apenas va camino a ser un equipo. Y en ese trecho formativo, Julio Comesaña ha introducido mediocampistas con llegada, jugadores preparados asociativamente en espacios reducidos, laterales de gustos diferentes, etc. En resumidas cuentas, sabe lo que busca y cómo lo quiere, pues guarda enorme relación que su equipo apueste por el pase al pie, por la creación de ocasiones lentas y por la racionalización de los espacios del carril central. El Junior 2017-II, de forma transparente y fondo incompleto, no esconde lo conseguido en este casi mes y medio de competición: el gol a favor siempre está bastante más cerca de lo que parece y de encajarlo. Y eso, teniendo en cuenta el trasfondo, habla muy bien de la plantilla a disposición.

Entre Liga y Copa, Junior ha marcado 11 goles en 4 juegos en el Metropolitano

Pero lo que poco se conoce del tema es que el gol en el Junior no hace parte de un ente independiente. Así como Teo ocupa el punto de penalti o Chará rompe a portería, Piedrahita puede aparecer en el segundo palo o Jarlan cargar con éxito el área. Es decir, no existe un mismo fin para todos los medios. Comesaña ha apostado definitivamente por un sistema que nace, crece y se sostiene por la clase de Teófilo, pero que muere con cualquiera. La acción rematadora no va destinada al hombre más adelantado. Con Gutiérrez, Chará y Ovelar, Junior aprendió a hallar el equilibrio en su juego a partir de la pelota, a juntarse arriba, a ganar continuidad a través de la presión alta, intensa y colectiva, y a crear muchos escenarios de aparición puntual. Un modelo que habla por sí mismo: no importa si el ‘9’ tiene más o menos olfato, si es de estirar o comprimir el ataque, si significa una amenaza de gol constante o esporádica o si es mejor o peor en el arte de pivotear, sino que tenga una preferencia por la asociación corta. Porque el fútbol es más fluido cuando la pelota corre y no el jugador. Y esa condición, con el paraguayo, se cumple a la perfección. La jugada del último domingo es una clara muestra de lo que pueden llegar a construir ellos tres. La anotación, asunto de todos.

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