El juego de posición español-holandés, a la larga, es un manual de fútbol para jugar bien. Una serie de instrucciones y guías sobre cómo, dónde y cuándo posicionarse, pasar y jugar. Una herramienta, un marco teórico estricto que Lillo le entrega a los jugadores para que lo lean, lo aprehendan y lo sigan para darle un sentido práctico a sus talentos con la promesa de que si lo hacen, individualmente tendrán todas las facilidades colectivas que añoran. Pero no deja de ser lo que es: un manual de fútbol para jugar bien. Y bien, mejor que cualquiera de los que actuó ayer, juega Teófilo Gutiérrez. Él no necesita ningún marco teórico: él es uno en sí mismo. Lo lleva de fábrica. Y eso es lo que Comesaña le entrega a los otros diez: a Teófilo. Y así, con Teo dando una clase magistral, el Junior dominó, ganó y sobrepasó al Nacional de Lillo sin despeinarse.

Teo lideró un Junior con el modelo de juego más básico del fútbol: que los de corto jueguen bien

Por la coyuntura, la adaptación al rival y las nuevas convicciones, Lillo puso sobre el césped del Metropolitano un equipo acomodado en un 3-4-1-2 en que el ‘1’, Nieto, quizá por desorden, quizá porque así se lo pidió el español, se recostaba sobre el lado derecho del campo. La estructura, más difícil de interpretar dentro del juego de posición que el 4-3-3, que favorece la formación de triángulos, lastró el juego verde. Junior presionaba sobre la recepción de los mediocampistas, que como Nacional, entre otras cosas, no hace el ‘tercer hombre’ de forma sistemática quedaban obligados a recibir muchas veces de espalda, y si se giraban, armaba una doble línea paciente de cuatro jugadores que cerraba espacios hasta que Nacional, por la inercia de sus dificultades en el juego, perdía la pelota. Con balón, Junior supo marcar el ritmo gracias a Teófilo, que acaparaba técnicamente el esférico, posicionaba a su equipo arriba y no perdía nunca el balón; los movimientos profundos de Chará leyendo a Teo; Ovelar, que en el pecho y de espaldas tiene más técnica que Gustavo Torres de cara y con el pie, ofreciéndose en el juego directo y como socio en pared de Teo; y Sebastián Hernández contemporizando ataques desde su posición de interior derecho. La contrastada calidad de sus atacantes hacía el resto: creaba opciones de gol.

El principal problema de Nacional quizás era que salvo sus centrales, y no siempre, sus futbolistas no están acostumbrados a fijar un jugador rival antes de pasar el balón. Como consecuencia, la rígida estructura verde avanzaba en el campo, pero no eliminaba contrarios ni creaba ventajas a sus atacantes. Por eso, porque nunca jugaba en situaciones de ventaja, perdía el balón sin que el Junior tuviese que correr. Los cambios que introdujo Lillo, aunque aumentaron el nivel y la constancia de la amenaza, fijando extremos por fuera, no solventaron la mecánica fallida de juego y el equipo barranquillero administró su ventaja. Con Teófilo como líder haciendo las cosas que Lillo quisiera que sus futbolistas hicieran. Jugando bien. Y con la chispa que no mostró en sus últimas aventuras en el extranjero.

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