Cuando le preguntan por el estilo que siente, a Gregorio Pérez se le iluminan los ojos pensando en la línea de cal. Pese a la nieve en su pelo que da cuenta de sus casi setenta inviernos, además de sus escasos días al frente del expreso rojo, el entrenador uruguayo ya cuenta con el aval de la ambición y revitalización que muestra su equipo. Y esas bandas, sus bandas, ya son la luz de sus ojos.

Santa Fe decretó la velocidad de juego durante gran parte del encuentro

Millonarios e Independiente Santa Fe no se reservaron ni una gota de fútbol en el clásico capitalino, e hicieron olvidar aquellos derbis plagados de respeto excesivo y fricción donde la calidad pasaba a un segundo plano. El balón se movió a una velocidad considerable y sostenida que habla de la buena salud que goza el fútbol de la capital. Gran responsable de esto fue el conjunto dirigido por Gregorio Pérez, reflejo de la memoria táctica heredada en tres años bajo el tutelaje de la sabiduría del cono sur.

Así pues, el tándem Gordillo-Perlaza fue amo y señor de la primera mitad, sumando robos, intercepciones y, en definitiva, plantando una muralla infranqueable en el círculo central. En pos del juego por bandas que predica su entrenador, Santa Fe orientó a la mayor brevedad todas sus contraofensivas hacia las bandas en un discurso que fue norma en la primera mitad.

Millonarios, por su parte, no daba señales de incomodidad, por lo menos en los primeros minutos. Santa Fe precipitó en exceso los lanzamientos hacia la banda derecha (puesto que sus dos centrales son diestros) y agotó el duelo entre Anderson Plata y Felipe Banguero, donde el embajador dominó indiscutiblemente. Y ahí el equipo de Miguel Russo parecía ganar confianza.

La comodidad de Millonarios se fue diluyendo

Pero aquello fue apenas un espejismo. A la mencionada superioridad de Yeison Gordillo y Baldomero Perlaza se sumó un malestar físico de David Macalister Silva, delegado para enlazar con la delantera, lo que hizo mella en un ataque albiazul que poco pudo hacer para alejarse de su portería. A costa de la impotencia de Millonarios, Santa Fe tuvo tiempo incluso para acudir al inconexo John Pajoy y bordó el dominio en el primer tiempo. La imagen no admitía dudas: Anderson Plata y John Pajoy agrediendo desde la cal como imaginó Gregorio Pérez mientras que David Macalister Silva y Harold Mosquera, las piezas desequilibrantes de Millonarios, se vieron maniatados en la primera mitad, éste último preso del marcaje escalonado entre Juan Daniel Roa y Víctor Giraldo.

Los segundos 45 minutos sufrieron un cambio de libreto obligado por las lesiones. El primer afectado fue el expreso rojo. Pese al ingreso de Wilson Morelo, que por sus condiciones tiene para sumar en varios escenarios más que el sustituido Denis Stracqualursi, Santa Fe no tuvo una mejora significativa en el último tercio de cancha a causa de la escasa fluidez de Morelo en sus decisiones, cosa que entró en conflicto con el ritmo de su equipo.

Por su parte, la lesión definitiva de David Macalister Silva restó posibilidades al juego entre líneas de Millonarios. En este apartado cabe destacar la intención de Harold Mosquera, que hizo todo lo que estuvo a su alcance para revivir la mediapunta y dejó varios gestos técnicos que le dan la razón a la libertad que reclama su fútbol.

Gregorio Pérez hizo valer su banquillo

La última media hora del clásico capitalino entró en un contexto donde Gregorio Pérez se pudo permitir licencias que Miguel Russo no. El uruguayo dispone de una amplitud de nómina envidiable y suficiente para dar un giro a su antojo, siempre y cuando sepa acertar el momento del partido. Y Pérez acertó. Supo que el duelo entre Banguero y Plata estaba exponiendo la gran debilidad del extremo cardenal, sus problemas técnicos para regatear, y no tardó en dar ingreso a Kevin Salazar en su lugar. Supo que su equipo está curtido en las artes del sur, que en algún lugar de su memoria se aloja el dominio de los aires, la pelota quieta. Y supo, en definitiva, que el sur recuerda.

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