Cuando Johan Cruyff llegó a España en 1988 para dirigir al FC Barcelona se pensó que el holandés tenía un poco corrida la teja. Las ideas y el sistema del holandés eran alien para la cultura de juego española. Tuvo muchísimos enfrentamientos, jugadores que no tenían la voluntad de abrir su mente a una nueva forma de entender cómo jugar y otros que nunca la entendieron. El inicio fue complicado, estuvo a punto de irse más de una vez, pero al final logró lo que se propuso. Algo similar vivió Juan Manuel Lillo cuando en 2014 llegó a la Liga Colombia. Todo en él era extravagante y pedía cosas a su equipo que para el espectador, el periodista y el propio jugador eran incongruentes con lo que habían aprendido en 50 años de tradición futbolística. La aventura fue truncada y aunque algo de lo que Lillo propuso alcanzó a verse, el equipo quedó muy lejos del ideario futbolístico del español.

La Colombia a la que se enfrenta Lillo en 2017 es distinta. Y aquel Millonarios no es el Nacional de hoy. Tanto Osorio como Rueda, en mayor o menor medida, practicaron vertientes del juego de posición, que es la tendencia táctica que ha marcado la pauta del fútbol europeo en los últimos 15 años y que a Sudamerica llegó hace solo 5, y los jugadores verdolagas no solo ya tienen en la cabeza algunos de los conceptos que Lillo trae en su libro, sino que están acostumbrados, sobre todo los que jugaron bajo el mando de Osorio, a una forma de ser, entrenar y aproximarse al futbolista y la confección del equipo tan excéntrica como la que puede tener Lillo. Y aun así no dejó de sorprender que tras solo dos semanas de entrenamiento, Nacional tuviese claro cosas del nuevo modelo de juego que el Millonarios de Lillo, en meses, no tuvo.

La Colombia a la que se enfrenta Lillo está más preparada para su idea contracultural

Quizá valga aclarar aquí que el modelo de Lillo es el más recalcitrante en cuanto a juego de posición se refiere. No solo parte de la premisa básica de posiciones fijadas dentro de un sistema de juego, sino que aplica una serie de reglas sobre cómo se debe actuar con y sin pelota para progresar en el campo. Así, por ejemplo, Lillo pide a sus volantes de segunda línea que no vayan a buscar el balón, sino que fijen su posición por detrás de la línea de presión contraria y tengan paciencia para que el balón los busque a ellos en unas condiciones que para el futbolista y el equipo son más favorables; o también necesita que el poseedor del balón fije a uno o más jugadores rivales antes de soltar el esférico. Son más, pero solo estas dos disposiciones ya dan cuenta de lo contracultural que resulta el juego de posición para la forma de entender el juego que tiene un colombiano, o sino solo hay que retrotraerse a la selección de Carlos Valderrama, tótem de la cultura de juego nacional, y recordar que el comportamiento de los jugadores de ese equipo era exactamente el contrario al que busca Lillo de los suyos. Con esto no se quiere decir que una u otra forma de jugar sea mejor que la otra, aunque ciertamente el juego de posición ha demostrado en los últimos veinte años tener ventajas competitivas, sobre todo a nivel de clubes.

Para Nacional, asimilar el nuevo modelo de juego significará, en muchos casos, reaprender a jugar. Interpretar que ciertos comportamientos rutinarios con los que han jugado toda su vida no caben dentro de lo que necesita el equipo para tener éxito, tanto sin balón como con él. En la primera puesta en escena, durante veinte minutos, Nacional pareció comprenderlo. Sin jugar bien, sí que fue reconocible que se trata de un equipo que intenta jugar según el libro de Lillo y no de acuerdo al de Rueda. Tanto Macnelly como Aldo fijaban sus posiciones por detrás de la segunda línea de presión santafereña, se alejaban de la pelota para recibirla y le abrían líneas de pase por delante a Edwin Valencia; los extremos, Torres y Ruíz, fijaban por fuera para generar espacio y solo se soltaban de la cal cuando el lateral llegaba a cubrir ese lugar en el último tercio; Dayro Moreno se movía con insistencia en la zona del ‘9’, buscando crear apoyos y generar cadenas de pases que asentaran los ataques en esa zona; los centrales se abrían constantemente para ensanchar la salida de balón; y los laterales ganaban altura por fuera para crear espacio. Casi siempre.

Ya hay reglas del juego de posición asimiladas por los jugadores verdolagas

Lo cierto es que incluso en esos primeros minutos, Edwin Valencia y Dayro Moreno, que parecen alumnos aventajados del juego de posición, tuvieron que ajustar comportamientos y situaciones a sus compañeros, sobre todo a Daniel Bocanegra, el más flojo anoche, Macnelly y Aldo Leao, que son a quienes más les pesa el cambio cultural. El equipo, aunque convencido de la idea, pareció inseguro de cómo exactamente tenía que ejecutar, dudas normales de quiénes están aprendiendo algo nuevo. Esto se notó sobre todo con balón. Ahí pesa mucho más la sensibilidad y la intuición del futbolista y se notó que todavía no están sistematizados los comportamientos con balón que quiere Lillo. Por ejemplo, una de las máximas del modelo es la de buscar la recepción del llamado «tercer hombre libre», que viene a ser básicamente jugar pensando en las dos o tres jugadas siguientes. Así, en vez de pasar el balón a la colombiana, con paredes y en corto, tuya y mía, se busque más bien un mía, tuya, de él: si Valencia quiere jugar con Macnelly, y este está marcado o de espaldas al arco, que se la pase a Dayro y este a Macnelly, que se desmarcó mientras el balón estaba en otro lado y ahora recibe de cara y en ventaja para jugar el balón en una posición mucho más dañina que la que tendría si hubiese ido a buscar la pelota al lado de Valencia. Eso Nacional ayer no lo tuvo, aunque Dayro bien que lo intentó en multitud de ocasiones. Y de esta guisa, muchos otros conceptos que todavía no están en el ABC de los jugadores.

Y otras, sobre todo con balón, que todavía cuesta. Dayro y Valencia, alumnos aventajados

El sistema está crudo y Santa Fe, con un sistema de presión flexible entre el bloque alto y medio, y velocidad para atacar espacios libres, fue un marrón demasiado oscuro para un equipo biche al que le faltaron tres jugadores de su columna vertebral, uno por línea, y cuatro a partir del entretiempo. Al minuto veinte, como se ha insistido, Macnelly perdió la paciencia y comenzó a buscar más el balón al lado de Valencia. Hasta ahí Nacional, sin dominar, sí había sido más que su rival, pero a partir de esa decisión, y el contagio siguiente, fue desordenándose y cediendo dominio y ocasiones. Con la entrada del desordenado e inseguro Nieto, las pérdidas en zonas comprometidas se hicieron constantes y Santa Fe castigó. El 1-0, de penalti, fue un resultado justo, pero que no debe demeritar lo que se anunció en el segundo párrafo: en dos semanas, Nacional tiene más trazos de equipo de Lillo que los que llegó a tener en su momento Millonarios. Y eso debe ser motivo de ilusión porque no era nada fácil.

NOTA: La literatura en internet sobre el juego de posición de la corriente española/holandesa es amplia. Si el lector no está familiarizado con la escuela, es el mismo modelo de juego que aplican los equipos de Guardiola o el Ajax de Ámsterdam y recomendamos este artículo del entrenador catalán Dani Fernández para iniciarse.

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