A finales de la década de los 60, Don Upo, genio inmortal de la crónica roja y de quien Belisario Betancur dijo que “era una escuela ambulante de periodismo”, publicó su habitual cuartilla y media en el periódico El Colombiano de Medellín narrando un trágico crimen en Puerto Berrío, donde una mujer envuelta en cólera dio muerte a su pareja. “Ya te maté, bien mío, ¿ahora qué será mi vida sin ti?” la tituló.

En el Estadio Pascual Guerrero, América y Deportivo Cali se dieron cita en el clásico del Valle mostrándose sus medallas de guerra. Los escarlatas llegaban al encuentro luego de vencer nada menos que al Deportivo Pasto de Flabio Torres, equipo que mostró la candidatura más firme en lo que va de los playoffs. Por su parte, y por si fuera poco, los azucareros arribaron triunfantes al Pascual Guerrero tras dejar en el camino al estelar Juan Fernando Quintero. A su manera, ambos equipos habían logrado las utopías que daban sentido a los playoffs. Tal vez por eso mismo, anoche el fútbol de ambos fue como el sinsentido después del fin. Anoche, rojos y verdes fueron la crónica de Don Upo en cuerpo ajeno.

Por pura calidad, el Deportivo Cali pudo ser más propositivo

Lo cierto es que quien más se atrevió a buscar sentido después de la resaca triunfal fue el equipo de Héctor Cárdenas, que ni corto ni perezoso propuso un partido a la voluntad de la salida de balón de su equipo. Así pues, la intención inicial de Pablo Mina fue salir en corto a la vez que Nicolás Benedetti y Andrés Felipe Roa marcaban distintas alturas y líneas de pase en campo contrario. Mención especial para Luis Manuel Orejuela, que mostró una precisión inmejorable en sus movimientos y no se cansó de ofrecer soluciones en salida tanto en la banda como en el centro. Pocos laterales en Colombia como el caleño ahora mismo, pero lo más importante es que él se siente el mejor y así lo proyecta.

Ante esto, el América respondió plantándose unos metros por delante de la línea divisoria, cosa que puso al descubierto las flaquezas de la salida de balón azucarera. Si bien el equipo de Cárdenas se propuso controlar el cuero desde su propio campo, la presión escarlata demostró que su doble pivote es ajeno a dicha dinámica. Así las cosas, Andrés Pérez no se involucraba en la salida de balón, mientras que Kevin Balanta se extravió ante el ritmo de circulación que pedía su equipo.

Entonces la nula participación en ataque de Andrés Pérez se convirtió en la debilidad del Deportivo Cali, pues los contraataques escarlatas lo pillaban muy lejos del balón. Dicho escenario se repitió en no pocas veces, pues si bien el Cali lograba asomarse al balcón del área escarlata por pura calidad de sus mediapuntas, no pudo finalizar las jugadas por falta de serenidad en el último pase o bien la ausencia de rupturas de Jefferson Duque y Fabián Sambueza, lo que derivó en contraofensivas escarlatas.

El juego fue todo de intenciones individuales. El América también mostró las suyas

La lejanía de Andrés Pérez de las jugadas sirvió de caldo de cultivo para la entrada en calor de Juan Camilo Hernández, que dominó la zona entre líneas. Sumado a esto, la siempre venenosa pausa de Cristian Martínez Borja fue criterio para su equipo y agonía para el rival. La balanza estaba equilibrada: por un lado, el Cali intentando llevar la batuta sin estar plenamente convencido de ello; por el otro, el América, sin siquiera contar con un plan para explotar su fútbol, aferrándose a la falta de fútbol rival.

Para la segunda mitad, la impotencia ofensiva del equipo de Héctor Cárdenas se tradujo en una expulsión que sirvió de excusa para ambos equipos firmar el empate. Hernán Torres no escondió su respeto excesivo por Nicolás Benedetti y formó un trivote con William Arboleda. Por su parte, Héctor Cárdenas recompuso su plan defensivo como pudo, primero con la inclusión de Juan Sebastián Quintero y luego oxigenando la presión con Miguel Murillo. Lo cierto es que el clásico de la Sultana del Valle presentaba a dos conjuntos cargados de heroísmo, espíritu de equipo, autores de hazañas, y dejó un marcador en tablas y un partido vacío de intenciones colectivas.

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