Anoche el Deportivo Pasto presentó su candidatura definitiva al título de la Liga Águila. El equipo de Flabio Torres ya había dejado bien claro que era uno de los que mejor jugaban al fútbol en el campeonato colombiano, pero entre ser revelación y candidato hay una línea a veces difusa en torneos de este estilo que solo cuando llegan las finales se puede cruzar con propiedad. Ayer el Pasto lo hizo a pesar de que empataron 0-0 con el América en un encuentro en el que el equipo volcánico solo remató una vez a portería por cuatro del local, en lo que no puede, de ningún modo, considerarse un partido redondo.

Dominio total del Pasto anoche en El Pascual Guerrero

¿Entonces por qué presentó candidatura? Porque demostró que las virtudes más importantes de su sistema de juego, que están enfocadas sobre todo al control defensivo de lo que ocurre en el transcurso de los 90 minutos, no dependen de la inspiración ni individual ni colectivo. El Pasto, en su nivel medio, juega al fútbol de la forma en la que lo hizo ayer, incluso bajo la presión de una fase final. El Pasto, desde una salida de balón versátil y valiente para la toma de decisiones, logró filtrar constantemente la pelota en campo rival bien y con mucha gente. Una vez instalado allí, la administración del esférico era ideal, con Daniel Cataño y el maravilloso Víctor Cantillo llevando la pelota a zonas en las que la toma de riesgos con la misma era aceptable porque la pérdida del balón era subsanable a partir de una transición defensiva que iniciaba desde el posicionamiento alcanzado con pelota, una presión que incomodaba la recepción del primer, segundo y tercer pase americano, y un posterior repliegue intenso y de suficientes alturas para que el América tuviese que tener una mecánica de pases de mucha calidad para superarla. El club escarlata, ni con la entrada de Juan Camilo Hernández, la tuvo y solo los apoyos de Martínez Borja complicaron al equipo pastuso.

Para lograrlo, Fabio prescindió de Yesus Cabrera y Yamilson Rivera, los dos jugadores más desequilibrante del equipo en la segunda línea del mediocampo. Por delante de Giraldo y Cantillo jugaron Cataño y Reina, a pie cambiado y por fuera, y Christian Rivera por dentro. El 4-5-1 del Pasto era maleable, permitía libertad para ir y venir, presionar o quedarse, cerrarse o abrirse, formando cuantas combinaciones se nos puedan ocurrir: 4-3-2-1; 4-1-4-1; 4-3-3; 4-2-3-1, etc. Y es que es dentro de esa libertad articulada que el Pasto se encuentra a sí mismo y empieza a tocar el balón con intención y mucho fútbol.

El plan conservador del Pasto tiene recorrido en finales

¿El problema? Que esa configuración adolece de desborde, velocidad y último pase. De capacidad de intimidar. El dominio del Pasto durante todo el partido no se transformó en ocasiones de remate porque al equipo le faltaba esa última marcha. Eran un volcán activo y peligroso, pero sin magma que origine una erupción. Así, ni siquiera cuando la musa visitaba a los chicos de La Libertad, infundieron miedo suficiente. Cuando entró Yamilson, en lugar de aposentarse sobre la banda izquierda, lo hizo sobre la derecha, añadiendo verticalidad a la ecuación del ataque, pero de la manera que más acercaba al control: las pérdidas de un extremo que juegue al fuera-fuera siempre son mejores que las de uno que se vaya hacia adentro. Los últimos dos cambios de Flabio, Ángulo y Sierra, solo hicieron confirmar lo sospechado: el tolimense piensa primero en el cero en su portería. No deja de ser un trazo de Maturanismo y colombianidad más. Y no deja de ser, tampoco, una ofrenda a sus opciones de ser campeón: primero que no les marquen goles.

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