Tuve la oportunidad de asistir al estadio el día del segundo partido oficial del Independiente Medellín de Quintero y Zubeldía. La expectación por ver al joven y ya recorrido entrenador argentino y, sobre todo, al genial futbolista paisa era altísima. ¿Cómo no? En su primer partido, Quintero, Zubeldía y el DIM habían encendido la ilusión. El sistema era un 4-2-3-1 que se organizaba en torno al 10, escorado sobre la derecha, para que este ordenara todo desde el pase y la imaginación. Las piezas del DIM trabajaban para potenciar a Quintero y este los hacía mejores a todos. El poderoso era un equipo ambicioso e incompleto, pero con trazos de equipo dominante desde el balón, la pérdida de la pelota en zonas poco comprometidas y la capacidad de eliminar líneas desde el pase y el movimiento de reloj. Aunque perdiese aquella final contra Santa Fe, la calidad de Quintero y el sistema de juego del Medellín dieron testimonio.

Los inicios del DIM fueron un torrente de ilusión

¿Qué pasó? Una serie de circunstancias desafortunadas. Primero, que Quintero, físicamente, estaba todavía lejos de su mejor nivel e incluso del que tiene ahora mismo. Jugaba en una silla y no aguantaba los 90 minutos. El DIM, para que todo saliese bien, necesitaba que el enganche tuviese presencia sempiterna. No era posible, al menos a ojos de Zubeldía, que es quien tenía más información que nadie sobre el tema. Lo otro, es que aun con Quintero jugando a buen nivel y con constancia durante el encuentro, Hechalar no estaba dando el plus que se necesitaba y ni Caicedo ni Nazarit daban realmente la talla. El resultado fue que el DIM combinaba minutos de superioridad manifiesta con otros de descontrol y que lo ambicioso del sistema pronto se convirtió en un problema para Zubeldía que, impaciente, comenzó a modificar cosas. Didier Moreno y su exuberancia física para correr los metros de más que tocaba correr, Marrugo abajo para que Quintero no tuviese que tocarla todo el tiempo y Goma Hernández desatado con movimientos por delante de la línea del balón. El plan, menos coral y con metas colectivas más bajas, generó suficiente equilibrio para que se insistiera en él y el DIM jugaba, dentro de todo, bien.

La lesión de Quintero el día del clásico paisa frenó la evolución del equipo, y cuando volvió, el DIM ya había naufragado. El sistema de juego había fracasado, ni jugadores ni entrenador volvieron a creer en él. Todo estaba representado en la figura de Marrugo, cuya química inicial con Quintero desapareció. Simplemente, capitán y estrella hablan idiomas de juego encontrados. Y eso, en un equipo de fútbol, genera desequilibrio. Y eso es el DIM, un equipo sin equilibrio en su fútbol, pero con futbolistas con mucha capacidad. Y con Juan Fernando Quintero y su fuente inagotable de juego y ocasiones. Así, el DIM se ha convertido en una serie de soluciones individuales, normalmente del 10, haciendo jugadas, lo cual es muy consonante con la reciente incorporación de Yairo Moreno al once titular.

El DIM ya no juega fútbol; ahora hace jugadas

Quienes más han sufrido por ello han sido los defensas, expuestos constantemente a situaciones de desventaja donde el error es igual al gol en contra, aunque individualmente las temporadas de Arias, Mosquera y Piedrahita son destacables. El DIM juega al fútbol forzado, enfrentando a contextos imposibles de los que a veces sale indemne por pura calidad individual. ¿Hay rescate posible o Luis Zubeldía le apostará al cuarteto –o quinteto– de jugadores más ofensivos para que resuelvan los partidos? Con eso puede ser suficiente porque tienen al mejor jugador del torneo, pero será complicado. El fútbol es mucho más fácil cuando se juega bien.

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