Cada equipo trae su afán, y los de Hernán Torres son obsesos de dominio. Así, lejos de complejos propios de forastero en primera división, el América de Cali afrontó su regreso a la A lleno de certeza y confianza, incluso llegando a protagonizar algunos de los minutos más vistosos que nos dejó la fase de todos contra todos. Pese a que aún mira de reojo a la tabla del descenso –producto del gran semestre de Jaguares y Bucaramanga, sus rivales directos–, Hernán Torres confirmó su vigencia intelectual y cumplió con su parte del trato: competir al máximo a fin de mantener el lugar que le corresponde al rojo de Cali.

La ilusión en la Sultana del Valle, sobre todo en la primera mitad de la fase clasificatoria, tuvo motivos de peso. Cautivadores fueron los duelos escarlatas ante Junior y el propio Nacional, encuentros condicionados indiscutiblemente por la pizarra de Hernán Torres. Ante Atlético Junior mostró un planteamiento impecable que sacó de combate a Robinson Aponzá, que por entonces estaba intratable. En el caso de Atlético Nacional, Torres fue tal vez el primero en anticipar los problemas de salida de balón verdolagas, los cuales no tardaría en penalizar la Copa Libertadores. Dicho esto, la sapiencia intacta de Hernán Torres y su laborioso enfoque al detalle representaron para el América un refugio competitivo ideal, como si cinco años después manejaran a la perfección el idioma de la máxima categoría del fútbol colombiano.

El América ha dejado constancia de un ritmo endiablado

El calendario de los diablos rojos juntó al grueso de las grandes citas en la primera mitad del semestre, y fue justamente en ellas donde los dirigidos por Hernán Torres mostraron una celeridad en su juego impropia para nuestro fútbol. Llamado a sobrevivir antes que dominar, el América se permitió pasar de la iniciativa para enfocar esfuerzos en un papel reaccionario, y lo hizo a partir de una presión alta que dejó visos de enjambre endemoniada. Asfixiando y acelerando, La Mechita se hizo indiscutible en el último cuarto de cancha.

Así llegó a su cita con Millonarios en El Campín de Bogotá. Hernán Torres tomó las precauciones del caso y propuso un plan coherente para dañar la zaga azul. Lo cierto es que el ingenio del tolimense no fue suficiente para evitar la goleada, lo que sería señal de un lastre que se confirmaría en la segunda mitad de la fase clasificatoria: América pena porque no va sobrado en calidad. Su plantel, que hasta entonces había cumplido con nota en las grandes citas, padece en el día a día, en los domingos donde su discurso ha de mostrarse propositivo. El América no puede ser lo que quiere, pero desconoce lo que sí puede llegar a ser. Con ese dilema llega a los playoffs el sistema escarlata, el cual expondremos a continuación.

Juan Camilo Angulo, principio y fin del juego asociativo

No es secreto que los equipos de Hernán Torres se caracterizan por buscar la posesión. En este sentido, el América es tal vez el menos capacitado de sus equipos recientes para ordenarse con el balón, bien sea por la rigidez de su doble pivote (Ayala, Arboleda, Mosquera, Vásquez), bien sea porque sus centrales no son especialmente creativos. Dicho esto, la salida de balón escarlata se recuesta en todo momento en Juan Camilo Angulo, lateral por derecha que normalmente suele realizar más pases que el doble pivote y, por si fuera poco, lo hace precisamente desde la zona medular.

El semestre de Angulo no es poca cosa. Su participación constante dinamiza el juego escarlata y su fluidez es vida para La Mechita tanto para salir de su campo como para dar sentido a sus ataques. No obstante, como hemos dicho anteriormente, el América adolece un pivote marcadamente rígido, cuya escasa movilidad atasca su fútbol asociativo y su poca participación es la condena para los pases que Angulo pide de vuelta.

Lucumí resume al América, para bien y para mal

Si bien el conjunto dirigido por Hernán Torres adolece un mediocampo ciertamente plano, muchas veces incapaz de generar líneas de pase y alturas en campo rival, la evolución de Steven Lucumí le ha venido como agua de mayo. Sin dejar de lado su electricidad, el caucano ha sumado a su repertorio cierta inteligencia en sus movimientos que lo han llevado a su versión más combinativa.

Y como mantiene su chispa, lo que más le interesa a este América es que la pelota caiga en sus pies si bien quiere desequilibrar. No obstante, en ocasiones que el escarlata no puede regatear y urge un cambio de orientación para descongestionar su ataque, Lucumí se convierte en parte del problema. No es un futbolista cerebral, y eso es justamente lo que su equipo pide a gritos.

El América no termina de entender a Martínez Borja

Sí lo es Cristian Martínez Borja, el goleador y referente del equipo. El chocoano ya no es aquel extremo potente que fascinó a Hernán Torres cuando lo enfrentó en el clásico capitalino por allá en 2013. En contraste, su cuerpo ha evolucionado y con él su mente, capaz de exponer una pausa narcótica. Martínez Borja es serenidad y cordura para este América.

Paradójicamente su mejor puesta en escena es en un contexto que poco interesa a Hernán Torres: el contraataque. Sus intervenciones en mitad de cancha dan orden al vértigo escarlata y resultan más peligrosas que cuando se halla en el balcón del área.

Así las cosas, el equipo de Hernán Torres llega a los playoffs con un incipiente remate de fase clasificatoria y la impotencia de hallarse lejos aún de aquel equipo asociativo que sueña ser. Por lo demás, da la sensación que las posibilidades escarlatas están en aquel fútbol reactivo de principio de temporada, y que cuanto más temprano lo asimile Hernán Torres, tanto más lejos llegará en los playoffs. El fútbol de la fluidez de Angulo, la pausa de Martínez Borja y el veneno de Lucumí. El fútbol de los tres santos que hacen al diablo.

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