En un partido que pronto se quedó sin historia, Luis Carlos Arias, por momentos, lo hizo todo: cortó pases en lo que parecía más un fusilamiento de los volantes de River Plate que lanzaban a mansalva y sin oposición balones de gracia. Luego los lanzaba al espacio con precisión a un Valentín Viola que se le exigía aguantar la pelota y dar tiempo a su equipo: allí ganó y perdió, pero fue una labor irreprochable. El otro hombre de la noche fue Yairo Moreno, que en los momentos más oscuros de su equipo lo sacó de su campo con conducciones, con habilidad y balón al pie en arrestos individuales. De fondo un problema grave del equipo de Zubeldía, porque la salida de un equipo es tal vez la labor colectiva más importante para empezar a pensar en atacar, y ayer los mandó a la guerra con cucharas de palo. Ese es el fin de la película: Arias y Moreno le permitieron al DIM, en lo que fue un primer tiempo triste y demoledor, ganar el partido.

¿Con cucharas de palo a la guerra?

El DIM intentó, usando un 4-1-4-1, no dejar jugar cómodo a River Plate. No funcionó. Cuando se busca poblar de forma horizontal el campo, lógicamente se pierde gente en la zona vertical, lo que se conoce como la manta corta. Esta ocupación de espacios del DIM tenía una finalidad: cortar líneas de pase; pero esto solo tiene sentido si al tiempo se le arrebatan tiempos de ejecución al rival, y el Medellín no terminaba de hacer completamente ni una cosa ni la otra, porque el encargado de presionar la salida terminaba siendo Viola, solo en el desierto, y como una presión no se hace con un solo jugador, el argentino no pudo ser constante en la toma del medio millonario y Nicolás Domingo, o el debutante de buen pie Zacarías Morán, podían tomarse el tiempo de ojear, medir y saltarse la línea de mediocampistas del poderoso. El sentido de los pases diagonales de los volantes de River fue muy inteligente porque usaba esos tiempos de más para girar al DIM, hacerlo moverse hacia la banda donde iba a tapar el balón, en el movimiento cedía metros y el millo volvía a entrar, pase mediante, con la pelota, con territorio ganado y con la zona frontal libre. Napoleónico Gallardo.

Nacho Fernández fue un problema irresoluble para el DIM

Por fin llegaron las municiones, las cucharas de palo dieron paso a los sombreros de copa y a las varitas mágicas. En realidad, solo había un mago en el campo, y ese es uno de sus trucos, pero los genios juegan muchos partidos en su cabeza, descartan posibilidades infinitas, miden consecuencias y actúan, ya ni siquiera es una cuestión de tiempo lo que se valora, es puro instinto y, para peor, belleza. Juan Fernando Quintero pasó a jugar por delante de los volantes de su equipo, y el DIM fue otra cosa. River se desordenó, el poderoso ocupó mejor los espacios en ataque, perdía la pelota arriba, bien arriba, y ¡combinaba! Entonces todo lo escrito se empieza a derrumbar. Las letras desparramadas se van borrando una a una en la arena que se revuelve. Desde la última que ya viene hasta la primera de este texto que se consume en el torbellino que es su truco definitivo, tal vez el mejor posible: dejar en los ojos la sensación de un partido total que todavía no se jugó, que solo existe en su mente, que está por venir. Quizás.

Fotos: EITAN ABRAMOVICH/AFP/Getty Images

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