Imagina mientras da pasos que se hunden como su propio pensamiento. Repasa un hipotético escenario ideal, ve a Anderson Plata caer a la banda persiguiendo un pase central, raso, con un sentido muy claro, descifrable pero incontestable, un típico balón al vacío, ojalá en diagonal dentro-fuera, aunque tal vez no importa tanto cómo, sólo que poco a poco, con cada paso, desajuste la zaga de centrales -uno va a tener que ir con el segundo delantero y salir, moverse- y, ¿Ceter? Ceter por fin se va a quedar uno a uno y a solas en el área, allí se impondrá solo si Anderson, voluntarioso, logra ganar en el espacio exterior. Mientras se da cuenta que la noche estrellada le estaba iluminando el rostro, regresa a la ensoñación donde la imaginación solo se puede volver real si cierra, si cuaja, y la jugada solo lo hace cuando ve que Jonathan Gómez con su pegada a cuestas y un volante más, Baldomero Perlaza o Sebastián Salazar, ambos pueden hacerlo, llegan cortando el viento en segunda línea…

La noche más importante del semestre para Independiente Santa Fe arrancaba con un 4-3-1-2. Jonathan Gómez, Anderson Plata y Damir Ceter en lo que era un triángulo de delanteros. Hay que hacer el matiz, porque en cómo se conciba al jugador que está detrás de los dos puntas es como atacará un equipo con esta formación. Las formaciones y los nombres gritan intenciones, y el de Santa Fe con Gómez, mediapunta de esos de tocar, llegar y romper, jugando retrasado, lo hacía a viva voz. Cuando el que ocupa la posición de ’10’ no es un volante, no tiene pase encubierto, juego en secreto, creación en espacio reducido. Así que esta formación, en el contexto que tenía el partido, quedaba coja. De entrada sería un ataque muy directo y, sobre todo, aéreo, además de exigir al segundo delantero, esta vez Plata, además del movimiento, la creatividad que pide un ataque.

Independiente Santa Fe careció de juego entre líneas por diseño de su entrenador

Se sabía que Santa Fe iba a ser directo, pero también había que ser amplio, así que Costas dispuso que Leyvin Balanta, volante por izquierda, y Juan Daniel Roa, lateral por derecha, fueran los encargados de amenazar por las bandas, aunque con poco éxito. Acá entran César Farías y The Strongest, porque el principal tema de jugar con dos puntas, un nueve bien de área y otro cómo satélite, y un llegador detrás, es precisamente la conquista de espacios y no su ocupación permanente. El equipo atigrado decidió que fuera lo segundo e hizo que Santa Fe no tuviese espacio abierto para moverse. Costas no tuvo opción y abrió a su equipo, cuando lo ideal era que el equipo abriera el campo, y por ende al rival. Mientras Santa Fe era un ave que despliega alas que no pueden volar, The Strongest se acurrucaba, haciéndose cortico como quien se impulsa para saltar al contragolpe. Aún así, el equipo bogotano ganaba bien la espalda con envíos largos y verticales. Había vida. Respiraba.

¿Un partido abierto es entonces más conveniente para este equipo de Costas?

Independiente Santa Fe, por formación, tenía una situación problemática: sólo defienden sus defensores. Aunque parezca que tiene sentido, es un absurdo. Un equipo en el que su mediocampo no recupera pelotas es un equipo que depende de la calidad de los contrarios y sus ataques. No impone condiciones en defensa, algo que era típico del expreso rojo exitoso. El de hoy sí juega con la suerte. Sin embargo, tiene una ventaja: puede transitar y hacer daño lanzando (aquí sirven los tres delanteros o los dos mediapuntas y el delantero centro, para ser más exacto). Y tras el gol de Ceter y un visitante que arriesgó, Santa Fe tuvo la clasificación. En todo caso, es sintomático que cuando al cardenal lo obligan a untarse el balón en los pies, a tener posesiones largas, la pelota no es de nadie. Un balón sin nombre, sin una historia que contar, sin palabras, sin poder decir nada de sí mismo, sin poder responder a la pregunta que todos le hacemos cuando parece que imagina mientras deambula con una mano en la cara y otra en la cintura.

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