El hombre siempre ha sentido pasión por la velocidad. La tentación de romper límites, de ir más allá, más rápido, más pronto. Un antídoto contra el tiempo. El fútbol no ha escapado de ese sino, de esa marca de nuestra humanidad. La evolución del juego se mide en velocidades; en cómo futbolistas y entrenadores han luchado contra el tiempo finito de un partido para que en el mismo intervalo sucedan cada vez más y más cosas, para que 100 metros sean menos y 90 minutos sean más. Toda la maquinaria del avance técnico, táctico e instrumental del fútbol ha estado enfocado a ello. El gran enemigo del juego es el pitido final del partido; ese es el rival a vencer: el tiempo. Y aun así, ironía, ironía, el arma más poderosa del fútbol siempre ha sido la misma: rendirse ante el tiempo: la pausa.

Cuando todo empezó, el fútbol era un juego sin misterios. Una carretera de obstáculos de una sola dirección. Luego, alguien entendió que valía más la pena llegar bien y en silencio que pronto y con ruido, y que el fútbol, sobre todo, se trataba de engañar. La pausa emergió entonces como el mecanismo ideal del engaño. El futbolista que lograba dominar el arte, jugaba en un estadio diferente al resto, como si viese la partida tangencialmente, desde arriba, y el tiempo para él no pásase, o lo hiciese más lento. Como en Matrix. Y no es casualidad que fuese esa capacidad única para detener el juego sin que se detuviese el partido la que ha elevado a los mejores futbolistas de siempre. Dominar la pausa, en el fútbol, es vestirse de dios entre hombres.

El talento en el fútbol tiene una parte eminentemente técnica, pero es sobre todo un saber intuitivo, o una sensibilidad, a las velocidades y los centímetros. La pausa va de lo primero. Cuando el futbolista pausa, o se frena, o desacelera, lo que está haciendo es controlar el diagrama de flujo de quien lo defiende. Resetearlo. Obliga al rival a buscar una respuesta a esa nueva realidad futbolística que es que la jugada ha cambiado de paradigma. Y en esa ventana de indecisión, el defensor duda y el atacante engaña. Convierte su acción en un misterio a resolver sobre qué hará, cómo, cuándo y para qué. Las posibilidades, que a una sola velocidad son reducidas, se multiplican y la sorpresa es inminente e inevitable.

Pensemos en Carlos Valderrama y el último minuto del partido contra Alemania. Colombia contragolpea mientras la urgencia por el resultado y el minutaje invita a la desesperación y el vértigo, pero el ’10’ no le teme al tiempo. Camina mientras los otros corren, se para mientras los otros se mueven, y decide, engaña, sorprende. Las pausas que da en sus dos recepciones le regalan espacio para ver lo que los alemanes no y encontrar a Rincón libre para el gol. Sin pausarse, Valderrama habría chocado y Colombia habría sido eliminada. Y aquello fue hace 27 años. Hoy, que el fútbol es más rápido que nunca, el futbolista que se para es el más veloz de todos porque ve lo que los demás no. Al final, siempre se trató de ser más rápido.

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