Hace unas semanas, cuando el editor de Deportes del diario más leído del país, Gabriel Meluk, hizo pública su pelea cazada con otro profesional, nada menos que el ya cuestionado Faryd Mondragón, se reabrió un debate que lleva demasiado tiempo vigente y no debería: el de si los futbolistas deberían ejercer como comentaristas, o panelistas, o haciendo periodismo, o etcétera.

El sumario de la columna de Meluk reza “Nunca confíen en quien, cuando le preguntan cuál es la figura de la cancha, contesta:–Rectangular…”. Eso, más que una condena pública a las salidas obvias del ex-arquero de la Selección, fue tender un colchón sobre el que caer. Al final, al ataque del editor de Deportes de El Tiempo lo respalda un “Gracias, Faryd” que es tendencia casi que fin de semana de por medio.

Más adelante, Meluk deja por escrito que Mondragón, “como la mayoría de los exfutbolistas que se volvieron opinadores, no hace una sola crítica”, lo que considera como algo “fatal”. Nadie preguntó, pero no está de más decir que en El Dorado Magazine rechazamos esa sugerencia de criticar porque sí, por regla general.

Para empezar, el fútbol colombiano pasa por tiempos en los que el repudio a las maneras del periodismo es lo normal. Sin ánimo de postular a la voz del pueblo como la voz de Dios, ese repudio guarda algo de razón. El periodismo de fútbol de nuestros días no ha encontrado problema para hacer oídos sordos a aquello que da sentido a la profesión: las historias que nacen del balón.

El periodista, en lugar de ser un vehículo para vivir el fútbol, en lugar de abrir las puertas a ese mundo fascinante que hay detrás, ha pasado a ser el protagonista de la ecuación. Un ego con afán de aprobación. La cacareada tarea de la crítica, necesaria ante todo sobre el propio trabajo, sobre la calidad del propio periodismo, se ha convertido en el campo de batalla entre vanidades. Y nada de esto tiene que ver con lo que pasa en la cancha.

Por eso ahora se desestima con suma facilidad lo que los futbolistas y los técnicos dicen, cuando es a ellos a quienes se debería escuchar con cuidado. El desacuerdo es válido y la contrapregunta es derecho y deber. Pero esto no se debe confundir con el lenguaje despectivo y visceral hacia los protagonistas, como sugiriendo que los periodistas son mejores futbolistas que los futbolistas.

La riña entre el editor de Deportes de El Tiempo y el ex-arquero de la Selección es el simbolismo del desencuentro entre el periodismo y el acontecimiento futbolístico. Antes que considerarse enemigos, periodistas y futbolistas deberían tener claras sus tareas y sus objetivos, que no son opuestos, ni mucho menos. O por lo menos en condiciones ideales no deberían ser opuestos. Pero tenemos lo que tenemos: unos y otros poniendo en duda su capacidad profesional antes de pensar en algo básico: un periodismo de calidad.

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