El 2014 pilló a un Wilson Morelo camino a explotar, un Luis Carlos Arias renovado en cuerpo y un Daniel Torres en plena madurez. A partir de ahí, Gustavo Costas construyó un equipo que hizo del correr su primer mandamiento, exhibiendo un nivel de intensidad pocas veces visto en lo que va del siglo.

Era intenso, en resumen, porque no había una situación del juego en que no desbordara un ritmo frenético. Para atacar, para presionar o para encerrarse, el primer Santa Fe de Costas no daba tregua. Tenía piezas para cada caso: hostigar arriba con Morelo, ganar rebotes con Arias o replegar ordenadamente con Torres.

La figura de Seijas resumía a aquel Santa Fe de Costas

Entre ellos, una pieza que titiló entre el onceno titular y el banco de suplentes pero personificó el fútbol del equipo campeón. Tras su paso por Bélgica, Luis Manuel Seijas había regresado al club de sus amores convertido en otra cosa. El otrora volante de banda era ahora un entendido en el oficio de la primera línea del medio e, incluso, un lateral reconvertido en algunas de sus presentaciones con la selección de Venezuela.

Seijas se había hecho polivalente, y Costas pretendía un equipo camaleónico. El venezolano se convirtió en la posibilidad para su entrenador adaptarse a distintos escenarios sin perder intensidad y cambiar el dibujo táctico sin quemar un cambio. Así, con Seijas en cancha cabía administrar el balón si el rival se encerraba, acecharlo en su campo o bien replegar cabalmente según la ocasión.

En su segundo desembarco en el coloso de la 57, Gustavo Costas, ya sin Luis Carlos Arias ni Daniel Torres, ha tenido que recomponer un equipo que parece extraño a aquellos tiempos. La tiranía de las segundas jugadas se fue con Arias, mientras que Torres se llevó el criterio para elegir entre una presión y un repliegue.

El entrenador argentino ha querido replicar a Luis Manuel Seijas en Jonathan Gómez

Casi que por obligación, la segunda era de Gustavo Costas en Independiente Santa Fe se ha reducido a resistir atrás. Y para su propósito no ha descansado en su búsqueda del clon de Luis Manuel Seijas. Entre todos, es Jonathan Gómez quien más le recuerda al venezolano.

Entonces, como a Seijas, le pide que se comprometa en labores defensivas. Pero Gómez no siente tal oficio como suyo y, pese a que no escatima esfuerzos, al final da la impresión que corre sin brújula en su propio campo.

Entonces, como a Seijas, le pide que sea él quien cambie el libreto una vez se viene abajo en el marcador. Pero Gómez no es conductor, y si el juego no va a mil por hora y no puede ahorrar los pases que exige un rival encerrado, se extravía. Y al perder balones es que su equipo, desprovisto de la capacidad para recuperar arriba de antes, pierde intensidad: la virtud paradisíaca que Seijas se llevó.

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