Hace algunos años hablaba con Antonio Dopazo Gallego, amigo de tertulia y coautor del libro «Filosofía y manual de un entrenador de fútbol», sobre qué era la intensidad. Él, académico como es, quiso definirla como la suma de esfuerzo y precisión en un comportamiento dentro de un campo de juego. Antonio apuntaba a algo: cuando se habla de intensidad, hay quien la entiende y la reduce a conceptos de toda la vida del fútbol que hacen parte de su folclor particular como la garra o los huevos. La actitud. El esfuerzo. Al sumarle la precisión a la ecuación, le añadía un componente asociado directamente a la táctica y la globalidad del juego. Y de ahí la importancia de la misma en el fútbol de hoy.

La definición de Dopazo no excluye el apartado físico del juego intenso. Es una obviedad que un fútbol intenso implica una actividad física de impacto que no debe confundirse con correr. El otro día, por ejemplo, James Rodríguez fue el futbolista que más kilómetros recorrió en su partido con el Real Madrid, pero lució totalmente fuera del encuentro. Jugó sin intensidad. Corrió, y mucho, pero sin el sentido táctico que incluye la palabra precisión en la definición de Antonio, a la que, por cierto, cabría añadirle dos cosas más.

La primera es la concentración. En una de las entrevistas que nos concedió, Rafael Santos Borré comentaba que en la pretemporada con el Atlético de Madrid, Diego Pablo Simeone, adalid mundial de la intensidad como argumento futbolístico, le decía que el secreto estaba en «dejar de mirar el partido». La implicación del futbolista con lo que sucedía debía ser total y perenne. Intensa. Además del físico, existe un desgaste mental. No basta con hacer unas cuantas jugadas intensas durante el partido, sino que hay que jugar todo el partido intensamente, sin contemplaciones. Anticipando, decidiendo, actuando y jugando, tanto en ataque como en defensa.

Lo otro que hay que tener en cuenta es que al tratarse de un juego de equipo, la intensidad no sirve de mucho sino está acompañada por una armonía colectiva en ese mismo derrotero. Debe haber un orden colectivo y táctico que dé pie y coherencia a las decisiones individuales de los futbolistas. Una acción intensa, sin estar dentro de ese ordenamiento futbolística, puede ser contraproducente. Los mecanismos de presión y circulación de pelota, paradigmas del juego colectivo, tienen todos que ver con la intensidad. Por eso, por ejemplo, lo que se decía en este mismo espacio sobre la calidad de los pases, su tensión, sentido y dirección.

El gran ejemplo del fútbol colombiano en términos de intensidad es el primer Independiente Santa Fe de Gustavo Costas. Como no tenía ni la técnica ni la estructura para subir el ritmo de sus partidos con pelota, Costas decidió que si su equipo jugaba con una intensidad sin balón inequiparable por los demás equipos, podía jugar a un ritmo que fuese dominante ante cualquiera. Así, a pura intensidad, Santa Fe daba vida a sus ataques a la vez que se convertía en un muro difícil de superar si no se jugaba con intensidad, problema latente de equipos como el Deportivo Cali de Pecoso Castro.

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