La tradición es fuerte y es clara: tú, que eres el ’10’, el cerebro, el líder, el crack, tienes que mostrarte, pedirla, jugarla. Siempre. Con valentía y personalidad. No te puedes esconder. Tu presencia debe ser irrefutable y tus compañeros deben sentirla como el sol, siempre en la piel. El cartagenero Marrugo es un hombre de fe y viejas costumbres. El fútbol que llama a la puerta de sus pies y su cabeza responde a ese que vio jugar de niño y el que los mayores le inculcaron. Más joven, se le acusó de ocultarse y no comparecer; a la luz de la madurez, ese estigma está roto: Marrugo se muestra, la pide y la juega. Siempre. Y sus compañeros se la pasan. Es el adalid de una forma de jugar que emociona, pero que al DIM, en el fútbol que se juega hoy, le está representando un problema.

Los movimientos de Marrugo están dándole dificultades al DIM

El capitán del poderoso juega acercándose al balón y a sus compañeros a todas las alturas y en todos los momentos que puede. No lo hace como en la media hora del horror contra Nacional en la que iba a recibir el primer pase, lo daba, trazaba el apoyo para su propio pase, se aceraba al receptor, recibía el balón, lo jugaba, y volvía acercarse al destinatario para jugarlo luego en campo contrario, pero de todas formas denota una problemática de espacio que al DIM le cuesta fútbol. El equipo de Zubeldía ha basado sus mejores partidos en una ocupación espacial y de cuota de balón racionada entre tres o cuatro futbolistas que, aunque con libertad para moverse, compartían responsabilidades, lugares y pelota. El DIM de las alturas. Cuando Marrugo está solo, y decide jugar como sabe, ese Medellín desaparece. El cartagenero trata de acapararlo todo y, mientras lo hace, se convierte en un activo defensivo para el rival que ve como el 17 reduce y simplifica la defensa de los suyos porque siempre es más fácil defender a diez que a once y eso es lo que pasa cuando Marrugo se acerca a un compañero que tiene la pelota, no para jugarla, sino para tenerla.

La lógica dice que si Marrugo es paciente y se espera, si trabaja su recepción en zonas donde su creatividad es más dañina, si es feliz teniéndola poco pero muchas veces, el DIM juega con once y gana altura. Y eso no implica que el 17 no tenga el carácter del caudillo ni el coraje de los grandes. No quiere decir que se esconda ni que no esté ahí, como el sol. Y alguien tiene que decírselo. Como alguien se lo dijo a Iniesta y a Modric; o a Macnelly y Quintero. Y que si se va a acercar, que sea para jugarla y confundir, no para tenerla mientras el contrario espera.

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