En el año 1994, el gobierno de Colombia declaró al Estadio Romelio Martínez como monumento nacional, lo que significa que no puede ser demolido. La decisión tuvo dos razones de peso. En primer lugar, el diseño del estadio, inspirado notablemente por las artes decorativas de la vanguardia francesa, lo convierten en una joya arquitectónica. En segundo lugar, que el Romelio Martínez es y deberá seguir siendo un patrimonio futbolístico.

En efecto, su gramado sirvió de cuna a una nueva manera de sentir el fútbol. Mientras los equipos de la capital se hacían con estrellas impensables, el Atlético Junior, entonces anfitrión del Romelio Martínez, apostó por la sangre carioca. El aterrizaje de Dida, campeón del mundo en 1958, abriría la puerta a la llegada del mítico Mané Garrincha, sucedido años después por los goles Víctor Ephanor y, más tarde, por el inolvidable Marquinho.

El paso de aquella estirpe brasilera no fue más que la confirmación del sentir barranquillero: alegría, goce y regocijo. Curramba cayó rendida a la belleza porque Curramba es la bella. Y ese precisamente fue el patrimonio que desde 1994 se pretende preservar.

Pero hoy, mientras el Romelio Martínez no se puede demoler, el Metropolitano huele a cascotes y escombros. De la celebración de ver a las nuevas generaciones, los Alexis Mendoza y Giovanni Hernández, haciéndose un lugar en las páginas del fútbol colombiano, hoy no queda sino resaca. Mientras el Romelio Martínez goza de inmunidad legal, en Atlético Junior parece haber una grúa que ya no sabe qué demoler.

Los días de resaca para el Junior terminarán cuando se reconcilie con su alegría. O, al menos, cuando se proponga buscarla de nuevo. Esa alegría que dio vida al Romelio Martínez: la alegría que lo conservará de verdad.

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